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ORIENT EXPRESS

Para leer el Corán

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 10 de marzo de 2019, 20:00h

La evidente importancia del islam en el mundo y, en particular, en Europa, ha acrecentado el interés por el Corán, el libro sagrado que reúne los oráculos proclamados por el profeta Muhammad entre el año 610 y el 632 de nuestra era. El islam profesa que se trata de la misma palabra de Alá -término que designa a Dios sin distinción de género- predicada por Muhammad, su mensajero. Dejemos ahora de lado la cuestión teológica de si quien lee una traducción lee, en verdad, el Corán o sólo el sentido de sus palabras. Refirámonos a quien quiere conocer su contenido.

Así, la lectura del texto coránico es una empresa a la que muchos se lanzan con desiguales resultados. Sus 114 azoras -a las que se suele denominar “suras”- plantean al lector desprevenido desafíos de los que puede no salir indemne. Es fácil no comprender nada o, peor aún, comprender el sentido de forma imprecisa o equivocada. Se trata de una obra para ser cantada o recitada más que leída en silencio. Recurre a menudo a las figuras poéticas de la literatura árabe. Incorpora tradiciones del judaísmo y el cristianismo. Está compuesta en una lengua deslumbrante -tanto que su belleza es una de las pruebas que, a veces, se aducen para probar su origen divino-, pero cuya escritura estaba poco desarrollada en el tiempo preislámico. Como anota Montserrat Abumalhan, hubo que crear un “soporte escriturario” que condujo a “un perfeccionamiento del rudimentario alfabeto utilizado hasta entonces”. El Corán alumbró un tiempo nuevo en la lengua árabe. De ahí la importancia de escoger una buena edición comentada, con aparato crítico si es posible, y una traducción fiable aun a sabiendas de que se perderá la sonoridad de las aliteraciones del original.

Esa edición del texto se vuelve fundamental para contextualizar los pasajes. En efecto, el orden de las azoras y su origen nos obliga a distinguir entre los periodos en que fueron reveladas. Es famosa la distinción entre las azoras de los “días de La Meca”, las primeras, y las de los “días de Medina”, las posteriores. Aquéllas reivindican la justifica para los pobres, los huérfanos, los que sufren por deudas contraídas con usureros. Las últimas, en cambio, diseñan el Estado islámico desde la ciudad a la que Muhammad huye en la Hégira. Las buenas ediciones suelen indicar el orden tal como enseñan los estudiosos de la cultura islámica clásica y señalan, además, qué aleyas se predicaron antes y cuáles después. La razón es que, en caso de contradicción, la posterior abroga a las anteriores. Sin embargo, los estudios coránicos advierten de la combinación de algunos textos más antiguos en otros posteriores de modo que es un error suponer, sin más, que sólo lo posterior es valioso. Durante casi quince siglos, los estudiosos han tratado de interpretar el sentido de los textos más allá de su tenor literal y de la selección aislada de una sola o unas pocas aleyas. Las azoras más antiguas, las de la Meca, se suelen tomar como las más impregnadas de un espíritu de tolerancia y paz, mientras que las posteriores, las del tiempo de Medina, contienen textos durísimos contra los judíos, los cristianos y los enemigos del islam.

Ahora bien, una religión no es sólo un texto. En “Not in God´s name”, el rabino Jonathan Sacks advertía con acierto que “las religiones, especialmente las religiones del libro, tienen textos duros: versículos, órdenes, mandamientos, episodios, narraciones, que -si se entienden literalmente y se aplican directamente- no solo ofenderían nuestro sentido moral. Irían también contra nuestro mejor entendimiento de la misma religión. Hay muchos ejemplos en la Biblia hebrea. Está la guerra de venganza contra los madianitas. Está la guerra ordenada contra las siete naciones de la tierra de Canaán. Está el libro de Josué con sus guerras de conquista y la sangrienta venganza contra los amalecitas en el libro de Samuel. Esto se nos parece bárbaro e incoherente con una ética de la compasión o incluso con una guerra justa del tipo que apareció tanto en la tradición judía como en la cristiana”.

Esto mismo sucede con el Corán. Leerlo despojado de su contexto, sus interpretaciones autorizadas, sus discusiones y sus debates, sus matices y las tradiciones que lo han estudiado, puede llevar a conclusiones erróneas no sólo sobre su sentido, sino sobre la propia vida islámica que el Corán inspira. Esto no debe, por supuesto, disuadirnos de la lectura, pero sí llevarnos a algo más que una aproximación literal e incompleta a un texto que ha alumbrado una civilización milenaria. Joaquín Lomba señaló en un libro precioso -estoy hablando de “El mundo tan bello como es. Pensamiento y arte musulmán”- que “el mundo (ya no sólo la Escritura y la Revelación) están llenos de signos, «aleyas», que nos revelan la grandeza de Dios y nos llevan a Él. Razón por la cual el creyente está obligado a buscarlas, ser sensible ante ellas y profundizar en su contenido para que nos lleven a Él”. El islam no se agota en el Corán.

El lector que quiera comprender la civilización islámica deberá, sin duda, escrutar las páginas de este libro sobre el que escribieron juristas y reyes, poetas y místicos, guerreros y científicos, pero también buscar en los libros de historia, teología y derecho el sentido de sus textos y la recta interpretación de sus palabras.

Que la lectura les sea propicia y el Clemente, el Misericordioso guíe sus pasos.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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