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TRIBUNA

Breviario de podredumbre

Juan A. Hernández Les
sábado 08 de diciembre de 2018, 20:17h
Actualizado el: 12/08/2018 20:42h

Thomas Paine firmaba sus panfletos, y George Washington y Franklin los elogiaban. Recibo un día y otro también panfletos o twits sin firmar. Tengo mucho cuidado con estos escritos y con aquellos otros manifiestos firmados por intelectuales que ocupan una página entera de un periódico y están llenos de buenas intenciones. Como decía Cioran, el mundo ha infectado nuestra soledad; las huellas de los otros sobre nosotros se hacen imborrables. Aunque Cioran no sea muy fiable, dado que su retórica aplasta su espontaneidad, asumo que quien habla en nombre de los otros es siempre un impostor. Políticos, reformadores y todos los que se reclaman de un pretexto colectivo son tramposos.

Pienso en estas cosas porque veo que algún partido político actúa como si ya diera por hecho que estamos entrando en una nueva etapa, y como si la 3ª República se sintiera impaciente. Es más, nadie observa que el comportamiento de estos partidos indica un fenómeno que Weber ni siquiera tuvo tiempo de poder colegir. Me refiero al hecho de que la izquierda se considera ya inevitablemente la gran representante del capitalismo. Todos sus líderes se consideran más capaces que la derecha para ostentar el grado de legitimadores del capital. Estos prometeos desencadenados se pasan el día diciéndoles a los capitalistas lo que tienen que hacer, y en medio de este debate sobre corrupción y revolución olvidan frívolamente que nuestro país no es distinto que los demás.

Esta manera paradójica de separar derecha y capital es algo nuevo, o quizá no, pues se parece mucho a ciertas tendencias políticas del franquismo. Separada del capital la derecha no significa nada, sólo le queda el resto goethiano de preferir la injusticia al desorden. Además, si han cerrado miles de empresas, ¿qué empresa es aquella que quiera dirigir la izquierda? Naturalmente, la empresa del Estado que, si tanto gusta a los comunistas, a los socialistas y a los anarquistas, es porque la consideran una empresa propia, suya. Lo de menos es su naturaleza.

La democracia cambia de signo cuando entran las masas en acción. Los partidos se profesionalizan, y los políticos también. La empresa política, decía Weber, queda en manos de profesionales a tiempo completo que se mantienen fuera del Parlamento, así el boss americano, el election age inglés, el cacique español, el “empresario” Bárcenas o los entusiastas Pujoles. Ahora bien, en donde se produce una cierta diferencia es en las viejas tareas de elección de candidatos y la elaboración de los programas queda reservada a las asambleas del partido mientras que entre nosotros todavía parece pervivir el viejo sistema de notables o clubs o familias que seleccionan a sus líderes no entre los más capaces, sino entre los más oscuros, los peor hablados y más incultos.

Una cosa hemos aprendido de las democracias extranjeras, el funcionamiento de la llamada maquinaria de la que hablaba Weber -tan crítico y reticente con la clase política-que hace inevitable la circulación de sobres, cheques, pagas o contratos. Es evidente que la militancia del partido, sobre todo los militantes y empresarios del mismo esperan del triunfo de su jefe una retribución personal en cargos o en privilegios de otro género. Weber escribía estas palabras hace cien años, pero esta reflexión parece entre nosotros una actuality. El problema hoy como ayer es que los partidos caigan en manos de sus funcionarios, y que éstos se erijan en sus dirigentes sin que pase por sus cabezas regresar alguna vez a sus trabajos particulares, que no tienen, que nunca han tenido.

No somos nada originales cuando pensamos que muchos de nuestros parlamentarios sean unos incapacitados. Hace un siglo Weber veía las cosas todavía peor, y eso que era alemán. Los miembros del Parlamento son, por lo general, unos borregos, votantes perfectamente disciplinados. Si entonces, en el Reichtag, aprovechaban el pupitre para despachar su correspondencia privada, hoy, en nuestras Cortes, hablan sin comedimiento alguno por el inalámbrico o salen fuera si no hay nada que votar, o votan con el pie en la tableta del compañero ausente. Los principios del presidente Andrew Jackson parecen todavía vigentes entre nosotros casi doscientos años después. Jackson actuaba independientemente del Parlamento y disponía personalmente todos los cargos y prebendas que el sistema distribuía entre sus acólitos, más de 300.000. Todavía en la época de Lincoln, como se muestra fehacientemente un filme de Spielberg, el Presidente republicano prometía cargos y entregaba sobres a los opositores demócratas para que la Decimotercera Enmienda, que contemplaba la abolición de la esclavitud, fuera aprobada.

En este ámbito el resquebrajamiento del lenguaje es asombroso. Por primera vez ciertas palabras están en entredicho: democracia, partidos, libertad, pueblo, mientras que otras se asoman al espectro con descaro, sobre todo, revolución, que todo lo arregla. María Zambrano tenía claro el concepto de demagogia. La demagogia es el elogio del pueblo, pero el pueblo ¿es una clase o somos todos? Zambrano creía que cuando esta cuestión se revele innecesaria estará cumplida la democracia. Sin duda, Zambrano pensaba en la 2ª República cuando señalaba que la demagogia había sido uno de los grandes males de aquella época.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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