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TRIBUNA

Mampostería

jueves 29 de noviembre de 2018, 19:55h

Desusada y fuera de curso legal cualquier referencia a la realidad, habitamos un orden virtual y rápidamente mudable al que nos adaptamos según los vaivenes de una voluntad sin fundamento. Somos conducidos por un viento irreal, sin origen ni procedencia, que apenas nos concede el descanso que nos permita notar su insuficiencia. Pero la inestabilidad que define nuestra vana existencia es el menor de los males que sufrimos: “uno no puede oponerse a la corriente que lo arrastra, pero sí evitar disolverse en ella”, escribió Carlos Marín-Blázquez. Sin embargo, la corriente en que nos agitamos no se limita a llevarnos, como ha sucedido siempre con toda corriente histórica: fata volentem ducunt, nolentem trahunt.

El viento de los tiempos modernos nos deshace como si viajáramos sumergidos en agua regia. Y esa nueva potencia de disolución procede de un terreno elemental cuya comprensión se nos escapa siempre, limitados por la luz moderna de nuestro entendimiento cuya frecuencia sólo atrapa fenómenos políticos o económicos. Pero esa energía cáustica, abrasiva y mordiente brota de una fuente situada en un orden de realidad más profundo que el político o el económico, un orden para cuya aprehensión se nos ha privado de toda sensibilidad.

El mismo Marín-Blázquez sabe bien que “soslayar su trasfondo religioso, garantiza el enquistamiento de un problema” y, por tanto, el problema de nuestra fatal disolución en el tiempo insubstancial de la actualidad, parece quedar no ya enquistado, sino paradójicamente irresuelto. De hecho no resulta ni siquiera notado. No vemos como problema la efímera constitución y pronta disolución de una realidad que se destiñe y volatiliza, de manera que el problema de lo efímero nos parece un problema eterno. Se nos presenta como un pseudo-problema fundado en una comprensión sustancialista y metafísica de una realidad que entendemos de suyo inconsistente, accidental y transitoria. Metafísicamente mutilados, cualquier dimensión religiosa nos resulta extraña.

Nuevamente acierta con la herida Marín-Blázquez cuando conoce que “su superioridad técnica le sirve a Occidente, por ahora, de respiración asistida”. Cabe preguntarse si mediante una asistencia semejante podría prolongarse indefinidamente una vida agónica, de suerte que el “por ahora” acabara resultando un “para siempre”. Sin embargo pudiera suceder que la deslumbrante potencia técnica y su energía productiva, atmósfera en que Occidente alienta, constituyera la fuente misma de la que emana el ácido en que nos consumimos mientras consumimos un mundo crecientemente invertebrado y sutil, vaporoso y ligero.

Nuestro signo es una indefinible virtualidad sin realidad. Nos hemos sumergido hace tiempo bajo la línea de flotación sobre la que se afirma la realidad, hasta negar la realidad misma de semejante línea. Hemos aceptado la definitiva inmersión en un espacio tecnológico cuyas fronteras asumimos como fronteras del mundo, de suerte que toda “realidad” es conducida a través del evanescente viento electrónico que refulge momentáneamente en el brillo de una pantalla: es a través de ese plano radiante y cegador como accedemos al mundo. Inaccesible ya sin semejantes mediaciones, la realidad acabará coincidiendo con precisión completa con la luz artificial que emanan – como filtros ontológicos – los nuevos medios (el término es exacto) de información y comunicación: medios de vana ilusión y quimérico contacto. Apenas pueden encontrarse ya – Marín-Blázquez es uno de ellos – quiénes reconozcan que esa inmersión es un hundimiento. Conscientes de que tras el hundimiento apenas queda abrazar fragmentos del naufragio, si no aceptamos la respiración asistida que se nos ofrece por debajo de la línea.

El problema que nos planteamos, que no es un problema político o económico, es el de fijar entre las olas una plataforma suficiente que nos permita reunir fragmentos y forjar estructuras sobre las que cabalgar océanos de irrealidad. Se trata de recuperar fragmentos sólidos y graves, aptos para una construcción resistente y estable. Será, sin duda, una construcción, pero realizada con materiales heredados, de una solidez extraña a los productos de esta modernidad de ensueño. Fragmentos reales como los fragmentos de Marín-Blázquez: obra de mampostería, capaces de sistema.

Podríamos empezar por escapar de estas ciudades convertidas en parques temáticos, huir de nuestras presencias icónicas, desoír las consignas correctas y silenciar los registros que servirán para conducirnos mañana… buscar el abrazo, la caricia o el golpe verdadero, afrontando el rostro desenmascarado del prójimo. Sería el primer paso para un contingente heroico de solitarios. Suficientes para formar un archipiélago de aislados pero próximos, capaces de comunicación real. Empecemos por negarnos espiráculos artificiales para salir al mundo sin mediación, acaso logremos finalmente abrirnos de nuevo al espíritu de la realidad.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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