Resulta inadmisible que un grupo de taxistas, que ni siquiera representa a la mayoría, ejerzan impunemente la violencia, alterando la seguridad ciudadana en Barcelona y Madrid. La Ciudad Condal lleva más de cinco días sufriendo atascos interminables y en Madrid ya se han convocado cortes de calles para los próximos días. Han destrozado una decena de coches de VTC, algunos con pasajeros en su interior, y se han producido continuas agresiones físicas a conductores y usuarios de las plataformas Uber y Cabify. El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, sufrió este lunes el acoso y los insultos de un grupo de taxistas en la estación de Atocha. Nada ha hecho el Gobierno ante el inadmisible chantaje. El Ministerio de Fomento, mediante el habitual decretazo, se lavó las manos en septiembre al traspasar las competencias a las Comunidades y Ayuntamientos para zafarse de su responsabilidad.
Y, ahora, con la inminencia de las elecciones municipales y autonómicas de mayo, ninguna Administración quiere meterse en el avispero del enfrentamiento entre el taxi y las VTC. Mientras, las dos principales ciudades españolas se enfrentan al colapso del tráfico cuando en Madrid está a punto de inaugurarse Fitur, la gran feria de turismo, y, en Barcelona, se celebra la próxima semana el Mobile World Congress, el gran encuentro tecnológico mundial.
Los taxistas deben asumir, como cualquier otro sector, la transformación digital de la economía. Las Administraciones tendrán que regular el número de licencias de los coches de alquiler con conductor respecto al taxi. Pero debe imperar la libre competencia como ocurre con el resto de las empresas. El Gobierno no puede amedrentarse ante el chantaje. Está obligado a mantener el orden público e impedir que los taxistas ejerzan la violencia impunemente y campen a sus anchas bloqueando durante días las principales arterias de Barcelona y Madrid. Y pese a haber traspasado cobardemente las competencias, el Ejecutivo no puede zafarse de su responsabilidad como suele hacer Pedro Sánchez cuando estallan las crisis. Más aún, cuando se avecina un aluvión de elecciones.