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TRIBUNA

Fake News

jueves 24 de enero de 2019, 20:46h

Esa figura nietzscheana que es el marqués de Bradomín desprecia las almas tristes que, habitadas por el espíritu de la verdad, arrojan un manto de ceniza sobre la existencia. En términos semejantes se expresaba el marqués en alguna de sus sonatas. A decir verdad el filósofo suspicaz había desestimado la verdad, para interesarse por cuánta verdad era capaz de soportar un hombre. No me pregunten cómo es que, negada simple y llanamente la verdad, puede quedar de ella alguna cantidad. Desde luego, la lógica – una forma de sedación para débiles – nunca le resultó respetable al maestro de la sospecha y su profeta grandilocuente se dirigía a los ebrios de enigmas que gozan con la luz del crepúsculo. En resumen: a los que pudiendo adivinar, odian deducir. Nada, por tanto, para los sobrios a su hora que frente a la penumbra y la oscuridad prefieran la luz intacta de la verdad.

Hoy, a la sombra sin mañana de las fake news, no podrá sostenerse que a la ubicua oscuridad de la mentira acompañe una alegría universal. Aquel triste manto de ceniza que decía extenderse desde el espíritu de la verdad, parece hoy el ropaje envilecedor del espíritu sin gloria de la mentira. Esta combinación de mentira y melancolía sorprenderá menos si la asociamos a las dos áreas máximas de la psicopatología: paranoia y depresión. Desviaciones trágicas en las que se hunden los sujetos erráticos de las sociedades avanzadas. Navegantes sin destino de un espacio virtual semejamos tristes locos. Como las mismas sociedades avanzadas que habitamos: en vanguardia hacia ninguna parte. Punta de lanza que se hunde en el desierto creciente que predicó el filósofo a martillazos. El progreso, que de tan alto predicamento gozara tiempo atrás, resulta cada vez más un movimiento sin dirección – ilusorio o relativo – que conduce a una estéril y silenciosa nada. La paranoia – forma sugestiva y endiabladamente fértil de la mentira – camina junto a la depresión, que extrema la melancolía, en horrorosa composición.

El amplio planeta se transformó hace ya mucho tiempo en una estrecha aldea global, un título ideado en los 60 por Marshall McLuhan. No es de extrañar, por tanto, el crecimiento de la actividad aldeana por antonomasia: el cotilleo, el chisme, el cuchicheo. No en vano el cosmopolita ha acabado convertido en aldeano. El joven de hoy, ante el brillo artificial de la pantalla, actúa en las redes sociales como las viejas comadres en sus sillas de enea que, al fresco de la tarde, difunden entre su compaña rumores de pacotilla, mientras rumian resentimiento al compás de sus costuras. Tampoco a ellas les hacía feliz pero, al menos, les daba el aire. Me parece que el castizo “chismes” no es mala traducción de esas “fake news”.

En la nueva aldea digital no se cuentan mentiras. Las comadres electrónicas de la aldea global ya no mienten, porque mentir sólo es posible en la atmósfera de la verdad. Cuando la verdad no existe, tampoco existe la mentira y es ingenuo apelar a los hechos como si estos fueran presencias objetivas. Cada uno contemplará los acontecimientos a la luz de una subjetividad que se erige en fuente de cualquier realidad, de modo que no existen los acontecimientos unívocos e idénticos a sí mismos. Lo que llamamos realidad es un enjambre de fenómenos destilados por cada sujeto según su propia condición. Ese revolucionario idealismo es hoy hegemónico de manera que habitamos en la contradicción donde una cosa es ella y su contraria al mismo tiempo.

Las consecuencias de esa victoria de la negación son aterradoras. El Dios bíblico se presenta como positiva identidad – El Que Es – mientras que los endemoniados se definen por la abigarrada contradicción de una legión. En el sindiós en que se ha convertido el mundo, bajo el dominio del idealismo, el sujeto decide qué es o no es, construye y se construye infinitamente. Pero la desolación se propaga con su señorío, enseñándonos la íntima conjunción de paranoia y melancolía. Tarde aprenderemos que el precio de la mentira es la muerte y sólo se sobrepone a ese horizonte sin sentido el que sabe que es la muerte la mentira. Seré objeto de burla pero, frente al maestro del devenir, no dejaré de advertir que las cosas son como son, que lo que no puede ser no puede ser, y como dice el común, además, es imposible.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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