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TRIBUNA

La rebelión de las masas. Ortega II

martes 22 de enero de 2019, 20:38h
Actualizado el: 22/01/2019 20:46h

Mucho se está hablando últimamente y no seré yo el último en hacerlo de que Ortega y Gasset en su quizá -no para mí- más célebre libro “La rebelión de las masas” escribió toda una suerte de biografía del mundo que en esta época convulsa y tan excesivamente amarilla adquiere un tono no sé si de profecía, augurio o como ustedes, ilustres lectores, quieran llamarlo.

Desde hace muchos años sigo leyendo a Ortega, como muchos otros que ahora a lo peor lo negarán. Lo leo a rebanadas, antes del café, mientras observo la natura o cuando recuerdo aquellos versos de Neruda -por cierto, desde aquí quiero decir que hay tantas biografías posibles sobre cualquier artista como lectores o lectoras existan en sus distintas interpretaciones, todas viables y plausibles-: “Antes de la peluca y la casaca / fueron los ríos, ríos arteriales: / fueron las cordilleras, en cuya onda raída / el cóndor o la nieve parecían inmóviles”.

En efecto, Ortega nos avisó -y esto sí ya es impepinable- de lo que hoy está sucediendo. Tengamos en cuenta esa frase tan repetida y por tal tan cansina de que la Historia es cíclica y que va dando vueltas hasta parar siempre en el mismo punto. A ese punto algunos poetas se atreven a llamarlo Inmensidad. Lo acepto. Acepto a los poetas que siguen hablando de inmensidad, infinito, eternidad y blablabá. Pero vayamos al grano de polen. Repasemos, de entrada, algunas fraseologías del Índice del libro orteguiano. Doy fe que yo hago uso de la edición “José Ortega y Gasset. Obras Completas”, ed. Fundación José Ortega y Gasset. Centro de Estudios Orteguianos, Taurus, Alfaguara, tercera edición 2010.

Ahí van algunos agüeros: “El hecho de las aglomeraciones”. “El crecimiento de la vida”. “Por qué las masas intervienen en todo y por qué intervienen violentamente”. “La época del ‘señorito insatisfecho’”. “¿Quién manda en el mundo?” “Se desemboca en la verdadera cuestión”, y al final del Índice, dentro del apartado [Epílogo para ingleses], el disparo final: “En cuanto al pacifismo”. Éste es final del libro en la edición que yo leo mientras releo a Neruda, a Joan Margarit o a esos “Cantos” todavía mal traducidos por todas partes de Ezra Pound: “Este equilibrio puramente mecánico y provisional permitirá una nueva etapa de mínimo reposo, imprescindible para que vuelva a brotar, en el fondo del bosque que tienen las almas, el hontanar de una nueva fe. Ésta es el auténtico poder de creación histórica, pero no mana en medio de la alteración, sino en el recato del ensimismamiento”. Y firma Ortega: “París y diciembre 1937”. La pregunta sin complejos es la siguiente: ¿A qué fe que brota en el fondo del bosque de nuestras almas se refirió Ortega y Gasset? Contra gustos no hay disputas, sería mi respuesta.

O, dicho de otro modo: ¿Qué es la fe? Sigo con los adentros de este final del libro para explicarlo con las palabras como agüeros: “El estado actual de anarquía y superlativa disociación en la sociedad europea es una prueba más de la realidad que ésta posee. Porque si eso acontece en Europa es porque sufre una crisis de su fe común, de la fe europea, de las vigencias en que su socialización consiste. La enfermedad por que atraviesa es, pues, común. No se trata de que Europa esté enferma, pero que gocen de plena salud estas o las otras naciones, y que, por tanto, sea probable la desaparición de Europa y su sustitución por otra realidad histórica -por ejemplo: las naciones sueltas o una Europa oriental disociada hasta la raíz de una Europa occidental. Nada de esto se ofrece en el horizonte, sino que, como es común y europea la enfermedad, lo será también el restablecimiento”

