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TRIBUNA

Francisco, México y el mundo católico

lunes 28 de enero de 2019, 20:36h

Aún en la más incongruente contradicción, todo se complementa y se encarrila en este convencional y siempre aggiornado mundo del catolicismo; ahora con un Pontífice inclinado hacia lo popular de izquierda. Agreguemos que la cadena se agranda en Hispanoamérica incluyendo también a nuevos protagonistas como Andrés Manuel López Obrador, el muy recientemente asumido presidente de México, el que, con la prudencia del caso, abre un discreto sendero hacia la Venezuela de Nicolás Maduro, la Cuba de Díaz-Canedo, la Bolivia de Evo Morales y la Nicaragua de Daniel Ortega; todos gobiernos con matices coincidentes. Por otro lado, el fantasma del Norte se saca la careta y con el xenófobo Donald Trump al frente del país, actúa a cara descubierta. Ese contexto hace que no haya día en que la Santa Sede y estos caudillos continentales no intercambien palabras amables. Es que cada uno de ellos encontró en Francisco su media naranja, acaso por pura obra del Espíritu Santo, o como una gracia de Dios inclinado hacia los pobres y sufridos.

Es necesario, sin embargo, tener en cuenta la gran metáfora histórica oculta detrás de estos emocionantes encuentros. En el caso de México nos recuerda la bíblica parábola del hijo pródigo que regresa a casa después de contradictorios gobiernos y de los famosos escándalos sexuales del obispo Marcial Maciel Degollado, predilecto en otros días de la Iglesia de Roma, sobre todo por los aportes económicos de sus laboriosos Legionarios de Cristo, habilísimos financistas y especuladores, mucho más temerarios que los del Opus Dei, y bastante rezagados en estos días al tener que convertirse en adultos sin mano protectora.

Pues bien, antes, en el siglo veinte, durante varios años, el país azteca debió atravesar el horror de las Guerras Cristeras con la consiguiente sangre derramada en nombre del Santo Padre Celestial. Fueron feroces conflictos, con millares de muertos; luego, durante décadas, la ficción de un pueblo considerado entre los más católicos de la tierra, aunque enmarcado en uno de los regímenes políticos más violentos y seculares del mundo; ahora con un heredero de esa misma tradición nacionalista que cierra el círculo para volver al redil. Y, claro, se requería un latino en el Vaticano para olfatear el ansiado retorno del rebaño a su respectivo y tradicional pastoreo, como algunos llaman a los fieles bienaventurados.

Sin embargo, quizá no haya nada que nos sorprenda si de la Santa Madre Iglesia se trata. Dan vueltas y vueltas, pero siempre el consabido y rezado “ritorno al segno” (al decir de Leonardo De Vinci), que en este caso unifica a los “revolucionarios” o revoltosos del continente americano. Y ya no se trata de banderías ideológicas sino de una necesidad de los respectivos gobiernos afines la justiciera “Doctrina Social de la Iglesia”, que emana del Salvador. En algunos casos, como en la Argentina, si hacemos un poco de historia pasa por asumir o justificar el fascismo personalista del general Perón, el marxismo guerrillero de Castro, el tajante indigenismo de Morales o el ahora laicismo concordante de López Obrador; todos, con idéntico horizonte por delante. Todos, definitivamente todos, regresados al segno; es decir, al origen de los brazos acogedores de la Iglesia Vaticana que, por supuesto, los cobija maternal y agradecida, como soldados de la eterna cruzada contra el hoy enemigo liberal, neo-liberal y capitalista que inocula la explotación, la corrupción, la falta de sentido nacional y patriótico, y el pecado que engendra en el alma cristiana del pueblo sometido.

Viejos y enojosos asuntos, claro, que reaparecen y parecen imaginados por Orwel o Chesterton. Tal vez, también se puedan repetir las odiosas, antiguas palabras; ahora en un arduo presente de conflictos, siempre atados al oscuro peso del repudiado pasado con el incierto presente mediante. Un grave error, obviamente, porque no hay hoy sin el apoyo del ayer. Y porque cíclicamente el eterno retorno de Nietzsche sigue vigente y los temas vuelven con los mismos o parecidos problemas mediantes: política y religión, comunidad e individuo, fe y razón, moral y riqueza; más o menos como dice un clásico tango “en el mismo lodo todos manoseaos”.

Ahora bien, que yo sepa, acerca de todos estos temas el papa Francisco y el nuevo presidente de México, López Obrador pertenecen a la misma familia de antiguo linaje cristiano, como también pertenecieron Fidel y el “Che”. En cierta forma reencarnados Cristos modernos que aspiraban a una comunidad moralizadora, paternalista o proteccionista y pedagógica, vigilada, eso sí, por un Estado ético que combata la tentación del dinero y distribuya los panes y los peces erradicando el individualismo egoísta y sembrando a los cuatro vientos la semilla de la solidaridad. ¿Cómo no amar ni coincidir con un orden tan justo y moralizante, muy parecido a una reducción jesuita de nuestros tiempos modernos?

Si hacemos historia, vemos que en la década del cincuenta el doctor Fidel Castro Ruz, otrora alumno de esa comunidad religiosa, en cierto modo intentó construirla en un pueblo sometido por el régimen dictatorial y pendenciero de Fulgencio Batista. El guerrillero Castro instaló otra dictadura, opuesta a la de Batista, con otra ideología, según él liberadora del pueblo, pero dictadura al fin porque siempre cualquier régimen de este tipo, como del otro, que atenta contra la libertad individual, el principio esencial del cristianismo, es tiranía. ¿Cuántas veces ya ha ocurrido que en nombre de valores tan nobles, un sistema político sometiera al individuo cercenándole la libertad a puro garrotazos, o frente a un paredón de fusilamientos? ¿Cuántos asesinatos se practican en nombre del pueblo?

