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DESDE ULTRAMAR

Cuadragésimo aniversario constitucional

jueves 06 de diciembre de 2018, 19:20h

La constitución española de 1978 conmemora su cuadragésimo aniversario rememorando esa interesante jornada en la que el pueblo español entusiasta, acudió a las urnas un 6 de diciembre para depositar su voto en pro o en contra del más alto ordenamiento que, aprobado, rigió y determinó la España democrática que hasta hoy nos parece de lo más natural, encabezando la fila de participantes los mismísimos monarcas, don Juan Carlos I y doña Sofía. Aquella convirtió a los españoles en ciudadanos.

Desde luego que puede ser un estatuto que requiera una soberbia revisión –ahora mismo está expuesta a diversos debates que discurren al respecto– o quizás únicamente requiera de enmendaduras propias de la natural evolución jurídica propia de una sociedad dinámica como la española actual, que suponga ponerla al corriente de los tiempos que corren, y destaco acaso algo de lo trascendente del debate: el papel de la Corona, la sucesión indistinta según el sexo del descendiente apelando a la simple e indistinta primogenitura a titulo de herencia o acerca del rol, financiamiento y existencia de las comunidades autónomas.

Me agrada esa anécdota que cuenta que una vez redactada, su texto fue sometido a la consideración de la Real Academia de la Lengua, sana costumbre que deberíamos de adoptar recurriendo a los lingüistas para que guíen esa labor tan prominente de legislar.

Antes de proseguir permítame a la distancia, al otro lado del Atlántico, cavilar sobre el párrafo que antecede a estas líneas. En efecto, en justicia sería un paso a la modernidad disponer que el primer hijo de un monarca sea el heredero, sin esperar el nacimiento de un varón. Aprovechando que hoy se cuenta con Ia infanta Leonor, mejor coyuntura no vislumbro. En cuanto al rol de las comunidades autónomas, en efecto, la clave seguirá siendo no la cultural –que pese a no serlo, por precisa, yo no acabo de entender porqué existe La Rioja o Cantabria como tales– sino el financiamiento ordenado, concurrente, equilibrado y justo entre aquellas. No me enfrascaría en porfiar sobre si debe o no de haber federalismo.

El proceso de la transición española terminó trastocando los símbolos del estado franquista, en que prácticamente nada quedó inamovible. La renovación y sustitución de los más, fue adecuada y han dotado a España de una identidad renovada. La Constitución del 78 es parte de esa transformación y conviene reflexionar que siendo aquella la que ha regido sobre la extensión territorial más pequeña de España, de todas las que conforman el legado constitucional jurídico español desde la de Cádiz, ha sido la que más ciudadanos ha amparado en toda la historia del país ibérico, aun no siendo la más duradera en su vigencia.

Retomo y me detengo en esta rememoración atendiendo a una expresión que me resulta significativa en el contenido del documento en comento, porque este aniversario redondo es una oportuna invitación a disertar sobre la ley fundamental que nos congrega. Permítame la gentileza de extenderme en mi glosa a la Constitución española de 1978. Se trata de una referencia en su título segundo referido a la Corona, artículo 56, inciso primero, acerca del papel de aquella en su relación con la naciones “de su comunidad histórica”. Reza el mandato: “1. El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes.”

Tiempo ha leí que aquello de “comunidad histórica” no se refería a Europa, sino a la América hispana. Como abogado parto de que fue redactada cuando ya estaba extinto el Imperio español y preferiría más precisión, porque me parece que esa expresión es de una vaguedad que llama a cautela. Podría inclusive pensarse que la referencia alude más a Europa, en una suerte de aspiración inclusiva legítima de reinserción, como la que guiaba también una de las corrientes de pensamiento del proceso de transición política. Y se entendería perfectamente bien en primera instancia.

