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TRIBUNA

Vencido Sahagún (II)

Natalia K. Denisova
sábado 19 de enero de 2019, 19:18h

Es imposible conocer el pasado de los indios mexicas o aztecas sin consultar la Historia general de las cosas de Nueva España del franciscano Bernardino de Sahagún. Esta obra sobrepasa otras por la descripción detallada y profunda de las creencias y del modo de vida indígena antes de la conquista. Quizá la importancia excepcional de este escrito haya sido la causa de su frecuente manipulación. Lo que se conocía como la Historia general, de Sahagún, actualmente pasa por ser una obra anónima, editada bajo el subtitulo genérico de “informantes de Sahagún” ora como los cantares ora como los discursos huehuetlatolli. Esto es una absoluta manipulación que ha dado lugar a la la llamada Visión de los vencidos, que es todo un “hito” en el “arte” de la manipulación histórica. La recopilación de Miguel León Portilla, que lleva el título de la Visión de los vencidos, es un “best-seller”, reeditado un sinnúmero de veces y traducido a numerosas lenguas. Veamos las circunstancias de su elaboración y sus contenidos.

México en el siglo XX tenía que resolver el mismo problema que en los tiempos de la independencia: construir una nación fuertemente integrada. Para forjar la conciencia nacional los políticos mexicanos optaron por la vía fácil: buscaban afanosamente las diferencias que les distinguieran tanto de España, como de otros pueblos hispanohablantes. Una de las claves para conseguirlo fue disminuir u ocultar la herencia hispana y, a la vez, convertir "lo azteca" en la base de la cohesión social y sustituto del pasado común hispano. Se recoge la idea de los criollos del siglo XVIII que reinventaron el pasado “glorioso” del “imperio mexica”. Los años treinta y cuarenta del siglo pasado en México son determinantes para convertir la versión indigenista de la historia en una doctrina oficial, promovida por el Estado. Según esta versión, la época virreinal no es la historia del “pueblo mexicano”, porque el pasado indígena glorioso fue malogrado por la llegada de los españoles. Mentira. Esta versión oficial necesitaba una base fuerte, que le diera mayor credibilidad, por lo cual los historiadores y estudiosos de las culturas indigenas, sobre todo, de la náhua se convirtieron en personas imprescindibles para el régimen político. Son estos especialistas los que llevaron las investigaciones de la vida prehispánica hasta inventar la sedicente “filosofía” azteca, que rigurosamente hablando no es más que un conjunto de ritos, mitos y cosmogonía primitivas.

Es importante señalar que la afiliación del gobierno mexicano con los indigenistas creó una atmósfera intransigente entre los especialistas: los historiadores y los antropólogos que valoraban la conquista y el virreinato como parte imprescindible para entender el México actual quedaron apartados de los debates académicos. La vertiente indigenista, apoyada por el gobierno, convirtió el pasado en un arma de agitación y propaganda política donde la tergiversación o interpretaciones deficientes de las crónicas virreinales estaban al orden del día. Así describe la situación el historiador mexicano Wigberto Jiménez Moreno: “Los que predicábamos la necesidad de aceptar la indisoluble fusión hispano-indígena, reconociendo valores positivos de cada uno de ambos patrimonios, nos veíamos repudiados sobre todo por la exaltada corriente indófila-hispanófoba, que se presentaba incomparablemente mucho más robusta, intransigente, agresiva y peligrosa que su contraria”. Actualmente ha triunfado la versión menos belicosa del indigenismo. Los fundadores de esta corriente del indigenismo son el padre Ángel María Garibay y su discípulo Miguel León Portilla.

A pesar de que los estudios del nahuatl y otras lenguas indígenas existían desde el descubrimiento de la Nueva España y durante todo el siglo XIX, el mérito de rescatar la cultura azteca y fundar la tradición de estudio del náhuatl es atribuido al religioso Ángel María Garibay Kintana y a la época de la Revolución mexicana. Wigberto Jiménez Moreno, conocedor del náhuatl y de la obra de Sahagún, señaló sus dudas sobre la iniciación de Garibay en los estudios de náhuatl y señaló el papel decisivo del apoyo gubernamental para convencer la sociedad que sólo gracias a los estudiosos como Garibay, apoyados por el régimen revolucionario, fue posible rescatar el verdadero pasado de la nación mexicana. El gobierno promocionó las traducciones del padre Garibay que, desgraciadamente, por su calidad son inferiores a las traducciones realizadas por el propio Jiménez Moreno o por Seler, cuya traducción del libro XII es más fiel al original que la traducción de Garibay, pero no gozó la divulgación entre el público amplio.

