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TRIBUNA

De Ciudad Darío y Darienses a mucha honra, señor

domingo 03 de marzo de 2019, 19:26h

Los que sentimos devoción por El Príncipe de las Letras Castellanas nos enorgullece y reconforta saber que la antigua ciudad de San Pedro de Metapa, hoy se llame Ciudad Darío, en homenaje al insigne poeta Félix Rubén García Sarmiento, conocido en el mundo de la literatura como Rubén Darío. Nada más justo. También nos parece una maravilla que a los habitantes de esa ciudad rural se los reconozca como “Darienses” o “Citadarienses”; nada más ni nada menos porque allí nació, el 18 de enero de 1867, el máximo representante del Modernismo Literario, ya que Darío es, sin ninguna duda, el poeta que ha tenido mayor y más duradera influencia en el ámbito hispánico de toda la literatura.

Félix Rubén fue el primer hijo de Manuel García y Rosa Sarmiento, quienes se habían casado en León hacia el año 1865, tras conseguir las dispensas eclesiásticas necesarias, pues se trataba de primos segundos y la severidad de la Iglesia no admitía esas relaciones. La conducta díscola e incontrolable de Manuel, aficionado al alcohol y a las mujeres,​ hizo que Rosa, ya embarazada, tomara la decisión de abandonar el hogar conyugal y se refugiase en la ciudad de Metapa, donde dio a luz a su hijo, que bautizó como Félix Rubén.​ Luego el matrimonio se reconcilió y Rosa llegó a dar a luz otra hija de Manuel, que murió a los pocos días. A escaso tiempo, la relación se deterioró otra vez y Rosa abandonó a su marido para instalarse con su hijo en casa de su tía Bernarda Sarmiento, que vivía con su esposo, el ilustre coronel Félix Ramírez Madregil, en la misma ciudad de León. Se dice que Rosa Sarmiento conoció después a otro hombre y estableció con él su residencia en San Marcos de Colón, en el departamento de Choluteca, en Honduras.​

Aunque según su fe de bautismo el primer apellido de Rubén era García, la familia paterna era conocida desde generaciones por el apellido Darío. Rubén lo explicó así en su autobiografía: “Según lo que algunos ancianos de aquella ciudad de mi infancia me han referido, uno de mis tatarabuelos tenía por nombre Darío. En la pequeña población conocíale todo el mundo por don Darío; a sus hijos e hijas, por los Daríos, o las Daríos. Fue así desapareciendo el primer apellido, a punto de que mi bisabuela paterna firmaba ya Rita Darío; y ello, convertido en patronímico, llegó a adquirir valor legal; pues mi padre, que era comerciante, realizó todos sus negocios ya con el nombre de Manuel Darío.”

La niñez de Rubén transcurrió en León, criado por sus tíos abuelos Félix y Bernarda, a quienes consideró en su infancia sus verdaderos padres (durante sus primeros años firmaba sus trabajos escolares como Félix Rubén Ramírez). Sobre sus primeros años hay pocas noticias, aunque se sabe que a la muerte del coronel Félix Ramírez, en 1871, la familia pasó apuros económicos, e incluso se pensó en colocar al joven Rubén como aprendiz de sastre o dependiente de un comercio. Según su biógrafo Edelberto Torres, asistió a varias escuelas de León antes de pasar, entre 1879 y 1880, a educarse con los jesuitas. De quienes no conservó gratos recuerdos, como dejaría testimonio en su composición de 1881, titulada “El jesuita”:

¿Qué es el jesuita? -Bolívar

preguntó una vez a Olmedo.

Es el crimen, el enredo;

es el que da al pueblo acíbar

envuelto en sabroso almíbar…

Bien: ahora hablaré yo.

