Al fin, un español...
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 28 de julio de 2008, 21:58h
Un amigo del cronista, geógrafo, soltero y -en el presente- progubernamental es viajero incansable por la geografía peninsular y por la -aún más entrañable- de los dos archipiélagos. Culto en la mayor extensión del adjetivo, oírle relatar con la precisión del científico y el poder de evocación del lector acezante sus andanzas y peregrinaciones por los cuatro puntos cardinales de la nación equivale a degustar un festín de paisajes humanos y físicos, de lances y anécdotas que sólo pueden acontecer, en su opinión, entre las gentes de España.
Pues para él la unidad sustantiva de ésta, fraguada en una dilatada comunión íntima de identidades y experiencias, sigue sin resquebrajarse en lo esencial, pese a la intensa actividad -también mancomunada- de ciertos sectores políticos e intelectuales por fragilizarla. Pruebas ad calcem, esto es: testimonios y evidencias al canto. De su abultado bagaje biográfico extrae, llegada la ocasión, vivencias y sucedidos de una existencia que halla en el viaje su inspiración y clave. En los años cada vez reconstruidos con mayor nostalgia de la transición pilotada por la UCD (Unión de Centro Democrático, obligada aclaración quizá para algún extraviado lector juvenil), cuando la primera ofensiva terrorista arreciaba después de la gran amnistía promulgada por gobierno de Adolfo Suárez, el catedrático de Instituto en cuestión llegó -sobre ascuas...- a la hora del lubricán a un caserío-hostal ubicado en la Vizcaya más profunda y fue saludado con suma cordialidad por la dueña al tiempo que, dirigiéndose a su esposo que escuchaba por la radio el último asesinato de ETA, le comentaba -en castellano-: “Estos canallas no sé adónde piensan llevarnos...”. Otra vez fue en el Pirineo leridano -el recorrido un día por Cela con cierto apresuramiento, pero con la perspicacia habitual y envidiable de su retina viajera-, en la Catalunya más admirada por el presidente Pujol, en la que el profesor penibético registró, en su diligente y colmada agenda de andar y de ver, una de las expresiones de mayor voltaje españolista en la conversación entablada con dos naturales del “país”.
Vivencias de igual índole atesora de otras porciones de la nación con rasgos más peraltados de su singularidad. Hasta el presente ninguna otra credencial que la de español ha mostrado para ir -en una existencia muy asendereada burocráticamente- de la ceca a la meca por el territorio peninsular e insular, sin sufrir ningún desplante o descortesía, gozando a caño abierto de la charla y el diálogo con sus hombres y mujeres, todavía no aplastados por entero por la sociedad de consumo.
Caso excepcional, experiencia singular y no transferible, podrá argüirse. Puede ser, aunque distemos de creerlo. Al margen de ello, en la coyuntura política y social hodierna, los recuerdos y memorias viajeras de alguien tan cultivado como el amigo del articulista resultarán tonificantes para muchas personas comprometidas hasta el hondón de su ser con la visión de una patria plural asentada en una fuerte conciencia unitaria. Por encima del estridor y algarabía del Senado y el Congreso de los diputados y de todos los Parlamentos autonómicos, de anémicas y zafias disputas sobre derechos históricos y constitucionales, de patriotismos vocingleros e indigentes, ante ejemplos como el de este humilde y sabio catedrático resulta difícil de eludir el juicio espontáneo y alegre “Al fin, un español”.