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TRIBUNA

La concordia del 78

domingo 09 de diciembre de 2018, 19:01h

El gran acierto de la Monarquía parlamentaria que hoy disfrutamos fue la reconciliación entre españoles: Nunca más las dos Españas. Aquélla concordia se logró gracias a la urdimbre de sacrificios y esperanzas de la Transición, entretejida por actores principales de la vida pública, desde políticos a empresarios pasando por el Ejército o la Iglesia, materializándose en la Constitución de 1978. Pero el edificio constitucional parece agrietarse por ocurrencias de socialistas como Zapatero con la memoria histórica y el concepto discutible y discutido de nación. Empeñado en ganar la guerra civil décadas después y tergiversar la Historia, maquillando la II República como paraíso de democracia y libertad. Dio alas al separatismo catalán aceptando un Estatuto contrario a la Constitución. Reabrir heridas y reavivar rescoldos ha traído la irrupción de la extrema izquierda postcomunista de Podemos, que pretende dinamitar el escenario constitucional destronando a la Corona. Sánchez ha terminado de colocar patas arriba el caserón patrio con su disparatada nación de naciones y su empeño en revivir a Franco Su mezquino cinismo le lleva a asustarse de Vox mientras se somete a los enemigos de la democracia. No es posible querer guardar una galleta y al mismo tiempo comerla.

El régimen del 78 cometió un error: El café para todos de Adolfo Suárez, que supuso una equiparación entre todas las Autonomías. El discutido término “nacionalidades” del artículo 2 de la Constitución, no es competidor del término “nación”, referido única y exclusivamente a España, sino diferenciador del término “regiones”. Los constituyentes (incluidos nacionalistas vascos y catalanes), estaban de acuerdo en reconocer dos clases de Comunidades Autónomas: las que tenían antecedentes estatutarios y las que carecían de ellos. Las primeras con partidos de corte nacionalista o regionalista, ausentes en las segundas, no pueden aspirar a convertirse ni en una nación, como pretenden los separatistas catalanes, ni en un Estado libre asociado a España, como perseguía el lejano Plan Ibarreche. El término nación solo es predicable de España, cuya unidad es previa a la propia Constitución fundamentándose en el devenir de siglos de historia. Los términos nacionalidades y regiones son, en opinión de Antonio Fontán, “entes subnacionales”, que aspiran a un modo de autogobierno dentro del Estado y nunca fuera de él y sin que en ningún caso puedan trocear la soberanía nacional.

Tras cuarenta años de vigencia de la Constitución, la descarada frivolidad de algunos lleva a presentarla como texto caduco, al igual que el régimen de convivencia democrática nacido de ella. Nada hay intocable. Pero antes de modificar el articulado debe aplicarse para que el Estado, cito a Fontán, tenga en su mano los cuatro ases de la baraja. Cualquier cambio debe estar sólidamente justificado y ampliamente apoyado por los españoles, que hoy tienen otras prioridades como la educación, el empleo, el futuro de las pensiones o la inmigración. Debatir ahora sobre la reforma constitucional o la inviolabilidad del Rey es como discutir sobre el mejor tipo de gafas para ciegos o de corte de pelo para calvos.

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