Vox quiere vender caros sus 12 escaños en el Parlamento andaluz aprovechando la ansiedad del PP y Ciudadanos por tomar el poder en San Telmo. A nadie se le ocurre que no apoyen finalmente el cambio histórico del Gobierno socialista. Pero el partido de Santiago Abascal quiere aprovechar el momento de haberse convertido en el debate nacional. Está disfrutando de ocupar a todas horas las portadas de los medios de comunicación. Y están haciendo una descarada campaña electoral con vistas a las elecciones de mayo.
Pero Vox se ha pasado de la raya al incluir en sus 19 condiciones para apoyar el Gobierno del PP y Ciudadanos, expulsar a 52.000 inmigrantes o la chorrada de cambiar el Día de Andalucía al 2 de enero para celebrar el final de la Reconquista con la toma de Granada por los Reyes Católicos. Lo primero es una barbaridad y lo segundo, una ocurrencia disparatada, como la de resucitar la segregación por sexos en las aulas de la educación pública. También ha sido un error proclamar sin más la derogación de la ley contra la Violencia de Género. Hay que impedir que las innumerables asociaciones radicales feministas se repartan el botín de las subvenciones en sus sueldos, dietas o fiestas recortando la atención de las auténticas víctimas: las mujeres maltratadas. Pero más que derogar, debería hablar de reformar o mejorar.
Vox está dando la razón a los que les acusa de estar en la extrema derecha, por querer ser el Le Pen español. Es posible que Santiago Abascal y su equipo piensen que ese espacio está vacío y pueden aprovecharlo para hacerse fuertes. Pero sus eslóganes terminarán siendo xenófobos y machistas. El partido representa a la derecha pura, pero hasta ahora, democrática y constitucional. Si radicaliza el mensaje, si incurre en atacar la igualdad de la mujer o en atufar a xenofobia pasará a ocupar el espacio de la extrema derecha y, por tanto, antidemocrática.
No parece que ahora Vox se atreva a impedir el cambio de Gobierno en Andalucía. Sus cuatrocientos mil votantes quedarían decepcionados por no haber contribuido a echar al PSOE de San Telmo, después de ocuparlo durante 36 años seguidos. Da la impresión que solo ha querido redoblar su protagonismo político. Pero podían haber logrado estar en el mismo foco de atención sin necesidad de radicalizar su mensaje. Y en el futuro puede ocurrir que ni el PP ni Ciudadanos quieran contar con su apoyo. Vox perdería poder y a la larga se convertiría en un partido marginal. Abascal tiene ahora que demostrar que está con la democracia y la Constitución. O aliarse con el partido de Le Pen.