El mítico escalador sigue siend homenajeado, a 15 años de su polémica muerte.
El 14 de febrero de 2004, de madrugada, saltaba la noticia: Marco Pantani, denominado el "Pirata", había fallecido en Rimini, en circunstancias aún poco conocidas. Tenía 34 años y se marchó de la vida de forma tan callada y contundente como eran sus escapadas, esas que le coronaros como uno de los escaladores más icónicos de todos los tiempos. Era el punto y final a un lustro de via crucis en el que el genial ciclista terminó por encerrarse en su mundo -literalmente-, queriendo demostrar al planeta que había sido víctima de una injusticia. Su raza y carácter guerrero le encumbraron y devino en emblema de la cultura popular italiana.
Y es que este corredor constituye una suerte de síntesis de los valores competitivos, tragicos y románticos se tanto seducen a la sociedad transalpina. Ganador y perdedor con mayúsculas. En la estación invernal de Madonna di Campiglio, cima que le vio colosal, comenzaría su bajada a los infiernos, cuando fue expulsado del Giro por un presunto positivo por dopaje. A falta de una etapa. Allí nació su final, haciendo brotar un devenir que concluyó en una habitación de un hotel-residencia ubicado en el paseo marítimo de Rimini. En solitario alzaba los brazos y en solitario dejó de respirar.
La tasa de hematócrito en sangre (52 por ciento) superior a lo permitido por la reglamentación (50 por ciento) le sacó su segundo título en la Corsa, después de haber arrasado en e Giro y Tour de 1998. Esa inhabilitación inmediata, horas antes de ser proclamado en Milan, supuso el pistoletazo a una serie de investigaciones policiales y judiciales que le alejarían del ciclismo y le acercarían a una depresión que era seguida con atención por los medios de comunicación y aficionados italianos.
Decenas de periodistas, cámaras de televisión y fotógrafos cercaron la casa de Pantani, en la localidad de Cesenatico, en espera de la aparición del ciclista en la resaca de aquel positivo inicial. El mito se atrincheró y espero varios días para comparecer. Lo hizo en la RAI, el 9 de junio. "No iré al Tour. Necesito un periodo de reflexión. Mi carrera deportiva es clara y lo que ha acontecido es singular. Soy víctima de una normativa imprecisa. Cuando me he caí en la carretera y me hice daño, quedé herido en lo físico. Ahora estoy herido en el corazón y en la mente. No acepto que se cuestione mi credibilidad. No he tomado nada. Estábamos al tanto de esos controles. Me fastidia que la vida privada de los deportistas acabe en los periódicos con los resultados de los análisis. Los ciclistas son personas vulnerables. Si hubiera acontecido en el fútbol habría sido la `ira de Dios`", proclamó.
Aquellas manifestaciones inauguraron una montonera de seguimientos reatroactivos que desvelaría que en 1995 -en la clásica Milán-Turín-, su hematócrito en sangre era elevado (60,1 por ciento). La rumorología que ligaba su nombre con el dopaje le pasaría mucha factura. Intentaría volver varias veces, pero se desmotivaba con facilidad, se aisló de parte de sus amistades, dejó a su novia y aparecía en las noticias por asuntos como accidentes de circulación con su coche, con retirada del carné, o intentos de "curas psicológicas". Llegaría a ser acusado de "fraude deportivo" en 2001, justo antes de ser castigado con una sanción de ocho meses por la justicia deportiva, en 2002. El 27 de mayo de 2001 se le encontró una jeringuilla con residuos de insulina en la habitación que presuntamente ocupaba en un hotel en una de las etapas del Giro de Italia.
Un repaso a sus declaraciones en 2002 dibujan el zigzagueo en su estabilidad precaria. En marzo de aquel año, Manuela Ronchi, su representante, decía en público que Marco "está bien desde el punto de vista de la musculatura, pero no de la cabeza, que la tiene enturbiada por una serie de problemas y de sufrimientos que no le permiten encontrar esas emociones que precisa comunicar a la gente". La agente comentó que había recomendado a su cliente "dejar su casa e irse a cualquier otra parte. Pero él dice que su casa es su casa y separarlo de sus orígenes y de su familia es la cosa más difícil que existe. Pero creo que es un sacrificio que debe hacer". El ciclista acababa de anunciar su intención de tomarse una "pausa sin fecha de vuelta".
