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TRIBUNA

El tiempo: en el final de la vida

martes 01 de enero de 2019, 19:33h

Jesús dice, San Pablo exclama, en el final de la vida serás juzgado por el amor. Y es el amor precisamente el eje central de la condición humana, título del grueso y espléndido volumen de André Malraux.

En el final de la vida o más bien la misma vida nos juzgará en virtud del amor que hayamos ido propagando y estaremos así solos, un poco acompañados, o impresionantemente acompañados como ocurrió días y horas antes del fallecimiento del papa Juan Pablo II, con una plaza de San Pedro abarrotada de gente gritando “Santo Súbito” con lágrimas y plegarias en los ojos, mientras el Papa ya moribundo, susurraba en su agonía; “He estado a vuestro lado, he ido a vuestras casas, os he consolado, os he escuchado y alentado, os he orientado y perdonado y ahora venís todos hasta mi”.

Si Camus decía “Los hombres mueren y no son felices”, Sartre aseguraba, “el hombre es una pasión inútil”, y yo mismo de muy joven ante mi “Hispano Olivetti , escribía “la vida es una batalla perdida”.

Y no crean que esa idea ha dejado de tentarme con harta frecuencia, pues como ser humano que soy he caído en defectos, en vicios, en pecados, en debilidades.

Pero hay en el hombre y en la mujer una llama escondida en lo más profundo de sus huesos y de sus corazones, una llama maravillosa y terrible con la fuerza de un poderoso reactor nuclear escondido bajo tantas capas de inmundicia, y sin embargo siempre la humanidad doliente y herida se ha levantado una y mil veces de su postración para mostrar al mundo, a los coros angélicos de lo que es capaz tras esa destrucción.

Lo han demostrado Juana de Arco, Marie Curie, Maximiliano Kölbe, Tomas Moro, Winston Churchill, Teresa de Calcuta o Francisco de Asís.

Y esto viene a cuento, porque el paso del tiempo – única unidad de medida verosímil de la que disponemos tanto para mensurar la calidad y fecha de caducidad de las galaxias, como la de una mesa o la un ser humano – nos va poniendo a cada uno en nuestro sitio Gregorio Marañón dice que la vejez es la edad de la adaptación…y después de la vejez bien la decrepitud…y después aún, más tarde, la vida después de la muerte, de cuyo asunto me he ocupado someramente en páginas anteriores aunque tendré que reincidir si el Cosmos no decide de mi otra cosa.

Creo que fue Ortega, con esa genialidad que poseía, el primero en definir el cine como el “Séptimo Arte”, y el primero en recrear lo que es la vida; desde entonces suele afirmarse que una imagen vale más que mil palabras.

He de aclarar que la muerte en el cine y en la literatura en general poco tiene que ver con la medicina. Las fases por las que pasa un enfermo de cáncer desahuciado en fase terminal, las fases que define la doctora y famosa escritora a la vez Elisabeth Kübler - Ross poco tiene que ver en la mayoría de los casos con lo que vemos en la pantalla o leemos en las novelas.

La muerte de Madame Bovary por suicidio al ingerir cianuro potásico quizá tenga algo más que ver con la realidad, ya que Gustavo Flaubert repitió 14 veces su escritura. Pero para que la literatura y el cine reflejen con precisión la muerte por enfermedad tiene que tratarse de un libro o un filme de tipo psicológico profundo y además minuciosamente documentado y auténtico. Como guionista que he sido durante años en Televisión Española y para sus espacios dramáticos he de decir que perdería ritmo la muerte clínica atendida por los doctores en relación con la cinematográfica o literaria.

La banda de autores dedicados al estudio de los procesos de la muerte, como Raymond Moody, Caroline Myss, Sogyel Rimpoché, Victor Frankl o David Kessler, por nombrar solo a algunos, se inclinan más por analizar y describir el umbral de la misma e intentar visualizar lo que hay más allá del paro cardiorrespiratorio, como consecuencia de un fallo multiorgánico por una septicemia severa y masiva. La Unidad de “Paliativos y Terminales” intenta en esencia evitar el sufrimiento excesivo e innecesario en el momento del final de la vida, evitando sobre todo el dolor físico y la angustia de la conciencia del final, proceso natural por otro lado de toda vida humana, cuya civilización occidental actual intenta por todos los medios ignorar, olvidar y ocultar.

Tal hecho no ocurría por ejemplo en el siglo XIX en el que el abuelo solía morir en su propia casa, en su propia cama, y atendido y velado por los hijos y visitado con frecuencia por los nietos y nietas, niños pequeños que se familiarizaban así con la muerte.

La decrepitud tan temida de muchos, por la salida del hogar familiar y aparcamiento en moritorio más o menos adecentado pero que suele resultar un espectáculo casi dantesco para quien los visita por vez primera y en plena juventud. Un mundo avanzadísimo técnicamente, pero tan inhumano como aséptico.

A todos nos gustaría terminar rápido, sin dar problemas y sufriendo lo menos posible como personas, y para aquellos que nos rodean.

La vejez es algo llevadero y quizá en algunos momentos hermoso, no así la decrepitud en cuyos detalles no voy entrar y que conlleva unos gastos económicos enormes.

Mi hija, muy pequeña cuando nos acompañó un día a ver a mi madre a la que quería mucho en sus últimos y cortos años postrada en una residencia, levantando su cabecita me preguntó: ¿por qué no la matamos?

En esa frase, querido lectores, podemos definir el hecho de la moderna muerte tan actual, tan alejada por supuesto de la literatura, y la gallardía dramática y hasta hermosa con la que adornan la muerte y la llevan a cabo los héroes llevados en buena parte al cine.

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