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TRIBUNA

El poder y el olvido

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 01 de diciembre de 2018, 19:15h

Al contrario de lo preceptuado por los clásicos, comencemos por lo de menor importancia. Conoció fugazmente el articulista al prohombre cántabro D. Alfonso Osorio García (1923-2018) en su Santander natal y departiendo en dos ocasiones con él de asuntos convencionales y, en buena medida, insustanciales. Por tal causa y por la lejanía temporal del hecho mencionado (acaecido a poco de resonante e ilusionante triunfo electoral del socialismo felipista en las elecciones de finales de octubre de 1982), el anciano cronista recuerda con vaguedad que no hubo demasiado feeling en dichos encuentros. Después, el buen amigo de entrambos, el irrepetible gaditano D. Antonio Rendón, figura clave durante un largo periodo de la Asociación Nacional de Propagandistas Católicos, trasladó algunas confidencias de la vejez de Osorio al autor de estas líneas en virtud de su oficio de historiador de estricta obediencia a las indeclinables reglas de la imparcialidad. Y, por último, más tarde, este tuvo la oportunidad de “devorar” los dos volúmenes de recuerdos –en puridad, uno solo revisitado… (Trayectoria política de un ministro de la Corona, Barcelona, 1980. De orilla a orilla. Ibid., 2000)- del que fuera sin lugar a dudas una personalidad cimera y decisiva en la larga, compleja y exitosa operación política que desembocó, con toda y algo de sorprendente felicidad, en la áurea Transición, tan denostada hodierno para desventura de nuestro desdichado país.

Pese al prudente y necesario recelo con el que el aprendiz de historiador, por mucha y explicable que sea su voracidad memoriográfica, ha de leer los textos memorialísticos por la plausible reluctancia de la adusta Clío a los “egos” tan frecuentes y casi inevitables en ellos, aquel no vacila ni un momento en aseverar el alto valor testimonial de dichas obras. Con toda suerte de concesiones que quieran hacerse al egocentrismo y, hasta en postrer término, la vanidad del que fuese vicepresidente primero del gobierno inicial del gran presidente Adolfo Suárez, sus páginas refrendan ex abundantia si no el papel demiúrgico, sí, desde luego, el esencial que Osorio representó en el diseño y, en especial, en la ejecución del meditado plan que condujo a la nación española al venturoso puerto de la democracia y el recobro de las libertades. La conjunción entre el admirable, único instinto político del abulense y la vasta cultura jurídica y sentido del Estado de su brillante y alto servidor del cántabro puede interpretarse con alguna licencia casi como un encuentro astral para bien y fortuna de su patria.

En dos extremos cruciales, el castrense y el financiero, el sobresaliente abogado del Estado –número uno de su oposición- disponía de ancho crédito para ayudar al rey Juan Carlos a sortear las muchas sirtes que obstaculizaban la navegación hacia las playas democráticas. Prestigioso jurídico militar del Arma de Aviación –también número uno de su promoción- y figura de especial atracción para el patriarca de la muy influyente, todopoderosa saga de los Botines, Ejército y Banca otorgaron una confianza suma a la presencia en la Moncloa de un Osorio convertido en ninfa Egeria –a las veces, en reñida pero nunca rupturista disputa con Torcuato Fernández-Miranda (1915-80)- del vasto movimiento estratégico y táctico que culminó en el advenimiento de la Transición.

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