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Ramón Gómez de la Serna: Color de diciembre y otras cosas

domingo 24 de marzo de 2019, 18:08h
Ramón Gómez de la Serna: Color de diciembre y otras cosas

Edición de Ricardo Fernández Romero. Renacimiento. Sevilla, 2018. 370 páginas. 19,90 €.

Por Concha D’Olhaberriague

Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888-Buenos Aires, 1963) es uno de los escritores más importantes del siglo XX. Además de producir un variado y fascinante universo literario y renovar la novela y el teatro con una mirada y una lengua insólitas, fue introductor de la vanguardia en Europa, en un rango no inferior al de Apollinaire o Picasso. A Ramón se le conoce como el creador de la greguería, que, lejos de ser tan solo un tropo o figura ornamental, es un elemento fructífero y medular en su escritura, constituye un género literario y es el germen a partir del cual fragua sus obras fragmentarias tan características de lo que se ha llamado atinadamente “Ramonismo” (Trampantojos, Gollerías, Caprichos), su innovadora narrativa y su teatro.

El libro que presentamos nos introduce en la actividad periodística del escritor en su época de madurez (1935-36). Se recogen en él seis colaboraciones del semanario Estampa y una cincuentena del diario Ahora. Pues resulta que Ramón desde adolescente, y no exageramos, escribe en revistas, como verá el lector en el magnífico y documentado prólogo de Ricardo Fernández. Color de diciembre y otras cosas -título tomado en parte de uno de los artículos de Ahora-, es una antología interesantísima, aparecida no hace mucho al amparo de la impecable editorial sevillana Renacimiento, y preparada con todo rigor y cuidado por Ricardo Fernández Romero, ramoniano de prestigio y, actualmente, profesor de Español en la Universidad de Saint Andrews, la más antigua de Escocia.

Se trata del Ramón más ​influido por El Espectador (1916-1934)​, algo distinto del otro Ramón de periódicos. La inspiración del amigo muy admirado, Ortega -tal vez su mejor embajador, pues no hay escritor que publicara tanto como Ramón en la Revista de Occidente- y la elegancia de Chaves Nogales, a la sazón director de ​Ahora,​ alientan y colorean la escritura ramoniana en estos artículos tan singulares, intuitivos, plurales y bien trabados. Humor, melancolía, gracia y talento para la innovación léxica, soltura y agilidad expositivas, imaginación para establecer analogías insospechadas, sentido lúdico y fondo patético son rasgos de la prosa de Ramón que están presentes también en esta compilación.

No hay que olvidar que, para la mayoría de los lectores actuales, son escritos desconocidos aunque no sean inéditos ​stricto sensu. Temas fundamentales de la fenomenología de Ortega, como el sentido deportivo de la vida (“El gaitero está triste”, p.69), la meditación sobre lo cercano (“Se admiten las comidas”, p.98), las perspectivas tan diversas que pueden darse entre quienes andan en los aledaños de una cárcel (“Alrededores de la cárcel”, p.107) aparecen reinterpretados y apropiados, con la voz de Ramón, genuina, fresca, ingeniosa y original siempre.

Y, cómo no, Madrid, su querida ciudad, y la Gran Vía que se termina por estos años y cautiva al antaño reticente Ramón, quien descubre la espléndida atalaya de Callao (“La plaza estratégica”p.83) o la sugerente encrucijada de la Red de San Luis (p.246). Este ameno libro que resulta novedoso y sugestivo por más que los textos vieran la luz en las vísperas y el comienzo de la Guerra Civil, no es, desde luego, una obra menor de Ramón. El lector que no conozca nada del escritor tiene la ocasión de aproximarse a su prodigioso mundo comenzando por Color de diciembre y otras cosas.

Son muchos los artículos que revisten interés y merecen un comentario. La fantasía de nuestro escritor, como la reflexión filosófica de su amigo Pepe Ortega, no excluye, a priori, ningún asunto. Cualquier fruslería, una vivencia de la infancia, un suceso cotidiano, la reedición de un libro maldito, el asunto más nimio -lo trascendente también- puede mover la pluma -o las siete plumas- de Ramón. Ante nuestros ojos vemos pasar a tipos estrafalarios de Pombo, como aquel que, anticipándose a lo que algunos han dado en llamar “lenguaje inclusivo”, al llegar a la Cripta saludaba diciendo “señoraes”, y se despedía con un rumboso “adiosaes” (“Cosas de Pombo. Nuevos lunáticos”p.345).

Ramón nos relata el orden no tan desordenado de su cuarto -templo del horror vacui- una de las señas más notables -a veces incomprendida- de su personalidad (“Viaje alrededor de mi cuarto”, p.361); compartimos la desazón y melancolía del escritor al llegar a Botín y no poder contemplar sus siempre viejos y relucientes azulejos por encontrarse “La hostería cerrada”(p.209); habla nuestro autor, sin querer hablar de ello, de la guerra que ha comenzado: “Esta primavera escalofriante, la primavera de siempre, le pone a uno trascendental”, son las palabras iniciales de “¿Tiempos de desilusión?”(p.283), artículo de Ahora firmado un 30 de mayo del 1936.

No falta un recuerdo al queridísimo circo en “La apología del payaso” (p.353), con la particularidad de que Ramón homenajea al bufón, proclamando en este caso su carácter de precursor del clown o payaso, desde tiempos de los griegos. La verdad es que hay donde elegir en este ramillete tan bien compuesto como acertadamente escogido, y no es cuestión de evocar todas las flores, sino de deleitarse con su lectura.

Voy, pues, a mencionar otros tres artículos que me han gustado especialmente porque en ellos destacan, respectivamente, tres rasgos muy genuinos de Ramón escritor, creador y hombre, a saber, el encanto del mundo infantil, la inventiva verbal y la fragilidad vestida de miedo. Me refiero a “Historia terrible del sable en el perchero” (p.189), delicia de cuento inspirado en un recuerdo autobiográfico, precedido de una premonición de la guerra -aún por explotar, pues lo escribe en enero del 1936- y del anuncio de que tal vez el Rey negro se ponga en huelga en vista del ambiente nada pacífico que desgarra a sus hermanos. Vagotónicos, simpatónicos y anfagónicos son, a decir de Ramón, atributos, que, por duraderos y apegados, describen y pintan mucho mejor a los humanos que otros, como izquierdistas y derechistas, que se usan con frecuencia, pese a ser marbetes de inequívoca condición inestable y cambiadiza. Esta innovadora clasificación antropológica la encontramos en el artículo titulado “Vagotónicos y simpatónicos” (p.298) que vio la luz en Ahora en junio del 1936.

Un suceso acaecido en el precioso parque del Retiro, y quizá contemplado por el propio Ramón, nos evoca, en “La niña que se ahogaba” (p.293), una ambivalente escena, de dramática belleza y de tintes prerrafaelitas, en la que vemos lo que le ocurre a una niña, casi Ofelia, en el estanque pequeño, y presenciamos las actitudes y reacciones contrapuestas de un joven héroe y un indeciso y medroso espectador, algo ramoniano, la verdad sea dicha. Para concluir, en uno de los “Garabatos”(p.338) de Ramón, esas viñetas tan ingeniosas con las que ilustra sus greguerías -al igual que ilustró muchos de sus Trampantojos- leemos: “La G es una C con bigotes y perilla”.

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