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TRIBUNA

El pasado por delante

miércoles 20 de marzo de 2019, 20:03h

“El diablo sabe por diablo, / Pero más sabe por viejo” o los ubicuos octosílabos: “Hacéte amigo del juez / No le des de qué quejarse; / Y cuando quiera enojarse / Vos te debes encoger, / Pues siempre es güeno tener / Palenque ande ir a rascarse…, son, quizá, los apotegmas mejor aplicables al complejo momento político que vive la Argentina. Ambos pertenecen al viejo Vizcacha (paradigma del gaucho pícaro y ladino, tutor de uno de los hijos de Martín Fierro), y representan una constante de valores para afrontar las alternativas de la dinámica social; también para justificar la propia existencia de ciertos actores, muy acordes a lo que ofrece este arduo entramado.

Pero llegar a viejo probablemente no es sabérselas todas, es sólo saber un poco y, como todos, apenas algo del vasto e inabarcable conocimiento universal. Sin embargo, hacerse amigo del juez, o de un juez puede formar parte de la astucia garantista de estos enrevesados días que corren. Menos rotundo que humilde, el filósofo Emerson afirmaba que “toda persona que conocemos es siempre superior a nosotros en algún sentido, y en ese sentido debemos aprender de ella”.

De manera que los viejos sabelotodo son un invento, o son, como Vizcacha, tramposos que macanean con argumentos socarrones y vulnerables. Sin tener en cuenta, por otro lado, que el precio que se paga por llegar a viejo suele ser alto: falla de la memoria y otros sentidos y, en muchos casos, la senilidad prematura que puede causar estragos en la mente más preclara. Por otro lado, bien vale la pena recordar que el que fue zonzo de joven probablemente en la senectud se le agraven los males y sea más zonzo. Y ser amigo de un juez, tampoco ofrece demasiadas garantías…

¿Para qué este exordio?, se preguntará con absoluta razón mi desprevenido lector. Sucede que hace pocas horas leí, con la consabida alarma, un artículo sobre el descomunal costo del negocio de la política Argentina y por qué en España resulta cuatro veces más eficiente y menos caro. Vayamos a los números. Nuestra Cámara de Diputados tiene un presupuesto anual de 208 millones de euros y 257 diputados que la integran, con un costo promedio por cada uno de 67.400 euros mensuales. No es ese su sueldo, es obvio, pero sí el costo de sus asesores, teléfonos, secretarias, movilidad, etc. La Cámara de Diputados de España tiene 350 diputados y sale más barata. Su presupuesto es de 91 millones de euros y el costo promedio por diputado es de 21.700 euros mensuales. ¡Vaya diferencia! Nuevamente aclaro que ese no es el sueldo del diputado español, sino todos sus costos operativos incluyendo su paga. Es decir, que el costo por diputado argentino es 3 veces mayor que el de un diputado español. Asombrosa incongruencia, que demuestra que se necesita un recambio sustancial para superar este desequilibrio; sobre todo en un país que atraviesa por una emergencia económica con incesantes vaivenes devaluatorios, que causan desesperación en la gente; sobre todo en los que deben “parar la olla” y solo encuentran versos de politiqueros y burócratas para llenarla. Me refiero, con alusión directa, por supuesto, a los descarados dirigentes (de un bando o del otro) que sólo piensan en elecciones y en sumar votos con propuestas devaluadas, por no decir obsoletas, desesperanzadas y hasta obscenas, ya que carecen de toda realidad. En cuanto a la justicia y sus magistrados, que terminen con sus privilegios y empiecen por pagar los impuestos correspondientes como cualquier ciudadano de a pie.

Con estos enojosos asuntos de por medio, entre tantísimos otros a los que se suman la burocracia estatal, el gremialismo, el empresariado, los movimientos sociales, etcétera, cada vez se vislumbra menos una salida posible a la tremenda crisis no sólo económica y política, sino también ética y moral que azota con repetidos antecedentes a la vapuleada Argentina. Si para muestra bastara un botón, en este caso no escasean y hasta sobran.

