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TRIBUNA

La sociedad total

viernes 11 de enero de 2019, 20:04h

Podríamos definir como sociedades de supervivientes a las sucesoras de las grandes catástrofes políticas y bélicas. Naturalmente cualquier sociedad ha sido, en uno u otro momento de su historia, una sociedad de supervivientes. Durante el segundo año de la guerra del Peloponeso, que enfrentara a las ciudades griegas alineadas con Esparta o con Atenas, ésta última sufrió el azote desolador de una aterradora epidemia de peste. La peste acosaba y derribaba a todos por igual, con democrático rigor arrebataba la vida de jóvenes o viejos, hombres o mujeres, ricos o pobres. A su oleaje exterminador siguió un hundimiento general de la moralidad: “Nadie estaba dispuesto a esforzarse por lo que resultara bello…Ni el temor de los dioses, ni la ley de los hombres eran un obstáculo, por juzgar que lo mismo daba ser respetuoso que no, cuando veían que todos perecían por igual”. Así describe Tucídides el marasmo que sucedió a la guerra y a la peste.

La primera mitad del siglo XX conoció en Europa y en el mundo un acontecimiento extremo, a menudo concebido como un singular colapso civilizatorio, cuya culminación fueron dos guerras mundiales. Podríamos pensar que las sociedades que han atravesado semejante hundimiento responderían todavía a esa forma de supervivencia desencantada, característica de toda sociedad tras una gran crisis. Pero la singularidad de esta guerra sólo se comprende cuando se la define por su rasgo determinante de guerra total. La última guerra mundial supuso el paso al límite de la idea de la guerra, proceso al que alude la expresión guerra total. En consecuencia el hombre que haya podido escapar a la guerra total será una suerte de paradójico superviviente absoluto. Esto sugiere, inmediatamente, la funesta imagen de un fantasma: el resto intangible, aparente y vaporoso de una vida real.

En efecto, el mundo y especialmente la Europa posterior a la guerra subsiste en un espacio de sugestión y ensueño, virtual y fantasmagórico. La población de esta Neo-Europa existe sin vivir propiamente, en un escenario tecnológicamente acondicionado, incapaz de vivir sin esa asistencia tecnológica. Existe en las condiciones de un mercado abundante que permite al hombre residual de la post-guerra total moverse entre adminículos de menesteroso, desplazando su deseo entre banalidades sin ningún límite. Sabedores de que todos pereceremos por igual y desposeídos de toda esperanza, somos unos para otros competidores en el momento del trabajo y en el del consumo conspicuo y diferencial. Todo apetito ha de encontrar satisfacción con la única salvaguarda del apetito de otro. En esta peste higiénica y acomodada no existe el temor de Dios, ni el respeto de ninguna naturaleza humana. Tras la crisis total la entrega ilimitada a la nada define la historia del siglo XX.

La gran guerra constituyó una explosión cuyos ecos se oirán como un ronco estertor durante siglos, hasta enmudecer en un vacío sin término. De hecho el eco de esa explosión nos acompaña de un modo tan persistente y continuado que lo confundimos con nuestro silencio. En cada rostro espectral y en cada gesto aparente se delata una ausencia. A cada uno de nosotros, liberado infinitamente y profundamente normalizado, le falta en el cuerpo el calor real de la vida. La vida personal humana sólo se realiza en comunión con otros: vivir es convivir. Pero cada uno, en esta sociedad total de absolutos supervivientes carentes de prójimo, persiste sustancialmente aislado. En su lugar está en contacto virtual con una muchedumbre de telepróximos con los que practica intercambios, según esa sugestiva negación de la auténtica comunicación que llamamos telecomunicación.

La guerra total supone la plena negación ejecutiva o la destrucción de toda mediación o comunicación con el extraño. Ese objetivo no deja intacta la propia condición, desde que se ponen al servicio de ese objetivo medios que rompen la propia potencia comunicativa induciendo vínculos impostados y haciendo de la vida personal una simple magnitud administrada al servicio de fines políticos o económicos. La guerra total es la culminación de un proceso de aniquilación de las condiciones elementales de la vieja realidad antropológica. Lo que ha venido después ya no es vida propiamente humana. Acaso existamos como unidades orgánicas – cuerpos hablantes – pero hemos olvidado ya lo que nuestra tradición cultural consideró una vida propiamente humana. Si tras la peste de Atenas se constata una crisis moral, a la guerra total sucede el ocaso de la moralidad como tal. Esta constatación nunca es más evidente que en los días de esa Navidad insignificante y disparatada que ha dejado exhaustos a los sirvientes del comercio mundial.

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