Juzga después, lector, tú:

el jesuita es Belcebú

que del Averno salió…

Lector precoz, en su Autobiografía señala Rubén Darío: “Fui algo niño prodigio. A los tres años sabía leer; según se me ha contado”. ​ Entre los primeros libros que menciona haber leído están el Quijote, las obras de Moratín, Las mil noches y una noche, la Biblia, los Oficios de Cicerón, y la Corina (o Corinne) de Madame de Staël.​ No demoró en escribir sus primeros versos; se conserva el manuscrito de un soneto fechado en 1879, y poco después publicó por primera vez en un periódico antes de cumplir los 13 años: se trata de la elegía “Una lágrima”, que apareció en el diario El Termómetro, de la ciudad de Rivas, el 26 de julio de 1880. Colaboró también en la revista literaria El Ensayo, de la ciudad de León, y alcanzó fama como “poeta niño”. En estos primeros versos sus influencias predominantes eran los bardos españoles de la época: Zorrilla, Campoamor, Núñez de Arce y Ventura de la Vega. Más adelante, se interesó mucho por la obra de Victor Hugo, que tendría una influencia determinante sobre todo en su labor poética. Sus textos de esta época muestran también la impronta del pensamiento liberal, hostil al excesivo predomino de la Iglesia Católica.

En cuanto a su actitud política, su influencia más destacada fue el ecuatoriano Juan Montalvo, a quien imitó con cierta persistencia y de manera deliberada en sus primeros artículos periodísticos.​ En esta época (ya contaba con 14 años) proyectó publicar un primer libro, Poesías y artículos en prosa, que no vería la luz hasta el cincuentenario de su muerte. Darío poseía un notable poder de seducción y una superdotada memoria; gozaba, además, de una creatividad y retentiva asombrosa, lo que hacía que fuera invitado con frecuencia a recitar poemas en reuniones sociales y actos públicos.

En diciembre de 1882, a instancias de algunos políticos liberales que habían concebido la idea de que, dadas sus dotes poéticas, debería educarse en Europa a costa del erario público, se trasladó a Managua, capital del país. Pero el tono anticlerical de sus versos no convenció al Congreso y se resolvió que estudiaría en la ciudad nicaragüense de Granada. El rebelde Rubén prefirió, sin embargo, quedarse en Managua, donde continuó su actividad periodística, colaborando con los diarios El Ferrocarril y El Porvenir de Nicaragua. Poco después, estimulado por sus amigos, en agosto de 1882, se embarcó hacia El Salvador en el puerto de Corinto En 1886, viajó a Chile, donde publicó Azul en 1888 (de la que yo conservaba una primera edición que me obsequiara Pablo Neruda, y me fuera arrebata luego por la dictadura de Pinochet cuando allanaron mi casa en 1973 y desbarataron mi biblioteca). Ese fue el primer gran libro de Rubén Darío, elogiado por la crítica y, sobre todo, por el consagrado escritor español, Juan Valera; también por el uruguayo José Enrique Rodó.

Viajó después por otros países de América y Europa, representando a su país en misiones diplomáticas. Y llegó a Buenos Aires en 1893 con un cargo encomendado no por Nicaragua, sino por el Gobierno de Colombia. El poeta ya era conocido en nuestro medio por su libro Azul y por sus colaboraciones en el diario La Nación. Apenas pisado suelo argentino se lo recibió como un maestro y se lo agasajó en el culto ambiente intelectual porteño; se consideraba a Darío como el principal impulsor y teórico del Modernismo y como uno de los primeros poetas exquisitos de nuestro idioma cuya influencia se había esparcido por América y España. El movimiento que él representaba era de reacción contra el romanticismo, ya bastante trasnochado y rígido. Su “Responso a Verlaine” es una de las piezas más bellas y musicales de nuestra lengua y bien vale la pena deslizar unos versos:

Padre y maestro mágico, liróforo celeste

que al instrumento olímpico y a la siringa agreste

diste tu acento encantador;

¡Panida! Pan tú mismo, con coros condujiste

hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,

¡al son del sistro y del tambor!

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,

que se humedezca el áspero hocico de la fiera

de amor si pasa por allí;

que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;

que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne

y de claveles de rubí.

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,

ahuyenten la negrura del pájaro protervo

el dulce canto de cristal…

Es válido afirmar que la revolución modernista se inició apenas llegado Darío a la Argentina. En Buenos Aires, la gran ciudad europea de aquellos años, encontraría el ambiente propicio para desarrollar sus ideas estéticas. “Por vez primera -escribió Amado Alonso- América asume la dirección poética en la lengua española”. La llegada de Darío a la Capital del Plata, no solo despertó interés en los medios intelectuales, sino además entre la alta clase social y en los cenáculos literarios de cafés y tertulias a las que asistían periodistas y artistas. Podemos decir que la bohemia porteña adhirió al Modernismo y provocó una especie de nivelación social y cultural, al agrupar a los poderosos patricios con hombres que bregaban por nuevas formas no solo poéticas sino también políticas. El diario La Nación, con el general Bartolomé Mitre a la cabeza, lo destacó como figura periodística y poética publicando con frecuencia sus poemas y artículos.

