No hay respiro. España lleva unos cuantos años en una constante campaña electoral. Cuando no son en Cataluña son en toda España, cuando no en unas primarias dentro de un partido. Pero es que, incluso, sin elecciones convocadas, el pensamiento siempre está puesto en las urnas y toda propuesta, por peregrina que parezca, se piensa, se mide y se hace buscando exclusivamente el voto del ciudadano, para alegría de unos pocos y disgusto de muchos. Es el cuento de nunca acabar.
Es por esto que aquí, donde nadie da puntada sin hilo, es lógico pensar que si Pedro “hola, soy el presidente del Gobierno” Sánchez decide subir el sueldo a los funcionarios cuando no tiene garantizado el apoyo a los Presupuestos Generales para 2019 es porque tiene en mente convocar elecciones no muy tarde.
Y esto nos devuelve a la tediosa y repetitiva historia de siempre al respecto de las alianzas y pactos, de las conveniencias o no de los compañeros de viaje y sobre si las intenciones últimas de unos y otros son las más honestas. Todavía no se han digerido las “andaluzas” y muchos ya están en clave “nacional”.
Así que se agradece que, de vez en cuando, aparezcan nuevos jugadores en el panorama político que den nuevos bríos, aporten nuevas perspectivas y sobre todo, distorsionen los resultados previsibles del bipartidismo imperante. Pasó con Ciudadanos y Podemos, parte imprescindible ya de la casta, y está sucediendo ahora con Vox. Un nuevo elemento a tener en cuenta en el cálculo electoral, a tenor de lo aportado por todos los estudios demoscópicos, los de un lado ideológico y los de otro. Uno más al que sumar o al que vetar, rechazar u oponerse..
Y digo yo: Si el PSOE puede negociar y, por ejemplo, gobernar en la ciudad de Madrid con Podemos, ¿por qué el PP y Ciudadanos no pueden negociar y también gobernar con Vox en Andalucía? Asumiendo el lenguaje impuesto, si los socialistas, de izquierdas, pueden negociar con la extrema izquierda, ¿por qué el centro-derecha no puede hacerlo con la extrema derecha?
Abro paréntesis: derechas e izquierdas, extremos, ultras, radical... quizá sea solo la costumbre de encasillar o el desmesurado interés por poner etiquetas a todo, pero es como se entienden los propios partidos políticos y, también hay que decirlo, los medios de comunicación. Cierro paréntesis.
El PP dice abiertamente que habla y pactará con Vox si es necesario y Cs, sin embargo, considera que es mejor para su imagen no hacer tratos con la última formación en poner fichas sobre el tablero y prefiere reservarse el derecho de pactar con todos, dependiendo del territorio y del perfil de los candidatos. Así, los de Rivera no se cierran a llegar a acuerdos con el PSOE si interesa y, de paso, hace un guiño al votante de centro e, incluso, al de centro-izquierda.
Aun así, pareciendo como parece un poco de ‘postureo’, no deberían cerrarse a nada porque los cálculos post electorales siempre son caprichosos. Y esto sirve para todos, sobre todo viendo que el voto de Vox es más transversal de lo que en un principio se pensaba y, a medida que se va conociendo a la formación de Santiago Abascal, se está descubriendo una afiliación indignada y con ganas reales de cambiar las cosas.
Ninguna de las formaciones deberían menospreciar su apoyo por la sencilla razón de que todavía no se sabe hasta dónde puede llegar su crecimiento, pero las últimas encuestas estaban este lunes dando ya datos de intención de voto que pronostican una irrupción aún mayor que la que ha protagonizado en Andalucía.
Y como quiera que se presenten los resultados en mayo, o cuando decida Pedro “hola, por si no lo he dicho, soy el presidente del Gobierno” Sánchez, lo cierto es que la concurrencia de Vox en el panorama político, aunque ha restado votos al PP, le ha permitido a los de Casado ser más relevantes, como acaba de quedar demostrado en Andalucía. ¡Cosas de la política!