Hace días nomás sucedió un insólito acto de campaña electoral, que no se desarrolló en una plaza ni en un estadio de fútbol, sino en el Congreso Nacional. Fue durante la lectura del discurso de apertura del período ordinario de sesiones por parte del presidente Mauricio Macri; dilatado momento durante el cual la Asamblea Legislativa se pareció más a un estadio de fútbol con sus violentas barras bravas y no a los honorables parlamentarios que, suponemos, nos representan. Melancólico espectáculo institucional de un país que hace agua y causa pena por donde se lo mire. Lamento de corazón escribir lo que se vivió y vio en ese recinto. Algo que poco o nada tiene que ver con la democracia y sus respetables instituciones.

Pero, claro, lo de mayor gravedad es el enojoso asunto económico, que afecta el bolsillo. La moneda norteamericana sigue siendo el termómetro más eficaz de la sociedad para medir la salud de una situación general que hace agua por los cuatro costados; todo, o casi todo, como consecuencia de una economía bimonetaria que desde hace añares padece la Argentina. El dólar es la moneda de ahorro y el peso solo sirve para las transacciones y las compras cotidianas. La sociedad sabe, además, que una devaluación termina irremediablemente en una inflación más alta, lo mismo que un aumento de tarifas o combustibles, como ya ocurrió con la crisis cambiaria del año pasado y mucho antes también. Hubo una devaluación de las monedas de todos los países emergentes por una mayor atracción de las acciones en China, pero solo la Argentina, con un “riesgo país” que supera desde hace tiempo con comodidad los 700 puntos, devaluó su moneda insólitamente en más del 10 por ciento en lo que va de 2019. Caso menos creíble que inexplicable por cierto.

Por otro lado, el asistencialismo, que no saca de la pobreza, sino que la agranda, no baja. En la Argentina, como bien señaló un artículo publicado en el diario El País de España -y con todo el dramatismo que esto implica-, “se ha vuelto a comer una vez por día”. Terrible por cierto en una nación que lo tiene todo y a la vez nada y muestra escandalosamente hasta desnutrición infantil. ¿Por qué llegamos a esta situación límite?, porque entre otras cosas se agravaron todos los indicadores económicos, se profundizó la grieta y se hizo efectivo el más grande préstamo del FMI en las últimas décadas. ¿Para qué?, para pagar deuda y agregar deuda a un país altísimamente endeudado.

“No dejemos que los predicadores de la resignación y el miedo le ganen a la esperanza. Este es rumbo correcto y no hay otro camino”, vive enfatizando sin ofrecer opciones el presidente Macri mientras, como una vaca empantanada, con cada corcovo, nos enterramos más en el lodazal. Lo de “la esperanza”, agreguemos que es algo difícil de hacerle entender a los que se quedan sin empleo o pierden su trabajo y sufren el desmesurado aumento de tarifas y del transporte, junto al aumento de los productos que componen la canasta básica de alimentos. Días antes, le tocó vivir a Macri un desagradable episodio en un barrio de Buenos Aires cuando un obrero le reclamó en tono menos irrespetuoso que suplicante que “haga algo” para detener esta brutal caída de la actividad económica, poniendo rostro y voz a los números lapidarios que viene dando el órgano de información económica del Estado.

La inflación de enero fue alta. Pero, por si ello no bastara, el presidente del Banco Central, se resignó a pronosticar que la de los próximos meses puede ser más alta. Todo se argumenta con un tono de “no queda otra que aguantar y hay que seguir adelante” o, “de lo contrario no llegamos a las elecciones”; algo que no deja de sorprender y aterra a propios y ajenos. Todo esto preocupa, en especial, a muchos funcionarios del Gobierno que (como se dice en términos de juego de naipes) no le ven “la pata a sota”. “Así es dificilísimo que podamos ganar en las próximas elecciones”, confiesan los más sinceros con la excepción del jefe de Gabinete de Ministros, revivido políticamente y al frente de una campaña que derrocha optimismo electoral sin límites y a los cuatro vientos. Desde su despacho se emiten burdas señales que afirman con excesiva confianza, que salvo que se produzca un “cisne negro”, la elección la gana Cambiemos con cierta comodidad y que Macri tendrá sin ninguna duda, un segundo mandato para seguir consolidando “su programa económico”. De todas maneras, dentro del propio gobierno hay una pequeña franja de descreimiento porque todos los que están más cerca del campo de batalla sienten que eso no es tan así. Puesto que la calle se pone cada día intransitable.

