Podría empezar esta columna de opinión diciendo que el PP desconfía de Ciudadanos porque podría volver a pactar con el PSOE; continuar con que Ciudadanos desconfía del PSOE porque podría volver a pactar con los independentistas y “bilduetarras”; seguir con que el PSOE desconfía del PP y Ciudadanos porque podrían volver a pactar con Vox; y terminar con que los de Santiago Abascal desconfían de todos porque acaban de llegar y no se fían de nadie. Los separatistas catalanes no me importan de quien no se fíen porque yo no me fío de ellos.
Pero no voy a empezar hablando de quien desconfío porque mi primera referencia ha sido sobre alguien de quien me fío y en unos tiempos en los que los sacerdotes solo son noticia por “cosas malas”, parece justo reconocer, aprovechando que nos ha sobresaltado la noticia del asesinato de un misionero español en Burkina Faso, el trabajo de miles de personas capaces de jugarse la vida por ayudar al prójimo.
¿Usted lo haría?
Yo tampoco. Pero Antonio César Fernández Fernández, misionero salesiano, lo hizo. Y lo hizo durante muchos años (desde 1982, ¡nada menos!) en varios países de África. Un ataque terrorista entre Togo y Burkina Faso, tres disparos, varios muertos y entre ellos este sacerdote de 72 años.
Antonio César eligió levantarse a las 4:30 todos los días para llevar una vida religiosa y de servicio a los jóvenes de un país necesitado de ayuda. Los formaba, les buscaba trabajo y luego les visitaba donde estuvieran colocados. No eligió que le mataran, pero sabía perfectamente que eso podía pasar en un continente en permanente conflicto.
No quiero que parezca que con esta tribuna uno pretende minimizar los escandalosos casos de abusos sexuales a menores, ni mucho menos. Qué pague el que lo haya hecho, pero de la misma forma que se condena a los que ponen a la Iglesia en el punto de mira por estas actuaciones delictivas, es justo que se valore el trabajo de los más de 11.000 misioneros españoles que, por todo el mundo, dan ejemplo y dan fe de una forma de vida, vocacional (no puede ser de otra manera), dedicada a trabajar por los que más lo necesitan.
Recuerdo una entrevista radiofónica hace años a una monja en un país africano en Guerra Civil y étnica en el que estaban unos rebeldes cortando el cuello a machetazos a todo el que se ponía por delante. Ponía los pelos de punta imaginarse estar a 5 kilómetros de ese avance imparable de la barbarie. La embajada española o el consulado en ese país había puesto a disposición de esta monja y sus compañeras de congregación un helicóptero para escapar, para ponerse a salvo, para que no las mataran. La contestación, casi ofendida, rompía el alma: “¡Pero cómo vamos a dejar aquí solos y desamparados a todos nuestros chicos!”. Por supuesto, no los abandonaron.
No quiero tampoco presentar una ristra de frases hechas para hablar bien de los misioneros que han puesto a España a la cabeza en este ránking mundial, pero si concluiré con que están hechos de una pasta especial, que no vale cualquiera para ese trabajo y que tienen toda mi admiración. Mi reconocimiento a Antonio César y a los que siguen jugándose la vida todos los días por unos principios. De ellos sí me fío.