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TRIBUNA

Escribir para la Nueva España (I)

Natalia K. Denisova
sábado 12 de enero de 2019, 18:02h

La nueva ola de indigenismo en EEUU contra grandes personajes de nuestra historia nos impulsa a recordar algunas de las aportaciones de España a la historia de las grandes civilizaciones. Muchas veces nos encontramos con una interpretación del pasado hispano que carga las tintas de modo perverso sobre ese pasado como una época de subyugación del indígena al español, su explotación incesante y la codicia insaciable por los tesoros de América. Sin embargo, esta imagen simplona del pasado no refleja la realidad histórica de la época virreinal. Para acercarle al lector a aquel mundo, no hay mejor manera que rescatar del olvido a un personaje del siglo XVI,
Bernardino de Sahagún, que es considerado el primer antropólogo o etnólogo de la cultura occidental. Además, nos servirá para entender las tergiversaciones que se han propagado sobre su obra y que se mantienen con pies de plomo hasta en el ámbito académico.

A través de la vida del franciscano Bernardino de Sahagún observaremos hasta donde llega la manipulación y tergiversación del pasado hispánico en general, y de las crónicas virreinales en América en particular. Sus obras con el paso del tiempo fueron convertidas en escritos anónimos y editados sin apenas mencionar a su autor, el fraile franciscano. La ignorancia y el desinterés sobre el proceso de la elaboración de las crónicas son las causantes de las mayores tergiversaciones de la historia hispanoamericana, entre las que predomina la llamada "visión de los vencidos", un falso relato sobre la España en América, que otorga mayor credibilidad a unas supuestas fuentes indígenas frente a las crónicas de los españoles. Este relato ideológico, o sea, falso se nutre de los tópicos sobre la crueldad y codicia de los conquistadores. Se sabe muy poco de los años jóvenes de fray Bernardino de Sahagún. La mayor parte de la información biográfica es conocida a través de sus propios escritos. Se supone que corría el año 1499 cuando nuestro protagonista nació en el pueblo Sahagún de Campos. La escasa información, además, ha sido distorsionada por varios estudiosos que sin pruebas documentales le atribuyeron un origen judío. Este mito comenzó en el siglo XIX cuando el viajero francés Jules Beltrami atribuyó a Sahagún el apellido Ribeira. Esta noticia se divulgó con rapidez y tuvo especial acogida entre los historiadores mexicanos: Alfredo Chavero lo afirmó en México a través de los siglos, le siguió Ángel María Garibay que sin aportar pruebas documentales insistió: “Hay vehementes sospechas de que fuera de una familia de judíos conversos”.

Pocos son los estudiosos que, como Munro S. Edmondson, consideran inapropiado la circulación de 'sospechas' entre los historiadores y, menos todavía, de influir en la evaluación de su legado. De misma manera, al franciscano Sahagún le atribuyen que hiciera estudios en la Universidad de Salamanca, pero los historiadores que investigaron en los archivos salmantinos, no han encontrado todavía documentos que lo comprueben. Cuando el fraile llegó al virreinato de Nueva España (1529) se dedicó a la docencia y la evangelización, estuvo bastante tiempo en los conventos de Tlalmanalco y Xochimilco. Entre numerosos cargos que Sahagún ocupó, uno tiene principal importancia para su obra escrita: desde el año 1536 fue maestro en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, donde estuvo cuatro años educando a los indígenas, hijos de los señores y principales indios. Esta labor dio sus frutos: Sahagún formó un grupo de discípulos indígenas que se destacaron por el conocimiento de tres lenguas: latín, español y náhuatl. A sus contemporáneos les sorprendió la rapidez con la cual él aprendió hablar náhuatl con fluidez.