Prosigo: dicen algunos, entre ellos yo mismo, que estamos ya saliendo del final de una era y entrando en otra. ¿Otra boutade? No. Intento decir que ya se ven las grietas del interneocapitalismo. ¿Por qué? Sencillamente, por existen ya evidentes errores en el Sistema. ¿Cómo voy llegando a esta mía bravata? Ansí: porque, con buen humor, ya lo planteó en el 2015 Michael Moore en su documental “¿Qué invadimos ahora?”, que viene a ser la II parte del anterior documaster “Capitalismo”. Moore desde la sátira -la risa de Ortega y su ironía socrática más su vuelo de las aves anilladas- con su cámara y la bandera confederada de los EEUU invade Europa comenzando por Italia, Francia, Alemania, Finlandia, Eslovenia -¿quién se atreve a revisar la Historia de Eslovenia?: pero yo no soy el torrado de Torra-, Túnez y la primavera árabe, Islandia y el encarcelamiento masivo de los banqueros corruptos cuando la crisis de 2007, Portugal y su legislación liberal o libertaria a la hora de no penalizar el consumo de estupefacientes desde el punto de vista de una decisión personal, para finalizar en el Muro de Berlín 1989 con un eslogan: “martillo, cincel y un sencillo golpe y ya está”, con musiquita de fondo de Neal Roberson-Gospel Music-Black Music-Soul. En definitiva, en lo que a mí conlleva este gran analista y payaso gordo en su grandeza de pensamiento entronca con la idea que mantuvo Ortega y Gasset en tanto en cuanto al texto citado arriba: la enfermedad de Europa ofrece en el horizonte un pronto restablecimiento.

Estas grietas del interneocapitalismo se están viendo todos los días en esta aldea global on the road, en las calles, en las plazas, en las megalópolis, en los barrios más tristes de los países emergentes, en esta pandemia bella que ya es la globomigración en la que estamos todos continuamente incluidos en el mismo lote, desde Gambia hasta la diáspora turística de la chinatown pasando por esa precolombina caravana latinoamericana hacia ese Muro de Donald Trump, para arribar, gracias a este viento elíseo que nos arrastra por el océano Pacífico, hasta el mito de El paso de la laguna Estigia, esto es, esta prehistórica migración que ya vio Virgilio en su Eneida y cuya metáfora se ha vuelto a reactivar: el ars moriendi, la barca de Caronte, las puertas del Hades, en definitiva, ese hombre-masa a la busca de la tierra prometida ubicada en el extremo meridional del Peloponeso, la cual en mis sueños en vigilia logro ojear en la todavía visible ensenada que permanece en el cabo Matapan.

La rebelión de las masas II parte volteja por causa de que las naciones, en su enfermedad globofóbica en este intenso y eternal tour de la Historia, retornan a cerrarse hacia dentro de sí mismas, a hermetizar sus existencias, a enmurallar las cordilleras para en vez de naturaleza e higiene del planeta Tierra meter en la jaula al cóndor o a la nieve aun cuando todo esto ya pareciera imposible. “El hombre tierra fue, vasija, párpado / del barro trémulo, forma de la arcilla, / fue cántaro caribe, piedra chibcha,… // pero en la empuñadura de su arma de cristal humedecido, / las iniciales de la tierra estaban / escritas”, nos dice Neruda.

Por consiguiente, “no hay islas de humanidad”, dice Ortega. Durante siglos, digamos que a partir del XVI o lo que Ortega -después de reconcentrar en una sola todas sus lecturas sobre la razón histórica- denomina como “La Edad Moderna”, la civilidad europea triunfó. Detengámonos un momento. ¿Acaso fue anterior la datación? Casi es posible que ya antes comenzara el desgaste, exactamente con el descubrimiento del Nuevo Mundo, según apunta Waldo Frank en su “Redescubrimiento de América”. Es ahí cuando los pueblos-masa, con el pasaporte de la historicidad caducado por culpa de ese sistema de normas casi caudillista de la civilización europeísta, emprenden en el imaginario colectivo la recreación -fábula y signo es metonimia de realidad- de esos viajes quiméricos que ya echara en tinta Baudelaire: “Para el niño, enamorado de láminas y mapas / el universo es igual que su hambre ilimitada. / ¡Ah, qué grande es el mundo a la luz de la lámpara¡ / ¡Y qué pequeño el mundo para los ojos de la memoria¡…// Pero los verdaderos viajeros sólo parten por partir; / corazones livianos, como globos, jamás escapan de su fatalidad, / y, sin saber por qué, siempre dicen: ¡Vamos¡ / Aquellos para quienes el deseo tiene forma de nube, / y que sueñan, como el soldado sueña el cañón, / con inmensos placeres, cambiantes, desconocidos, / ¡de los que el espíritu humano nunca supo el nombre¡”. Hete aquí.

