El próximo 15 de febrero se cumplirán 200 años del Segundo Congreso Constituyente de la República de Venezuela, en que nació la Gran Colombia y Simón Bolívar pronunció un famosísimo discurso que el periódico Correo del Orinoco difundió durante varias semanas. James Hamilton lo tradujo al inglés para su difusión en los Estados Unidos e Inglaterra. Durante una hora, el prócer expuso su proyecto político para los territorios que iban ganando para la independencia. La guerra aún no había terminado. Los realistas aún dominaban Coro y Maracaibo. Hacía pocos años que las clases populares habían apoyado al asturiano Boves y a sus llaneros contra los criollos. La dimensión de guerra civil que tuvieron las independencias americanas distaba de estar resuelta.
Aquel discurso de Bolívar advirtió del deseo que todo tirano tiene de un poder sin límites: «En el régimen absoluto el Poder autorizado no admite límites. La voluntad del Déspota, es la Ley Suprema ejecutada arbitrariamente por los Subalternos que participan de la opresión organizada en razón de la Autoridad de que gozan». Se disculpará las mayúsculas del texto original, pero su sentido es inconfundible: allí donde el poder es ilimitado, la voluntad del tirano es ley suprema.
Esto es lo que lleva padeciendo décadas el pueblo venezolano.
En efecto, Maduro heredó de Hugo Chávez un aparato institucional y un proyecto político -lo que llamaron el “socialismo del siglo XXI”- que revestía de apariencia democrática un sistema diseñado para ejecutar la sola voluntad del presidente. Lejos de ser un sistema de controles y contrapesos, la Venezuela de Chávez y Maduro suprimió todo límite real al ejercicio del poder. Desde el control del papel y la clausura de medios de comunicación hasta la persecución a los opositores y la creación de milicias, no hubo ámbito de la vida política, económica, social o cultural que no se convirtiera en instrumento al servicio del chavismo. Esto lo heredó Maduro.
Así, las políticas emanadas del Foro de São Paulo se aplicaron sin compasión ni freno en la rica Venezuela, cuyos recursos nutrieron al régimen de los hermanos Castro en Cuba, al Ecuador de Rafael Correa, a la Bolivia de Evo Morales y a sus restantes aliados continentales y en ultramar. Veinte años después, el país se ha convertido en un refugio para la narcoguerrilla colombiana, los terroristas de Hizbolá y la influencia iraní en todo el cono sur. Se trata de deslegitimar a Juan Guaidó señalando los apoyos que la oposición tiene en el exterior, pero quienes entregaron Venezuela a los extranjeros fueron Hugo Chávez y Nicolás Maduro.
Todo esto fue posible gracias a un formidable aparato de propaganda y a un sistema represivo policial organizado por los asesores cubanos que desembarcaron por centenares. Suele recordarse “Aló, presidente” -aquel programa televisivo que tantas risas desataba en Europa- pero uno debe ver hasta hoy “La hojilla”, del siniestro Mario Silva, que señala a los opositores y dicta las consignas que las juventudes chavistas y maduristas repiten. Si pueden aguantar las más de tres horas -a veces cuatro- que suele durar, no se pierdan “Con el mazo dando”, el espacio televisivo de Diosdado Cabello, a quien sólo La Habana pudo arrebatar el control del SEBIN, los servicios de inteligencia del régimen. Presenta el programa con un garrote de plástico sobre la mesa.
Los intentos de blanquear a Maduro en televisión están abocados al fracaso. Maduro resistirá en el poder lo que le permita el Ejército; no lo que decidan sus propagandistas. Las FARC y las milicias creadas en 2007 por Hugo Chávez no podrán sostenerlo en el poder si los militares deciden precipitar su caída. Ya han comenzado a producirse los primeros reconocimientos a Juan Guaidó en las fuerzas armadas. Primero fue el general de la Fuerza Aérea Víctor Romero Meléndez. Hace pocas horas, se ha sumado el también general del Ejército del Aire Francisco Esteban Yáñez. La ayuda humanitaria solicitada por Guaidó para Venezuela está de camino. Puede que Maduro aún tarde en caer, pero resulta evidente que el chavismo-madurismo llega a su fin.
Durante todo este tiempo, Hubo Chávez y Nicolás Maduro trataron de instrumentalizar la figura de Simón Bolívar. Chávez llegó incluso a abrir su tumba en 2010. Los mismos que trataron de perpetuarse en el poder, sometieron a su propio pueblo al hambre, lo reprimieron, lo entregaron a la influencia castrista e hicieron de Venezuela un santuario del narcoterrorismo; esos mismos, digo, trataron de secuestrar la figura de Bolívar que hace ahora 200 años condenó la tiranía en Angostura. Cada vez que pronuncian el adjetivo “bolivariano”, mancillan una vez más su nombre. Cada vez que el SEBIN secuestra, tortura y mata, la memoria de Bolívar se revuelve.
Bolívar lucharía contra todo eso.
Si Bolívar viviera, alzaría un ejército contra los chavistas, los maduristas y sus amigos. Si él volviera, lucharía contra los castristas, los terroristas de Hizbolá y los narcos de las FARC. Si Bolívar cabalgase de nuevo, devolvería la libertad a una Venezuela oprimida por dos décadas de “socialismo del siglo XXI”.