www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El centro del abismo

miércoles 05 de diciembre de 2018, 20:03h
Actualizado el: 12/05/2018 20:09h

Dice Susana Díaz que, si descontamos la extrema derecha, hay una mayoría de izquierdas en Andalucía. Tan respetuosa ella con la democracia, siempre que no conmueva el correctísimo Centro con el que la identifica. Porque semejante supresión del 11% del electorado se practica en nombre de la democracia, olvidando convenientemente el principio elemental: vox populi, vox Dei.

A nadie se le ocurriría suprimir el 16,2% de votos sumados por Adelante Andalucía, situado a la izquierda extrema. Pero a esta señora únicamente le vale el ultracentro en que se ubica y en torno al que hace girar las constelaciones todas. Ese centro absoluto que repugna toda periferia hasta confundirse, punto sin dimensión y esfera infinita, con el universo político en su totalidad. Pero totalidad es una palabra que no agradará a la Señora Díaz, por sus feas resonancias antidemocráticas, pese a que su eco se encuentra tras su totalitario discurso. No repara en el hundimiento constante del PSOE que, pese a esa caída imparable y bajo la hegemonía fantasmal de Sánchez, ha logrado la hazaña asombrosa de alcanzar el gobierno de la nación de la mano letal del secesionismo.

Pero si Dª Susana ha decidido descontar los doce diputados de Vox, Pablo Iglesias – un paso más allá – clama ejecutivamente contra los resultados y proclama la movilización antifascista. Es que, a su juicio, queda en el pueblo español gente cerril y maleducada que padece un interminable criptofranquismo, que ya hemos de considerar hereditario. Los cuarenta años de democracia serían insuficientes para limpiar la absoluta mancha franquista porque la España democrática continuaría bajo las condiciones no sólo jurídicas, políticas o económicas del viejo régimen sino, sobre todo, bajo sus condiciones antropológicas. Sólo la plena subversión del orden intacto del franquismo – reflejada en soberbias mayorías revolucionarias – permitiría hablar de la superación de ese ominoso pasado. Sólo cuando la realidad hable nuestra lengua la reconoceremos, hay que hacer que la realidad se adecúe a la verdad. En cualquier otro caso pasaremos a descontar votantes y proclamar la lucha antifascista. No en vano somos jóvenes e idealistas, acaso más idealistas – capaces de confundir voluntad y realidad – que jóvenes.

Entretanto el 11% del electorado ha votado a Vox y ese porcentaje, sumado a los partidos de la derecha, permitiría formar en Andalucía un gobierno no socialista tras cuarenta años de centrada continuidad socialista. Tiempo sobrado para consolidar un régimen.

Éste debería ser el punto de partida de cualquier comentario de las recientes elecciones andaluzas. La absoluta negación del adversario – que practican, cada uno a su modo, Díaz e Iglesias – se corresponde con la plena consagración de una democracia que sólo el Centro infinito encarna. Centro-izquierda o centro-derecha, más allá del cual se presenta el abismo de la democracia: no tanto la quiebra de la unanimidad procedimental, cuanto el riesgo real de afrontar posiciones contrarias. Por lo demás, aunque Vox no se distancia de la ortodoxia económica del añejo social-liberalismo; la prohibición del aborto o la impugnación de las leyes de la memoria o de la violencia de género son, indudablemente, diferencias profundas que abren una distancia efectiva entre el nuevo partido y los centrados habitantes habituales de las instituciones políticas. Pero la levadura que ha permitido la fermentación de Vox se encuentra en el acto de secesión que, próximo al federalismo, ha inducido esta respuesta en la forma de un señalado ascenso del partido de Abascal.

Pronto podremos estimar la potencia del partido ascendente. También Podemos pareció descentrar por un instante el orden consagrado de la democracia sustantivada, en nombre de una realidad no ajustada a las coordenadas del Centro biempensante. Pero el trato cotidiano con los resortes del Estado ha llevado a Podemos a una rápida absorción por el Gran Centro, al que engalana con gestos de insumisión y desacato.

La vieja fórmula de fascidemobolchevismo, que ideó Roy Campbell, sitúa el democratismo en el centro: lugar único de la democracia. A juicio de Díaz el Centro es la democracia, el lugar privilegiado desde el que corregir las excéntricas desviaciones que ahora parece que Vox quisiera ensayar. Pero el ataque al Estado ejecutado por el secesionismo, un acto todavía en curso, ha extremado la realidad y ha deshecho el Centro en el que quieren asentar firmemente su democracia. Ante situaciones extremas la nación se acomoda en posiciones extremas. Y si no fuera Vox, habríamos de seguir esperando alguna potencia efectiva capaz de conmover ese espacio infinito, antes de que se nos vaya por el Centro toda la realidad: por el Centro sin periferia de una democracia totalitaria.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (12)    No(0)

+
0 comentarios