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TRIBUNA

Pasado y presente

miércoles 20 de febrero de 2019, 20:10h

Es posible encontrar analogías entre nuestro presente y los años treinta del pasado siglo, porque siempre es posible encontrar analogías más o menos remotas. No olvidemos, sin embargo, que los análogos son simplemente diferentes y sólo en algún respecto (secundum quid) semejantes. Las diferencias son muchas y profundas, aunque se encuentren semejanzas derivadas de una misma, aunque genérica, situación de riesgo. El incremento constante de la tensión interna, combinado con la presión externa, da lugar a procesos sociales similares que pueden cifrarse sumariamente en una creciente polarización: CEDA y Frente Popular pueden sugerir la alianza de derechas que se anuncia en oposición a un frente de izquierdas – cerrado con ocasión de la moción de censura y cuya continuación se anuncia tras las elecciones –. Pero también la relativa distancia entre el socialismo, más o menos “transformador”, y el secesionismo, que ha conducido a la convocatoria electoral, puede evocar con facilidad episodios de aquella república casi siempre fantaseada. El viejo tema del retorno se canta también en otros países de Europa donde se recurre a categorías que se dirían del pasado y se anuncia un peligroso ascenso del fascismo, al que responden fuerzas revolucionarias.

Estas semejanzas aparentes podrían manar de una fuente profunda si es cierto que seguimos envueltos por categorías que dejaron de ser válidas hace casi dos siglos. Francisco Ayala describió en los años treinta el desajuste “entre las instituciones del Estado liberal y la sociedad de masas en que estábamos entrando, para afirmar que los principios fundamentales en que dicha forma de Estado se basa requerían, si habían de seguir funcionando en la práctica, una reforma del sistema diseñado a finales del siglo XVIII, sistema que se había hecho inadecuado al nuevo cuadro social” Ese desajuste conduciría – tras la civil española – a la gran guerra del
39 al 45. La salida de esa convulsión no daría lugar – según Ayala – a la renovación de las categorías políticas, ni de las instituciones que fundaban. “Quiere decirse que continuamos atados a los pilares teóricos sobre los que, hace dos centurias, se basó la revolución político- social cumplida, consumada con creces y cerrada ya definitivamente para 1945”. El enorme despegue tecno-económico de postguerra, con la mudanza elemental que ha producido en el orden antropológico de la vida humana, se habría pretendido albergar en un molde teórico o doctrinal inalterado. Así pues, el nuevo orden sería sólo una restauración de la vieja arquitectura política, anclada en sus viejos principios. Tras la bomba atómica los políticos de la hora lanzaron esa “fútil bomba “idealista”: la Declaración Universal de Derechos del Hombre de 1948, colosal globo de viento, donde se inflan alegremente los postulados que tan eficaces fueron en un contexto histórico-social pretérito, pero que resultan inaplicables en las condiciones de nuestros días”. Unos postulados que sólo pueden resultar desmoralizantes porque dándose por preceptivos, se conocen de imposible aplicación.

Así mismo se prolongó tras la guerra la vigencia del principio de las nacionalidades, acaso incongruente con el desmedido desarrollo tecnoeconómico, como revela la presencia indudable de las llamadas “superpotencias”. En todo caso, España, bajo jefatura de Franco, trataría de atenerse a esos principios y postulados que estaban resultando no sólo caducos, sino que habían sido trágicamente aporéticos.

Frente a estos principios y recién terminada la guerra tuvo sentido plantearse la posibilidad de acudir al orden alternativo que representaba la España histórica, en retirada al menos desde 1648. Así se manifestaba Ayala en 1940: “pero si un día, en alguna de esas empresas insensatas que se repiten con intervalos de siglos, la desesperación forzara las puertas del éxito, quizás el sortilegio quijotesco quedara roto y la triste figura volviera a transformarse, rejuvenecida, en la campeadora de antiguas gestas”. Estas palabras serían corregidas tras dos décadas: “lo que en 1940 pudo leerse como una muestra de optimismo quizás excesivo, pero no por completo absurdo, sonaría hoy a sarcasmo. No había medio de sostener ya, ni siquiera bajo su forma conjetural y cautelosa, la esperanza de un futuro nacional expresada en tales palabras”.

En ese lapso España iniciaría su ajuste final a las categorías políticas de la modernidad triunfante, hasta su asimilación en la Nueva Europa. “El resultado fue que España se incorporaba a la modernidad de Occidente cuando ésta se hallaba en plena descomposición y en pleno descrédito, en plena crisis” (Aquilino Duque). Pero no se olvide que esa Europa en descomposición gozaba unos elevadísimos índices de consumo y bienestar. Era una luminosa descomposición, de turismo de masas y centro comercial. Pues bien, lo que en los años sesenta ya no tenía sentido esperar de España, no parece que haya de esperarse hoy. De Europa hace más de dos siglos que no cabe esperar sino lo que ha ofrecido de manera contumaz y reiterada. Ayala concluía las páginas que venimos citando de un modo desolador: “De hecho, estamos ya al borde del abismo”. Aunque ese abismo sólo remotamente se asemeje al que se abrió en los años treinta.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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