Sahagún relata que al llegar a la Nueva España, los religiosos estaban seguros del éxito de la evangelización y erradicación de las idolatrías. Nada más lejos de la realidad. La ilusión de la fácil conversión pronto se desvaneció, cuando los religiosos empezaron a descubrir viejos ídolos detrás de las figuras de santos. Para hacer frente a esta situación, Sahagún elaboró tres pasos: la “investigación e inquisición de saber las cosas idolátricas” por toda Nueva España; la prudencia y vocación de los predicadores; y, finalmente, la educación de los confesores en los ritos idolatras y supersticiones indígenas para que supieran reconocer indicios de las prácticas antiguas entre sus feligreses. Así apareció el programa de acción contra la ocultación de viejos ritos, que más tarde daría lugar a una investigación que ocuparía toda larga vida del fray Bernardino.

La vida del franciscano en la Nueva España es inseparable de la creación de su magna obra, Historia general de las cosas de Nueva España. No será muy exagerado llamarla una de las fuentes más importantes sobre las supersticiones y rituales prehispánicos. Sahagún pasó décadas recolectando y preparando los materiales, desde 1547, cuando compuso las primeras páginas, hasta su muerte en 1590. Esa obra es el centro clave para entender en qué consiste la actual “visión de los vencidos”, sin la inmensa obra de Sahagún, o mejor dicho, sin la manipulación de la obra de Sahagún nunca se habría hablado de la ideológica “visión de los vencidos”.El mismo franciscano fue bastante explícito a la hora de explicar su labor en el Prólogo para el libro II de la Historia general…, donde también aclara cómo seleccionaba a los informantes.

Oficialmente la Historia de las cosas de Nueva España comienza en 1558 con el encargo del provincial fray Francisco de Toral a redactar en náhuatl lo que Sahagún considerara oportuno para ayudar a los religiosos en la evangelización. Antes de trasladarse a su primer destino, Tepepulco, Sahagún redactó un breve escrito en español, donde elaboró un cuestionario para preguntar a los indígenas ancianos y así no desviarse del tema. En Tepepulco (oriente del lago Tezcoco), Sahagún solicitó al señor del pueblo y a los indios principales que le proporcionaran un grupo de ancianos con quienes conversar sobre sus creencias antiguas. Esta indagación duró dos años, Sahagún apuntó los relatos orales y también vio unos códices pictográficos que los ancianos interpretaron para él. Para asegurar la veracidad de estas interpretaciones Sahagún pidió a sus discípulos de Santa Cruz de Tlatelolco a asistir las reuniones. El resultado de este trabajo es conocido como los Primeros memoriales o Memoriales de Tepepulco, redactados en náhuatl en Tepepulco (1558-1560). El texto va acompañado por las ilustraciones y está separado en cuatro capítulos que tratan de Dioses; Cielo e infierno; Señorío; Cosas humanas. Estos manuscritos están en la Biblioteca del Real Palacio y en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia (Madrid) cuyo conjunto es conocido como Códices matritenses.

La segunda etapa de elaboración de su investigación transcurrió en Tlatelolco, entre 1561 y 1565, donde Sahagún se juntaba con sus discípulos y los indios principales para revisar los materiales recogidos en Tepepulco. Un año bastó a Sahagún para ampliar los cuatro capítulos de los Primeros memoriales, convirtiéndolos en libros, y añadió el libro V dedicado a las “cosas naturales”. El manuscrito correspondiente a esta etapa es conocido como Segundos Memoriales. Hay otros documentos de esta etapa: los Memoriales en tres columnas, un borrador hecho entre 1563-1565 con sus alumnos, donde la única columna completa es la central, escrita en náhuatl, a veces traducida al español o acompañada por glosas o comentarios en la columna derecha. Otro documento es los Memoriales con escolios que son una copia revisada de algunas partes de los Memoriales en tres columnas.

