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TRIBUNA

A la ministra Celáa

Juan A. Hernández Les
domingo 30 de diciembre de 2018, 20:02h
Actualizado el: 31/12/2018 08:47h

Desde hace muchos años tengo la certeza de que en los partidos políticos no existe una idea cabal de lo que ha de ser la educación. Desde las escuelas de párvulos hasta la Universidad la educación es un fracaso, no sólo porque no se pongan de acuerdo todos a la vez, sino porque la inexistencia de un proyecto ético en la formación de la personalidad les lleva a ustedes a plantearse el problema desde una tesitura falsa y débil: creer que el problema se zanjaría resolviendo el dilema entre lo público y lo privado.

Cada vez que veo a mis infantes acudir al colegio me enciendo un poco y comprendo a Picasso, que nunca dejó ir a sus hijos a una escuela. Rousseau nunca fue a una escuela de párvulos, y empezó a estudiar a los catorce años. Ahora pienso en aquellas inteligentes ideas de Bertrand Russell: la mayor dificultad al educar a un niño consiste en no ceder y no castigar al propio tiempo. Los padres normales unas veces ceden para que los dejen en paz, y otras veces castigan por exasperación. El verdadero método para tener éxito requiere una difícil combinación de paciencia y poder de sugestión.

Creo que hay un aspecto decisivo en la infancia: si a un niño no se le presta atención, sea en la familia, sea en la escuela, el fracaso está garantizado. La atención supone estimular la observación. El niño que observa será inteligente, pero el niño que no vea nada delante de sí, será muy desgraciado cuando alcance después la pubertad. Dice Russell que para atender bien a un niño se requiere una gran pericia. Sin embargo, ustedes no entienden estas cosas. Sería demasiado.

Durante muchos siglos la educación se basó en el contacto con los preceptores. A finales del XIX surge la escuela pública y los niños aparecen ya envasados y en lata como le gusta a la clase política. Ahora las escuelas parecen prisiones y el debate de los deberes en casa no ha hecho más que comenzar, porque a estos intrusos de la educación que no saben dónde se encuentra el Tajo, y que llamamos maestros, pareciera que les gustara más hacer trabajar a los padres que a los niños. El juego es una gran escuela de aprendizaje, pero en el cole hay poco juego, y las enseñanzas no forman parte del juego. Luego nos jalean con esta rosma de la socialización de la escuela, qué infamia.

Los niños viven bajo una tensión permanente, en casa, en la escuela, y en la calle; soportan escraches de quienes se rodean, porque los responsables de las escuelas o colegios no reprimen a tiempo el mobbing. La vida es difícil, pero no hay vida más difícil que la de aquellos niños a los que se les obliga a vivir como hombres; o niñas como mujeres. Naturalmente todo esto se complica si hablamos de familias pobres que debido a la crisis han aumentado. Una cosa no funciona en España y es que mientras en Francia, Inglaterra o Alemania los niños aprenden jardinería y aprenden a plantar coles, regar y cuidar de los animales, cantar y bailar y jugar, aquí son muy pocas las cosas que se llevan a cabo.

Lo que es inaceptable es que un niño pueda aburrirse en el aula. El maestro debería de descubrir en la personalidad del infante qué aptitudes son las mejores, en donde destaca más, de modo que se vea motivado a estimular en unos y en otros esa corriente interior que casi siempre permanece oculta por el propio carácter o porque todo lleva su tiempo. La aritmética es el coco de la niñez y Russell reconocía -pese a convertirse con el paso del tiempo en un matemático excepcional- que sufrió graves dificultades para aprender la tabla de multiplicar. Nosotros aprendimos a multiplicar cantando.

Aquí, entre nosotros, la Historia es inexplicable porque pocos maestros la conocen. Un programa de iniciación de la educación debería comenzar por el estudio de la religión, especialmente por el estudio de la Biblia, primera forma de entrar en la mitología, pues el Viejo Testamento funda en un solo estrato la historia y la creencia; es lo que tiene la mitología: que las cosas de la Historia son trascendidas y recreadas por la ficción y al revés. Y, por supuesto, por la cristiandad. El cristianismo, más que un sistema de valores, fue de normas, es una moral y es una ética: ¡Niño, compórtate! Compórtate es la palabra decisiva del cristianismo. Seguiría después por el relato de la aparición de la escritura y de la numeración, del breve periodo de esplendor de Grecia, de la difusa magnificencia de Roma, de la oscuridad subsiguiente y de los comienzos de la ciencia ya con el Renacimiento. Después vienen los valores, esa cosa que ustedes desconocen.

El canto no debería ser obligatorio, sino voluntario. La memoria se ha convertido en un desiderátum; es bueno estimular la memoria, aun cuando la memoria ha entrado por culpa de ustedes en escandalosa utopía. Por eso se hace imprescindible hacer teatro en la escuela, que pongan en escena algunos diálogos de obras célebres: veinte, cuarenta o cien palabras de Hamlet, de Segismundo, de Nora, y que sean los mismos niños quienes organicen la puesta en escena. Lectura breve de cuentos con los que los niños puedan identificarse: aprender a leer en voz alta, marcando bien los periodos, separando bien los párrafos, cuentos de la grandeza y de la sensibilidad: La muerte del niño Muni, o Alibabá y los cuarenta ladrones o Casa tomada, por poner sólo algunas referencias.

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

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