www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

De mis humillaciones y fracasos

jueves 06 de diciembre de 2018, 19:16h

Qué Buenos Aires despierta amores entrañables o reflexiones polémicas no es novedad. Borges me confesó que sentía celos de que otros amaran a su patria chica como él la amaba; ese amor lo concebía sólo en él y le costaba admitirlo en otros. Pero como en tantas cosas, también ante el amor debemos resignarnos. No hace mucho, cenando en Madrid con el cantautor español Joaquín Sabinas me comentó con honda melancolía, entrecerrando los ojos: “Te soy sincero, cada vez que voy a Buenos Aires siento una sensación de alegría y nostalgia difícil de definir. Amó a tu ciudad. Todo lo que necesito se encuentra allí. En verdad, mi amor por la Argentina es fundamentalmente amor por Buenos Aires.”

En El hombre a la defensiva, el segundo ensayo que don José Ortega y Gasset le dedica a la Argentina, insiste en el tópico de su primera visita a Buenos Aires, que se dio en 1918, y destaca el grado de madurez al que ha llegado la idea de Estado en este país. Pero el Estado que encuentra Ortega, le parece un Estado demasiado rígido, separado por completo de la espontaneidad social, vuelto frente a ella y con rebosante autoridad sobre individuos y grupos particulares. A veces, Buenos Aires, le recuerda Berlín, sobre todo cuando ve asomar por todos los rincones el perfil gendarme de las instituciones públicas (“abundantes y perversas, dispuestas a limitarlo todo en cualquier momento”). Ortega descubre que el pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras, sino que quiere un destino especial, peraltado, que exija de sí mismo un futuro soberbio y está resuelto a mandar porque tiene vocación imperial. Acaso apoyado en este concepto, también alguna vez, alguna rarísima vez, el feroz crítico que fue André Malraux, de paso por estas orillas del Plata, la definió con una rotunda, desencantada sentencia: “Buenos Aires, ah, qué triste, es la capital de un imperio que nunca fue”.

Menos moderna que clásica y ecléctica en su construcción, tan parisina como madrileña o barcelonesa; digamos que europea en sus formas, famosos arquitectos de todo el mundo como Mario Palanti, Carlos Thays, Vittorio Meano, Francesco Tamburini, Alberto Prebisch, Alejandro Bustillo, Le Corbusier y Clorindo Testa, entre otros, dejaron sus huellas en Buenos Aires. El libro de Alberto Galardi, un arquitecto, estudioso de la arquitectura, que tuve el honor de prologar, deslumbrado por esta urbe, recopila e historia esas construcciones con coloridos y memorables comentarios.

Pues bien, este frustrado imperio de Sudamérica, no dudamos que deslumbró a nuestros recientes visitantes, convocados por el G20, que confrontó por tres días a los presidentes de los principales países del mundo, arrancando a cada uno, según nos consta, un justiciero panegírico (me refiero menos a los logros de la Cumbre que a la ciudad que los acogió). Pero lo que nos ocupa, además, es qué deja o que no deja, el después de la fiesta -que incluyó el espectáculo del teatro Colón y un banquete en casa de Victoria Ocampo, o sea que como cultura diez puntos-; pero, como resabio de toda fiesta, produce la dura melancolía del día después del banquete con su triste y decadente realidad posterior. Es que, más allá de que este encuentro internacional costó una fortuna, muy en grosero contraste con la pobreza de tantos compatriotas, sumada a la frívola e ingenua mirada de nuestro elenco gubernamental, quizá involuntariamente sintetizada en el título principal del diario La Nación: “Una cumbre increíblemente perfecta que Macri sueña proyectar a su futuro y lo eleva hacia un posible triunfo en las próximas elecciones de 2019”.

No sé, realmente no garantizaría ese pronóstico, ya que todo en el orden local se viene haciendo de pésimo manera y el repudio de la ciudadanía es cada día más unánime. Pero estamos tan acostumbrados a los desquicios que no nos sorprende tanta resignación. En cuanto a la calidad organizativa, que elevaría a la Ministra de Seguridad a la candidatura de vicepresidente, es menos posible que grotesca. Dicha señora no consiguió manejar una final de fútbol, que deberá definirse en Madrid y si nos atenemos a lo concreto, la Argentina carece hoy en el orden nacional de una efectiva política de seguridad.

En cuanto a la relevancia en el concierto internacional -Cumbre mediante, claro-, la Argentina sigue rezagada; entre otras razones porque el gobierno kirchnerista antes y el macrismo ahora, abandonaron todas las alianzas continentales que nos daban cierta fortaleza y, porque de hecho, el contexto internacional que nuestro presidente enfatiza con su teoría de “brotes verdes” y “derrame”, que llegará del exterior, supone que siendo accesible a los intereses norteamericanos, que nos compran limones, o a los chinos que se extienden a lo nuclear, o a los rusos que también parecen reclamar lo suyo, nos abrirán las puertas del llamado primer mundo, cuyo antecedente se refleja en las volátiles aspiraciones del remoto Carlos Menem de los años ‘90, y cuyo balance fue nada satisfactorio.

Quizá de lo que se trataba (y no me enteré de que se hay tratado en la reunión de presidentes) es de recuperar la consigna eterna del progreso social de la humanidad, con menos diferencias raciales, sin muros separatistas, con mejor distribución de la riqueza y con una responsable protección del medio ambiente. Acaso por tal nivel de indiferencia las sensibilidades de los que conducen al mundo no pasan de emociones primarias y, en casos excepcionales, de meras compasiones cuyos pregoneros hoy redactan libretos celebrando alborozados que “El mundo volvió a la Argentina”, pero sin decir que volvieron sólo para llevarse lo que pueden o, en todo caso, repartírsela, dejando tierra y subsuelo arrasados y a millones de compatriotas en más miseria de la que viven, sin trabajo ni educación ni salud pública, sin un justo sistema jubilatorio y sin industrias ni esperanzas. Típico de los viejos virreinatos que expoliaban a los pueblos desde el puerto de Buenos Aires.

Hemos sido, eso sí, anfitriones de la cuestionada dirigencia de un mundo competitivo que se mira el ombligo y hemos podido ser testigos presenciales de la defensa que cada uno hace de sus mercados. O, mejor dicho, del mito de una pregonada libertad de mercado, aunque todos tratan de imponer la realidad de la protección a ultranza de sus divinos intereses. Toda esa retórica en medio de una dirigencia nacional también desesperada por una libertad de mercado que no se encuentra en ninguna sociedad exitosa donde las grandes potencias hacen todo lo contrario. Así, hemos sentido que somos un mercado sin Estado protector de lo que produce, simplemente visitado por la curiosidad de los grandes Estados del mundo. Ante tal concurso de proteccionismo en un territorio desprovisto de normas y de reglas, que es apenas una República en absoluta decadencia en manos de grandes empresas que dictan normas tan útiles para su codicia como dañinas para sus habitantes.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

Foro(s) asociado(s) a esta noticia:

  • De mis humillaciones y fracasos

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    8922 | María Alicia Farsetti - 09/12/2018 @ 05:14:25 (GMT+1)
    Muy buena la descripción de Roberto Alifano en lo referente a la recepción en Argentina del G20. Pero en eso quedamos. Nadie augura con ello una mejora para el país receptor en los social económico. Cada uno cuida su "quintita", y lo aparentemente pactado no se conoce demasiado bien.

  • Normas de uso

    Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

    No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

    La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

    Tu dirección de email no será publicada.

    Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.