Sucede ahora que los nuevos sacerdotes se volvieran una casta privilegiada de liberadores, donde panes y peces se birlan inescrupulosamente porque nadie tiene incentivos para producirlos ¿Cuántas veces el sueño del Reino de los Cielos se ha revelado como un infierno en la tierra? ¿Cuántas veces la moralidad se ha vuelto hipocresía, la igualdad miseria, la honestidad corrupción, la fe dogma y, por qué no, la democracia dictadura? ¿Habrá razones para resignarse a eso o seguirá siendo el objetivo de esa lucha?

Acaso no harían falta tantos interrogantes retóricos si no fuera por los últimos casos que se dan justo bajo nuestras narices: uno se llama la tan convulsionada como devastada Venezuela; el otro, la impetuosa Nicaragua. Por supuesto que el caso de México y Bolivia son otra cosa; pero, nos preguntamos: ¿habrá un tercero, que la necesidad llevará a esa situación?

Si no fuera que en los casos de Venezuela y Nicaragua, el Papa y Evo Morales y ahora López Obrador se pasaron la antorcha para encontrar las razones de su comunión humanitaria y afectiva todo se podría obviar. Sin embargo, no tiene por qué sorprendernos pues ambos regímenes, con idénticas manos sucias de sangre como fueron ejemplos Pinochet y la dictadura militar argentina, por pasados ideológicos similares, son todas ovejas del mismo rebaño, aunque el pastor condene sin vuelta de hoja a Bolsonaro, Macri y Piñera. En su concepto también los nombrados nacieron para redimir a los pecadores, luchar contra el capital inhumano, incluir a los pobres, servir al bien común, transformar al lobo en hermano; en fin, invocar a Cristo y luchar contra los demonios comunistas y neo-liberales. Nadie, no obstante, por centésima vez en la historia parece poseer el bien absoluto, aunque usan en su nombre la condenable desigualdad emparejadora que con ajustes, inflaciones y demás enojosos asuntos afectan a los más pobres, llámense jubilados, asalariados, inquilinos, contribuyentes varios, etcétera.

Así es como en estos días López Obrador repite el mismo discurso que el Papa Francisco, que está dando, parece, uno de los pasos menos felices de su pontificado, ya que todo cayó en saco roto cuando recibió a Nicolás Maduro en el Vaticano mientras más precaria era su posición. Un recibimiento que, según justificó era para dialogar, reconciliar, o mediar, con el urbi et orbi. ¿Cuáles fueron los resultados? Ninguno, o escasos. Conclusión: la Iglesia es la misma ahora o en las épocas de Dante Alighieri cuando Bonifacio VIII vendía indulgencias en el Primer Jubileo a inicios del siglo XIII y el poeta se horrorizaba como cualquier buen cristiano.

El tiempo ha sucedido en el mientras tanto; la gente pregunta y Francisco responde con algunos eufemismos, obvio: “La Iglesia está trabajando, hay que tener paciencia, no todo se puede hacer a la luz del sol, la diplomacia está construyendo puentes de convivencia y de paz, confiemos en ella y en nuestro señor Jesucristo, y recen por mí”. Sin embargo, Maduro sigue firme en su trono defendido por las bayonetas militares, los venezolanos se están escapando por cualquier resquicio que los lleve al exterior y los que se quedan padecen lo peor, pues no hay alimentos ni medicamentos. Su régimen está sentado en el cadáver de la democracia. Si resumimos vemos que el salvavidas del Papa lo sigue ayudando. De su mediación, claro, no se volvió a hablar. La iglesia venezolana, al igual que la iglesia nicaragüense, predica en el desierto mientras el Papa hace oídos sordos. Nada bueno, claro, frente a tales despropósitos.

El gobierno mexicano también parece hacer lo mismo: empuñada la bandera vaticana, se muestra preocupado por la situación en Nicaragua y Venezuela, que siguen sumando víctimas y le da la espalda a las sanciones contra Maduro y Ortega. Se suman muertos y eso es terrible. Para justificarse invocan la célebre “Doctrina Estrada”. No se puede bajo ningún aspecto cuestionar el régimen político de un país soberano. Ese instrumento fue formulado hacia 1930 y eran otros tiempos, sin duda. En ese momento fue un intento para frenar el intervencionismo, práctica común y natural de los Estados Unidos, cuando ninguna organización internacional tenía la fuerza y el prestigio para ponerle límites. Sirvió para negar al poderoso el arma del no reconocimiento para derribar gobiernos. ¿Tiene sentido hoy? ¿Se seguirá dejando que Maduro condene al oprobio (o a muerte) a sus compatriotas?

Casi un siglo después, el derecho internacional se ha desarrollado de un modo casi indiscutible, el multilateralismo es la norma, las organizaciones internacionales con mayor credibilidad existen y deben actuar. Invocar hoy la soberanía como fetiche es como decir, más o menos “cada uno en su casa hace lo que quiere”; es un poco como cuando al código civil se le negaba el ingreso al hogar y se obviaban a menudo escenas familiares de violencias inauditas. ¿Es eso lo que quieren México y el Vaticano? ¿Mediar entre los que tienen todo el poder y los que no tienen nada como si fueran la misma cosa quiénes matan y quiénes mueren?

No hay demasiados caminos y el sendero de la salvación es uno solo. Lo demás se parece a un cartón pintado que pudieran imaginar Guadalupe Posada, Rufino Tamayo o José Luis Cuevas.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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