Terminadas sus consultas con los ancianos de Tlatelolco, en 1565 Sahagún pasó al convento de San Francisco El Grande, situado en la ciudad México. Sahagún se dedicó a ordenar y revisar todos sus materiales hasta 1569. Así apareció la estructura de la futura Historia de las cosas de Nueva España, que consistiría de doce libros. Con ayuda de los copistas, fray Sahagún obtiene una copia (1569), cuyo paradero actualmente es desconocido. Luego redacta los Memoriales en español (1569-71) que contienen libros I y V sin prólogos ni apéndices.

La situación política entre los años 1570 y 1575 no favorecía el desarrollo de la obra de Sahagún. Hubo un permanente debate sobre el uso de las lenguas indígenas y la Corona estaba sopesando la posible prohibición de las obras que trataban de ritos indígenas para no propagar idolatrías. Durante estos años la orden franciscana retiró la ayuda a Sahagún, apelando que “era contra la pobreza gastar dineros en escrivi[r]se aquellas escrituras”, que por desgracia coincidió con la avanzada edad de Sahagún que padecía el temblor de las manos. Frente a estas dificultades, Sahagún decidió buscar apoyo fuera de su orden, en Madrid y en Roma. Entregó a fray Miguel Navarro y a Jerónimo de Mendieta un “sumario de todos los libros y de todos los capítulos de cada libro, y los prólogos”, que acabó en manos del presidente del Consejo de Indias, Juan de Ovando. Hoy se desconoce el paradero del sumario. Además, Sahagún remitió al Papa Pío V, Breve compendio de los ritos idolátricos que los indios desta Nueva España usaban en el tiempo de infidelidad, un resumen de los libros I y II. Éste último fue encontrado en el Archivo Secreto Vaticano, firmado y fechado en México por Sahagún el día 25 de diciembre de 1570. Sahagún nunca mencionó este compendio para evitar los recelos y conflictos dentro de su orden.

La obra manuscrita sufrió dos importantes reveses. Fray Alonso de Escalona en 1571 mandó recoger todos los libros y enviarlos a los religiosos de distintas provincias para saber su opinión. Los libros dispersos fueron recogidos y devueltos a Sahagún en 1573, quien por aquella época logró el favor de Juan de Ovando y el apoyo del nuevo comisario de la Orden, fray Rodrigo de Sequera. Sahagún disponía de escribanos gracias a lo cual avanzaba rápido en la redacción y “pulimento” de la obra. El resultado de esta etapa (1575-79) es el texto bilingüe (1576-77) a veces conocido como la Copia Sequera que contiene una serie de ilustraciones y que es conocido también como el Códice Florentino porque fue hallado en la Biblioteca Medicea Laurentiana (Laurenziana), de la ciudad de Florencia. Finalmente, Felipe II redacta una cédula que prohibe obras sobre los ritos. Sahagún escribe a Felipe II una carta describiendo el Códice Florentino como una obra de 12 libros en 4 vols., lo que coincide con la descripción del texto que Sahagún sacó en limpio en 1577.

A pesar de que la Historia general estaba prácticamente acabada, Sahagún con sus ochenta años, seguía modificando algunas partes, por ejemplo, redactó la segunda versión del Libro XII dedicado a la conquista.Es muy probable que la prohibición de las obras sobre idolatrías no llevase a la confiscación de todos los escritos de Sahagún, quien se quedó con los borradores y las copias suficientes para poder proseguir su redacción. En torno a 1585 Sahagún redacta otro escrito titulado Calendario mexicano, latino y castellano y el Arte adivinatoria. Sahagún enfermó y murió en 1590 en el convento de San Francisco de México. El Códice Florentino puede considerarse, por lo tanto, una obra acabada, sobre todo la parte en español, pero los editores no la conocían o quizá no le prestaban atención porque conocían la opinión de Paso y Troncoso, quien consideró que era “absolutamente necesario desechar lo escrito en castellano por los indios de México”. Opinión poco fundada por no decir absolutamente gratuita que, sin embargo, será una línea constante en la manipulación de la obra de Sahagún.

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