¿Qué importancia tiene el especialista Garibay para la obra de Sahagún? Uno de los cambios fundamentales realizados por Garibay fue cuestionar la autoría de Sahagún de la Historia general de las cosas de Nueva España y del Códice Florentino. La edición de Garibay (México, Porrúa, 1ª ed. 1956) de la Historia general repite fundamentalmente el texto de la edición Ramírez Cabañas-Jiménez Moreno (Editorial Pedro Robledo, 1938), "aunque cotejando el texto completo con el Códice florentino, separando y numerando los párrafos y añadiendo nuevos textos y apéndices”, como las traducciones hechas por él del texto náhuatl del libro XII y del manuscrito anónimo de Tlatelolco, fechado 1528. Esta edición es decisiva porque marca la tendencia de quitar el nombre de Sahagún como su autor y sustituirlo por “los informantes de Sahagún”. En la introducción Garibay hace siguiente observación: “Al franciscano se debe atribuir la gloria de la idea, del programa de trabajo, de la marcha de la indagación, de las correcciones y direcciones de sus estudiantes: a éstos, la redacción directa y neta en lengua de sus mayores. A Sahagún se debe el libro castellano que conocemos: a los indios, la base documental en lengua náhuatl que ellos escribieron.”

Para demostrar la gran diferencia que existía entre los textos en español y en náhuatl el padre Garibay tradujo el Libro XII. Sin embargo, el análisis de los textos demuestra que las únicas diferencias que existen entre el texto español y la “traducción” de Garibay se reducen al uso de distintos términos, por ejemplo, a veces Sahagún utiliza la palabra "siervo" (p. 705) y Garibay lo cambia por "lugarteniente" (p. 792); o Sahagún utiliza el "trabuco" (p. 729) y Garibay lo cambia por la "catapulta" (p. 781, según la ed. México: Porrúa, Colección "Sepan cuantos..."). Otras veces los nombres en náhuatl se escriben de distinta manera, pero la principal acusación de Garibay que consiste en acusar a Sahagún de cortar la narración indígena y ocultar la información no se sostiene porque Sahagún sintetiza la información, es decir, corta las repeticiones y exclamaciones que aparecen en náhuatl, tampoco traduce las listas de objetos enumerados en náhuatl, porque el propósito del texto en español era distinto de su propósito en náhuatl: “para que de allí se puedan sacar los vocablos y maneras de decir, propias para hablar en la lengua mexicana acerca de esta materia (la guerra y las armas)”. Además, Sahagún avisa, por ejemplo, en el capítulo XV (p. 713) que “en todo lo restante de este capítulo no se dice otra cosa sino la orden que llevaban los españoles y los indios amigos cuando entraron en México”. En lo demás, no hay contradicciones con la traducción de Garibay. Así vemos que la intención de Garibay de mostrar que Sahagún oculta algo de lo que los indios le dijeron, queda sin fundamento. No demuestran que Sahagún quiso tergiversar u ocultar algo, sino que los dos textos tienen distintos objetivos. Lo que hizo Sahagún es adaptar la narración oral en náhuatl al español escrito, es decir, sintetizó la información oral en un texto conciso y breve para el público hispanohablante, mientras que la traducción de Garibay es una conversación oral transcrita, llena de repeticiones y exclamaciones.

