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LETRAS DESDE MÉXICO

Cuentos de nunca acabar

sábado 22 de diciembre de 2018, 19:57h

México, como muchas otras naciones del mundo, es un país donde la historia nunca tiene punto final. Sus capítulos siempre acaban en puntos suspensivos.

Hoy vivimos inmersos en una polémica sobre si el Ejército puede desempeñar las labores hasta ahora incumplidas por las policías, sobre todo porque el gobierno actual montó su eterna campaña electoral en criticar cómo los otros partidos alguna vez gobernantes (Acción Nacional y Revolucionario Institucional), habían metido al país en un baño de sangre por una guerra intestina entre soldados (inhibidos por los Derechos Humanos mal invocados) y feroces e impíos delincuentes a quienes se les dieron todas ventajas de los procesos judiciales.

Pero esa es una añeja discusión mexicana en el país de nunca terminar. Hace años un ilustre jurista y político llamado Mariano Otero, pronunció un discurso sobre la unidad nacional. Unidad hasta ahora tan imposible como la española.

Ese discurso-manifiesto, fue en 1842.

Cinco años después, en una guerra de funestas consecuencias, México perdió la mitad del territorio y la independencia geopolítica a manos de los Estados Unidos. Los vencedores tienen hoy un papel planetario cuya dimensión no hace falta explicar. México tiene otra, tampoco hace falta explicarla.

Por cierto, en la interminable espiral de las discusiones mexicanas jamás resueltas, vale la pena mencionar ahora a Don Mariano, quien ya hablaba del papel de las policías y el Ejército, en una polémica hasta ahora continuada por la intransigencia chantajista del Secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo, quien ha dicho, la Guardia Nacional Militarizada, o nada. ¡Uy!, cuánto miedo.

Pero mejor tomemos estas líneas de Otero:

“…En esta situación el Ejército Nacional si tal pudo llamársele, no tuvo que atender ni a la guerra extranjera, ni a las conmociones intestinas. Ocupado en parte en nuestras fronteras lo que quedaba en el interior, no tenía más que las funciones de la policía, y esto es uno de los funestos legados que nos dejó el Gobierno español, pues que examinando con atención lo que después ha pasado observaremos cuán funesta ha sido a la paz de la República y a la conservación de la libertad ese sistema que reunió los deberes del ejército con las atribuciones de la policía...”

Pero en esto, como en muchas otras cosas Otero (1842) ya no tiene vigencia. Quien ahora tiene vigencia es Durazo.

Sin embargo los mexicanos nos hemos acostumbrado a vivir en la ronda. Círculos y más círculos. Hoy seguimos metidos en una discusión sobre el dinero de los haberes de la alta burocracia a la cual el gobierno actual culpa de todos los males de la deshonestidad y el despilfarro. Y por esa razón riñen el Ejecutivo y el Judicial.

Todo mundo a bajarse el sueldo porque así lo determina el Presidente quien es referencia y límite. Aquí nadie gana más que yo. Y punto.

Y eso cuando el gobierno apenas llevaba quince días y ya se litigaba en los medios hasta el concepto mismo de independencia del Poder Judicial amagado por las tijeras de la moralina financiera.

Unos hablaron de la “Decena trágica” en el lejano año 13 de siglo pasado, y ahora ya hay quien alude, rencoroso, a la “quincena trágica” de este diciembre, pero las cosas no son así como lo dicen los adversarios, no importa si el presidente asume una vez más su papel de líder de partido y se enfurruña o se encabrona, según el verbo preferido de cada quien, porque el Tribunal Electoral –por si no hubiera suficiente con el pleito de los salarios--, le da el gobierno de Puebla a la señora esposa de Javier Moreno Valle (el ex gobernador), doña Martha Erika Alonso, con lo cual se prolonga o se instala una dinastía en ese hermoso estado nacional, cuyo suelo ofrece no pisar el presidente de la República, pues no lo considera prudente dado el estado de las cosas, sin reparar como esa condición inestable se acentúa con su negativa de estar siquiera presente ahí donde Zaragoza tanto le ayudó a la República.

Todo tiene que ver, por desgracia, con los dineros, con el dinero maldito cuyo fulgor de moneda o vuelo de papel, tantas desgracias causa porque nadie debe ganar por encima del presidente y los altos salarios y los privilegios son materia de pudrición en el alma del país y acentúan la injusta condición de los pobres, los muchos pobres a quienes la cuarta transformación ha jurado rescatar de su miserable condición.

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