La rebelión de las masas hoy grita con chalecos amarillos, con el MeToo estadounidense, pero antes con el Levantamiento de las Mujeres en el Mundo Árabe, con estos héroes anónimos que se juegan la vida para que el marfil de los elefantes y los rinodólares no continúen cotizando en todos los Wall Street del interneocapitalismo como camouflage entre New York y Moscú -villas que ya son sólo colonias del gigante de Beijing, La India, los ancestros nipones y -cómo no- el príncipe de Arabia Saudita. La rebelión de las masas hoy grita contra la violencia de la ultraderecha, con los guantes que los jóvenes europeos, asiáticos y del Nepal recogen en Edimburgo con el objetivo de afianzar no una juventud perdida, sino con idiomas, estudios universitarios de alto grado, sin rendición y jamás callada. Ah, lo joven de la juventud.

La rebelión de los pueblos-masa releen otra vez, pero esta vez con inteligencia y espasmo mago, a Marx y Engels, a Félix Guattari y su defensa de las minorías -las masas de las minorías, añado yo-. Y es que ya hay mucho mundo en el mundo que está harto de esa obediencia plena a esa falsa libertad que nos viene de las políticas económicas del internacional-liberalismo. Porque no es posible, por muchos impuestos destinados a las industrias armamentísticas, a esa realidad virtual que es el mercado como mercadeo de las élites chifladas que siguen con su siesta del borrego en Silicon Valley, aislar al hombre-masa de su inconsciente, dado que desde los primeros animales o plantas o seres vivos se triptonga un lenguaje que es objeto del deseo en su evolución de una realidad coextensiva hacia todas las sociedades que se amplían y desbordan sin paliativos las tierras sin nombre, “estambre equinoccial, lanza de púrpura, tu aroma me trepó por las raíces hasta la copa que bebía, hasta la más delgada palabra aún no nacida de mi boca” -PN-.

Y es en esta segunda década ya del XXI cuando, ante lo que Suely Rolky llama “el malestar en la diferencia”, estas viejas y nuevas generaciones de roca y piedra y canto y Cantos siguen memorizando la nietzscheana idea de la genealogía de la moral o la contumaz cartografía foucaultiana de la repetida historia de la locura en la época clásica. ¿Qué nos espera, pues? O, mejor dicho: ¿quiénes nos esperan? Asentémonos definitivamente en esa navegación antropológica del homo sapiens sapiens como el loco aventurero, como las maternidades con niño de las esculturas de Baltasar Lobo, como esa canoa de los indígenas polinesios que contra viento cruzaron océanos, como esa capital del dolor capaz de resistir y no resignarse y asistir a esta emergente subjetividad que nos une más que nos separa.

Créanlo: pueden más las aspiraciones éticas y estéticas de las almas puras que no esas manadas que circulan por las patrias cerradas, las cuales -no lo duden- desean abrirse a toda costa -siempre ha sido así- haciendo usanza de esa criatura chabacana que son las guerras, las amenazas, la avaricia, el dolarismo, el brexit o la última Cumbre del G20 en Buenos Aires.

Dice Ortega: “No se manda en seco. El mando consiste en una presión que se ejerce sobre los demás. Pero no consiste sólo en esto. Si fuera esto sólo, sería violencia. No se olvide que mandar tiene doble efecto: se manda a alguien, pero se le manda algo. Y lo que se le manda es, a la postre, que participe en una empresa, en un gran destino histórico. Por eso no hay imperio sin programa de vida, precisamente sin un plan de vida imperial. Como dice el verso de Schiller: ‘Cuando los reyes construyen, tienen que hacer los carreros’”.

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