Porque… si se piensa y se alude a la América hispana –la sección más visible de la hazaña histórica española– el interlocutor ha sido el gobierno español. El rey ha fungido más como una figura antes decorativa que efectiva en esas lides, no obstante el aprecio que despiertan tanto Juan Carlos I antaño, como hogaño Felipe VI, prevaleciendo la vaguedad del referente, que subyace y aflora irremisiblemente. ¿La razón? El monarca español está desprovisto de unidad o liga jurídica alguna o de referencia política explícita o implícita en los ordenamientos legales de las repúblicas hispanoamericanas, si es que eso de “comunidad histórica” aludiera a ellas; así como carece de tal ejecución en el propio ordenamiento español. Por tres razones: aquellas rompieron con España en sendas declaraciones de independencia secundadas en su gran mayoría por abiertas guerras separatistas triunfantes. Segundo: no es óbice lo anterior para que permanezcan hoy muy fluidas y cordiales relaciones entre ambas orillas del Atlántico, lo cual es sumamente positivo, pero hasta allí. Tercero: el rey no tiene lazos políticos ni reivindicativos de unión, ni siquiera históricos, al ser par de los mandatarios hispanoamericanos como lo determina la propia Cumbre Iberoamericana y no existe un mecanismo que configure una suerte de comunidad hispánica de Naciones a la cual presida, no es una Commonwealth; de forma tal que si bien y desde luego, el rey de España es una espléndida carta de presentación en aquellas naciones, no menos cierto es que no extiende su jefatura del Estado más allá del español.

Aquí conviene una puntualización. En la visita efectuada por el rey Juan Carlos I a Cuba en 1999, conoció el palacio de los Capitales Generales en La Habana, el cual posee un salón del trono que aguardó a que la figura regia visitara la Gran Antilla y existía para esa ilustre ocasión, sin que se produjera durante la dominación española. Una vez que sucedió en aquel año citado, no faltó quien ofreciera al rey arrellanarse en tan peculiar sitial, declinando Juan Carlos I con el campechano talante que lo distinguía, señalando inteligentemente que en dado caso, era el pueblo español el que debería de sentarse allí por ser ahora en el cual recaía la soberanía nacional. Sin lugar a dudas fue bien capoteada la ocasión por el ahora rey emérito.

Apuro mi reflexión. Con justeza diré que acaso hay una tercera alternativa de interpretación: la referencia del numeral constitucional citado guarda una mayor relación con las entidades históricas que configuran España. El rey es la argamasa que contribuye a unirlas, articulándolas en lo tocante a su posición histórica, soportado en la legitimidad constitucional que se recarga en el régimen democrático actual. El prestigio internacional de la Corona, subyace. Nada menos el rey Felipe VI acaba de atestiguar la ceremonia de investidura del nuevo presidente de México, López Obrador, la primera de su reinado acudiendo con tal calidad. Y mucho que la apreciamos aquí. Así que es innegable el reconocimiento a su labor incansable de representar a España y lo hace estupendamente.

Concluyo. Solo me resta expresarle a los amigos españoles mi enhorabuena por esta lustrosa conmemoración, convencido de que pese a las vociferaciones y naturales expresiones del mundo político que arguyen un necesario cambio, la Constitución española de 1978 goza de cabal salud.

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  • Cuadragésimo aniversario constitucional

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    8913 | Pontevedresa - 07/12/2018 @ 00:34:00 (GMT+1)
    Muy interesante su artículo, efectivamente el Rey es el que mejor puede representarnos, descendiente de los Reyes Catolicos que financiaron el descubrimiento y lo que permanece ahora es un sentimiento fraternal a todos los pueblos de Hispanoamérica, como iguales los vemos y deseamos las mejores relaciones. En España no estamos pasando buenos momentos, tenemos en el Congreso de los diputados partidos separatistas y comunistas que están empeñados en cargarse la monarquía, ese es su interés pidiendo los cambios que la Constitución, y son los que han traído junto a los separatistas a un presidente mediante una moción de odio, que no de Censura constructiva, que está siendo repudiado por todas las fuerzas constitucionalistas entre las cuales ya no está su partido. Esperamos que se vaya más pronto que tarde y que los españoles seamos los que elijamos Presidente, no los antisistemas y separatistas que lo que quieren es destrozar este país. Un saludo.

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