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ORIENT EXPRESS

Los nazis y el futuro

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 24 de febrero de 2019, 19:49h

Apenas unos meses después del fin de la Gran Guerra y unos catorce meses después de la Revolución de Octubre, Anton Drexler – 35 años, mecánico, ocultista, nacionalista, excluido del ejército por motivos físicos- fundó en el hotel Fürstenfelder Hof de Munich el Partido Obrero Alemán. Era el 5 de enero de 1919 y tenía en torno a unos 40 miembros. Un año más tarde, un oscuro veterano austriaco que había pasado de espiarlos a interesarse realmente por ellos se había afiliado a la formación. Se trataba de Adolf Hitler. El 24 de febrero de 1920, tal día como hoy hace 99 años, durante un mitin en la cervecería Hofbräuhaus de Múnich, el partido cambió su nombre a Partido Nacional Socialista Obrero Alemán y proclamó su programa de 25 puntos. Entre ellos, estaba la creación de una gran Alemania sobre la base del llamado “derecho de autodeterminación de los pueblos”, la reclamación de más tierras para los alemanes, la reivindicación del derecho de sangre como base de la ciudadanía, la oposición a la inmigración de “no ciudadanos” y la nacionalización de la gran industria. Muchas de estas medidas eran revolucionarias, otras parecían simplemente irrealizables. Todas eran rabiosamente modernas.

Durante las dos décadas siguientes, pareció que los nazis encarnaban el futuro y eran la única alternativa a los bolcheviques. Las democracias burguesas liberales serían incapaces de resistir el ascenso de las milicias de camisas pardas que marchaban “bandera en alto y en formación cerrada” como decía Horst Wessel, el himno del partido. El diseño de sus uniformes, su estilo militarista, las políticas eugenésicas, eutanásicas y racistas, su furibundo antisemitismo; todo esto, digo, parecía ser el horizonte de Europa. La tecnología más avanzada era alemana. Las autopistas, como recuerda Rosa Sala Rose, simbolizaban “las bondades y modernidad del Tercer Reich”. Frente a las antiguas religiones bíblicas, los nazis exaltaban la mitología germánica en actos como la gran exposición sobre Tule - la mítica tierra septentrional de la que habló Plinio el Viejo- celebrada con gran éxito de público de crítica en Berlín y Bremen en 1933. La espiritualidad de los señores ye l culto a la raza y la sangre terminarían reemplazando al judaísmo y al cristianismo y el partido desempeñaría el papel de las iglesias.

Hace 99 años, pocos podían imaginar que fuera posible resistirse a la exaltación de la muerte que palpitaba tras el aparente vitalismo de aquellos jóvenes fascinados con el regreso a la naturaleza, el vegetarianismo y el nudismo. Las revistas invitaban al cuidado del cuerpo y la salud, a la atención de la higiene y la práctica de ejercicios gimnásticos. El culto al físico acompañó al de la raza. Las jóvenes arias debían traer soldados y trabajadores sanos. Las personas con discapacidad debían ser esterilizadas. Los parásitos sociales debían ser “reeducados” o eliminados. Los campos de concentración proliferarían a partir de la toma del poder por parte de Adolf Hitler y sus seguidores. La violencia ejercida sobre los opositores disuadió a muchos de enfrentarse a los nazis mientras fue posible. Los comunistas, los socialistas y los liberales fueron perseguidos, encarcelados, conducidos al exilio y, en muchos casos, muertos. Apenas quedó una oposición de los cristianos católicos y protestantes -ahí están figuras señeras como el cardenal Clemens August Graf von Galen y su denuncia del programa de eutanasia, por ejemplo- y la heroica resistencia cívica de los judíos de Alemania, abandonados por casi todos y expulsados de la vida pública ante el silencio cómplice, la pasividad y la indiferencia incluso de aquellos de sus vecinos que afirmaban no ser nazis. Arrollados por lo que pretendía ser el futuro, en sus orquestas, en sus editoriales y sus asociaciones se refugió la alta cultura alemana. Ya lo dijo Joseph Roth en palabras inolvidables: “Nosotros, los escritores alemanes de origen judío, en estos días en los que el humo de nuestros libros quemados sube hasta el cielo, hemos de reconocer sobre todo que hemos sido vencidos. Nosotros, que hemos constituido la primera oleada de soldados, que hemos luchado bajo el estandarte del espíritu europeo, hemos de cumplir con el más noble deber de los guerreros vencidos con honor: reconozcamos nuestros fracasos”.

Así se sumía Europa en el más hondo abismo de su historia.

Afortunadamente -alguien creyente pensaría más bien en la Providencia- no todos se entregaron ni se dieron por vencidos. No a todos pudieron encarcelarlos. No todos perdieron la fe en Dios ni en el hombre. No todos accedieron a aceptar un futuro que parecía inevitable. Thomas Mann dio voz a una dignidad inquebrantable desde las páginas de Mass und Wert (Medida y valor). Desde París, desde Londres, desde el otro lado del Atlántico, las alertas sobre lo que el nazismo representaba fueron desoídas, pero existieron. No todos cayeron en el delito homicida de aquel partido que hace ahora 99 años pretendió inaugurar el futuro.

En estos días en que muchas cosas se presentan como un porvenir inevitable, debemos mantener la claridad moral y la memoria de lo que Europa ya ha vivido. La fascinación por la tecnología, el aparente dominio del ser humano sobre la vida y la muerte y tantos otros rasgos característicos de nuestro tiempo no deben obnubilar nuestra capacidad de juicio. La herencia del humanismo occidental se salvó gracias a unos pocos que mantuvieron la cordura en un tiempo de atrocidades.

No traicionemos su legado.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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