Mese después, a finales de noviembre, el escalador se sentía pletórico. Declaraba no haber dado nunca positivo en un análisis y se capaz de ganar a cualquiera en una ascensión. Esa percepción se demostraría errónea, para su degracia y abrasión mental interna. "Lo que me resulta difícil de aceptar es que, pese a no haber estado nunca implicado en un caso de dopaje, estoy sufriendo un proceso penal. Estoy resultando ser símbolo del dopaje y no existe un solo examen en el que haya dado positivo. Hya colegas míos que han tenido auténticos problemas, han sido pescados y descalificados, pero no han sido nunca llamados en causa. El pasado año he atravesado momentos difíciles, pero algo he aprendido. Sobre todo a entender quiénes era personas serías y quiénes no", le dijo al Corriere della Sera. Esa vehemencia, autoestima y confianza se tornarían en inconsistentes hasta el final de sus días.
En 2003 compartió con su leal hinchada que había ingresado en la clínica Parco del Tigli en Telo, especializada en depresiones y desintoxicaciones. Lo hizo a través de una carta pública que leyó su representante. Pedía respeto a su intimidad. No se daría el caso, pues su su popularidad y la pasión que arrastró le irían en contra en este sentido. Pasó el tiempo y la justicia italiana no le pudo condenar porque el delito no estaba tipificado cuando se habría cometido el dopaje, mas esa alegría no constituyó un espaldarazo catárquico para el escalador. Su cabeza no respondía a los estímulos positivos: estaba empeñado en vengarse en la carretera.
El 13 de enero de 2004 cumplió años y susurró que ya se sentía un ex corredor. No se supo nada más de Pantani desde ese día hasta que murió, en un contexto que todavía sigue siendo cuestión de discusión en Italia. Porque la teería oficial del suicidio -"intoxicación aguda de cocaína, causante de un edema pulmonar y cerebral"- no le cuadra a su madre, que sigue reclamando que se investiga un posible asesinato, al tiempo que su novia confirmaba la adicción a la cocaína de Marco. En el momento de su muerte, se supo, llevaba varios días solo alojado en una habitación ajena a su vida. El shock que se expandió por el 'Bel Paese' ya ha sanado y ha dado lugar al ascenso del gladiador vencido por sus fantasmas a la categoría de mito.
"Es increíble, pero cierto. Los sueños también se cumplen. Doy fe. En una carrera tan larga e intensa hay momentos para todo, de euforia y desánimo. Lo peor para mí fue al principio, en el prólogo y luego en la crono de Trieste. Pensé en negativo a pesar de que restaba la montaña más importante. Hasta mitad de carrera, especialmente Zulle, estuvo muy fuerte y reconozco que llegó a intimidarme tras su exhibición en la subida a Lago Laceno. Afortundamente me equivoqué y en los Dolomitas se hundió estrepitosamente", manifestó el 7 de junio de 1998, cuando alzó su primer Giro. Había tocado el cielo y para muchos allí se ha quedado.
Porque su nombre, junto al de Fausto Coppi, es el único al que el Giro le dedica una montaña en cada edición. Esa vez toca el 28 de mayo próximo. Ese día miles de aficionados abarrotarán el Mortirolo para rendir tributo al "Pirata". Nada queda en la construcción de la leyenda de la profunda depresión que le vio morir, de las decenas de cajas de ansiolíticos y antidepresivos encontradas en la habitación del hotel de Rimini, en las contusiones en la espalda que revelaría su autopsia. Del proceso para esclarecer su fallecimiento, abierto por la justicia en 2017 y cerrado en 017.
La bandera de sus múltiples peñas, que recorren toda la geografía italaina, se digirán al Mortirolo para rememorar sus memorables escaladas, que les ponían en pie delante del televisor; sus triunfos en el Giro y Tour de Francia, cuando arrasó a Pavel Tonkov en Montecampione o a Juan Ullrich en Les Deux Alpes. Él reconquistó la Grande Boucle y al ciclismo mismo para la sociedad transalpina. Y, en un paralelismo con Maradona, sus hazañas se han ensanchado por las historietas que le circundaron. Con sólo 57 kilogramos de peso se hizo historia deportiva y su capacidad de sacrificio, fe en el esfuerzo y magnetismo personal le abrieron las puertas de la eternidad para el corazón italiano.