Miguel León Portilla, discípulo de Garibay, continuó la línea de investigación señalada por el maestro y supo divulgar los estudios sobre culturas indigenas a nivel mundial. Su libro llamado la Visión de los vencidos, editado en 1959, se convirtió en término historiográfico que señala una versión de los acontecimientos claves de la conquista, creada supuestamente por los “vencidos” y por esto es considerada más verídica que la versión que aparece en las crónicas españolas. Actualmente, la “visión de los vencidos” es universalmente conocida tanto dentro de los círculos académicos como por los lectores de a pie. Para saber cuál es la base de la “visión de los vencidos” es necesario analizar los textos que componen el libro, compilado por Miguel León Portilla. El texto que forma el núcleo de la Visión de los vencidos es precisamente el Libro XII, conocido como Libro de la conquista, de Bernardino de Sahagún, traducido por Garibay. Once de los quince capítulos de la Visión de los vencidos son distintas partes del Libro XII del Códice Florentino. El análisis textual mejor que nada demuestra el modo “original” que eligió Léon-Portilla para editar el Libro XII de Sahagún. Según el cotejo de los textos, León Portilla no señaló la mayor parte de los capítulos provenientes de Sahagún y las reorganizó, añadiendo fragmentos de otras crónicas, las de Ixchixóchitl y Tezozómoc. Es necesario destacar otro cambio introducido por León-Portilla en la edición aumentada de la Visión de los vencidos que salió en 2012. Aquí el nombre de Miguel León Portilla figura como traductor y no como un compilador, según la edición de 1959. ¡El colmo de la desfachatez intelectual! Sin embargo, si comparamos los textos de estas ediciones no encontramos cambios relevantes entre la versión de Garibay editada en 1959 y la supuesta traducción de León Portilla, por lo cual la sustitución del nombre del traductor es injustificado: los retoques introducidos por León Portilla en la traducción de su maestro consisten principalmente en cambiar la palabra “los indios” utilizada por Garibay por “los mexicas”.

De este modo, insistimos que la Visión de los vencidos es una edición peculiar, rara y extraña del texto de Bernardino de Sahagún. Aunque el texto que utiliza León Portilla es el libro XII de la Historia general de Sahagún, vemos que el nombre del franciscano es sustituido por los “informantes de Sahagún”. León-Portilla así explica su este cambio: la información que forma parte del Códice Florentino es una muestra del “interés que tenían por la historia esos pueblos indígenas” y del “empeño por conservar su propia visión de la Conquista”, de esta manera, su autoría pertenece sólo a los indios que la recogieron y no a Bernardino de Sahagún. Sin embargo, recordemos el proceso de la redacción: el texto del Códice Florentino es el texto redactado y corregido por Bernardino de Sahagún en náhuatl y español. Además, el padre Garibay editó este texto bajo el título la Historia general de cosas de Nueva España. La obra que León Portilla atribuye a los indígenas es idéntica al texto redactado por el franciscano Sahagún. He aquí la clave de la “visión de los vencidos”: separar al franciscano de su obra para presentarla como la muestra de la conciencia histórica indígena, que es la base de la conciencia mexicana cuyo afán es separarse de la influencia española. León Portilla y Garibay no cuestionan la autoría de Ixtlilxóchitl ni de Tezozómoc a pesar de que ellos también actuaban como Sahagún a veces entrevistaban a los indígenas, a veces transcribían himnos o leyendas de otros documentos. Insisto que las ediciones de Garibay y León Portilla son uno de los casos más flagrante del doble criterio que tienen a la hora de quitar o guardar la autoría de los textos.

Señalando estas contradicciones no pretendemos negar la colaboración de sus alumnos trilingües (náhuatl, latín y español) de Tlatelolco ni de sus informantes ancianos que conversaron con Sahagún, respondiendo sus preguntas. Pero, tampoco se puede consentir las interpretaciones y ediciones manipuladas que realizaron de la obra de Sahagún negándole su autoría bajo el pretexto de que escribe lo que le narraron otros. La Visión de los vencidos es uno de los ejemplos del uso inadecuado de las crónicas por parte de los sedicentes historiadores, que editan antiguos textos con leves retoques para ocultar los detalles que no les cuadran para su interpretación de la historia indigenista, aprovechando sin los menores escrúpulos el desconocimiento generalizado de los textos de la época virreinal.

Aquí vamos a ver algunos otros libros que marcaron la visión indigenista y fortalecieron la interpretación de la conquista como una invasión cruenta por los extranjeros.

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