Lo que espera el Gobierno es que la recesión no siga tan fuerte como hasta ahora, pero los datos no ayudan y son peores. Hoy la inflación todavía sigue lejos de dar muestras de un descenso y de “pobreza cero”, se ha pasado a “jubilados indigentes y sin medicamentos”. Por lo tanto, este año habrá que convivir con un índice de inflación mensual más cercano al 3 por ciento que al 2 por ciento, que era el número que anhelaba el Gobierno.

La complejidad del presente es tanta que ha generado controversias en las propias huestes. Sucede que no hay recetas mágicas, todos los sabemos. Hasta hace diez días, el presidente del Banco central era un genio de la economía. Hoy es el Ted Bundy de los funcionarios de un gobierno abundante en tecnócratas con pretensiones de deidades del Olimpo griego.

Si por un instante olvidamos el cronograma electoral del presente año y dejamos de lado las conjeturas respecto de quién tiene más chances de ganar y por qué, para fijar nuestra atención en la situación en la que se encontrará el gobierno electo, será fácil darse por enterado de que ninguna de las fuerzas en pugnan estarán en condiciones de gobernar sola.

Cualquiera con un mínimo de entendimiento político entiende que será complicado para el oficialismo retener el poder. Lo que no quiere verse, y sin embargo está a la vista de todos, es que solo un gran “acuerdo nacional con una administración de emergencia” puede dar respiro a este lánguido país que cada día se complica más.

El problema fundamental que enfrenta la Argentina es producto de la incapacidad de comprender dónde estamos parados y qué es lo que se necesita para salir de una decadencia que arrastra décadas, más allá de cualquier bandería política. Dicho de otra forma, acaso más simple, el que gane las elecciones deberá saber que se hallará transitando sobre un terreno minado y sin demasiado margen de maniobra para actuar con cierta seguridad en un país donde todo se desmorona.

En el “mientras tanto” y hasta donde llega la mirada, la competencia final puede ser entre Macri y la señora Kirchner que ya prepara el merchandising de su campaña. En un audio con su voz que se hizo viral en las redes, se identifica susurrando “Soy Cristina, pongan atención”. A letra seguida despotrica contra la situación económica y llama a votar este año por Unidad Ciudadana, su partido. Todos sabemos que de ganar su programa de gobierno no contemplaría la unidad de todos los argentinos, sino un mayor enfrentamiento y una grieta más profunda aún. Sentada a una mesa de negociaciones le será imposible reducir el gasto estatal y repensar los temas previsionales y laborales que hacen falta, su egocentrismo y demagogia, que se lleva mal con la economía de mercado, tomaría revancha.

El drama que se avecina y está a la vista es la polarización del escenario electoral que reduce las chances de futuros entramados para bajar la inflación, impulsar inversiones y crear empleo. Aclaro que en mi caso esto lo digo sin ánimo alguno de tremendismo; pero, entreveo el siguiente escenario: mientras uno M.M ya ha demostrado que no puede; la otra, CFK, seguramente tampoco podrá. Y así, por ésta o por aquella razón los problemas argentinos seguirán vigentes y en picada, sea cual fuere el ganador de los comicios de octubre. Ese, me parece, es nuestro nudo gordiano y nadie parece habilitado ni para desatarlo ni para cortarlo como corresponde y encaminar al país.

Se necesita, por consiguiente, imperiosamente un programa en el que los principales partidos, e instituciones discutan y busquen coincidencias. No hay otra posibilidad. El momento, sin duda alguna, resulta de arduo cumplimiento en una Argentina profundamente dividida. Pero lo alarmante, lo terrible, es que las dos alternativas posibles siguen siendo la ex presidenta y el actual presidente. Todo lo demás se diluye en un presente cuya única respuesta es hablar del pasado. Y con todo el pasado por delante ni el más pintado viejo Vizcacha convencerá a nadie. Menos aún ofrecerá posibles soluciones.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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