Agreguemos que el Modernismo surgió de situaciones estéticas comunes a un período de rebeldía social y política y esto explica la mentalidad disconforme de algunos destacados representantes de esta escuela literaria en nuestro idioma. Entre el grupo de poetas que se sumaron se pueden citar a Leopoldo Lugones y Ricardo Jaimes Freyre, a José Santos Chocano y José Martí, a Salvador Díaz Mirón y Manuel Gutiérrez Nájera, a Julián del Casal y José Asunción Silva.

En Buenos Aires, Darío empezó bien. Llegó acompañado de un belga que hacía las veces de secretario y mucamo; pero, al poco tiempo, le llegaron malas noticias de su tierra y, desde Colombia: la muerte de su madre, Rosa Sarmiento y de su primera esposa y, no mucho después, otra en la que le comunicaban que el gobierno colombiano suprimía su representación en Buenos Aires, por lo cual el poeta se quedó sin una importante fuente de ingresos y a merced de circunstancias económicas poco propicias. Para remediarlo, a través de Lugones y otros amigos obtuvo un empleo como secretario del director general de Correos y Telégrafos. En esos años publicó dos libros esenciales en su obra: Los raros, una colección de artículos sobre los escritores que, por una razón u otra, más le interesaban; y, sobre todo, Prosas profanas y otros poemas, volumen que supuso la consagración definitiva del modernismo literario en español.

Tras su paso por París, su poesía se volvió más universal, ya que los poetas parnasianos y simbolistas le brindaron apoyo a su creatividad. A partir de allí abundaron en sus obras imágenes exóticas, metáforas, símbolos y figuras retóricas. Justicieramente fue proclamado por sus colegas como “el padre del Modernismo”. Su poesía, abundante en elementos decorativos y en resonancias musicales, muestra los gustos y sentimientos de su época. El arte es convertido por su pluma en un triunfador sobre el amor y también sobre la naturaleza, restableciendo un orden y una armonía cuando lo natural se presenta caótico. Darío fue también un poeta cívico, que exaltó héroes y hechos nacionales, tomando una posición crítica, con respecto a la realidad socio-política.

La Argentina fue parte de esta inspiración tan social como poética. En homenaje al centenario escribió su “Canto a la Argentina”, cuyo original manuscrito se encuentra en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Su obra, también expresó en muchos casos ideas de compromiso y toma de posición, como en “A Colón”, donde cuestiona el descubrimiento expresando su horror, o en “A Roosevelt”, composición que con criterio polémico evalúa a latinos y anglosajones.

En 1907 con todos los honores fue nombrado representante diplomático de Nicaragua en Madrid, pero en 1913 fue aquejado por una crisis religiosa y mística, que lo recluyó en Palma de Mallorca. Regresó a Nicaragua en 1915, a causa del estallido de la Primera Guerra Mundial, pero el alcohol y la enfermedad habían erosionado su cuerpo y falleció en León, el 6 de febrero de 1916.

En la catedral-basílica de la Asunción, donde transcurrió su infancia el poeta, están sepultados sus restos. Con emoción hacia fines de la década del ’80 para presentar un número de la revista Proa que le dedicamos viajé a Ciudad Darío. No dejé como corresponde y era mi obligación, de depositar un ramo de rosas blancas en su tumba. A un lado reposa también doña Bernarda Sarmiento Mayorga, la madre adoptiva de nuestro panida. En una de sus noches de agonía en el hospital donde estaba internado, Darío escribió en un cuaderno sobre esta dulce mujer: “Acabo de ver a una hermosa persona apuesta y noble. ¡Qué semblante, qué dulzura del alma! Vino a visitarme… Entró con precaución para que yo no despertara. Es tía Bernarda. La que he reconocido por madre, gentil y buena. ¡Qué suavidad inefable viene de ella!... -y agrega en francés-: ¡Bien tres bien Ma chére”!

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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