Hay amistades entre pueblos que viene marcadas por la Historia. España tiene su ejemplo con los pueblos de la América Española. Los serbios y los griegos son hermanos ortodoxos. Los estadounidenses y los británicos tienen su “relación especial”. Francia y Argentina fueron hogar para miles de armenios. Un naufragio y un rescate hicieron que Japón y Turquía tengan un vínculo que nació cuando el sultán decidió enviar una embajada al emperador en 1890.
Algo así sucede entre los húngaros y los polacos. Por encima de sus diferencias -unos son magiares y otros eslavos sin ir más lejos- la historia ha hecho que estos dos pueblos hayan compartido destinos, grandezas y tragedias comunes. El 12 de marzo de 2007 el Parlamento húngaro proclamó el 23 de marzo como “Día de la amistad húngaro-polaca”. Cuatro días después, el Parlamento polaco hizo lo propio.
Quizás todo comenzó -como suele suceder en Europa Central- con jinetes al galope y tribus que penetran en Europa en los estertores del Imperio romano. Los magiares llegaron a la cuenca del Danubio y se establecieron en Panonia. Abandonaron el paganismo y se fueron cristianizando. Adoptaron las técnicas agrícolas de los pueblos eslavos que, desde el Mar Negro hasta el Vístula, habían ido colonizando los territorios que se extendían por parte del “limes” imperial y más allá. El rey Bolesław V el Casto (1226-1279) se casó con la princesa húngara Kinga, la hija del rey Béla IV de Hungría (1206-1270). Las casas reales se fueron emparentando. Los caballeros polacos y los húngaros lucharon juntos contra los turcos, los mongoles y los teutónicos. Władysław III Jagiełło llegó a ser rey de Polonia y Hungría, pero la cosa duró porque murió luchando contra los otomanos en Varna (Bulgaria). István Báthory llegó a ser elegido rey de Polonia y Gran Duque de Lituania entre 1576 y 1586. Entre las tropas que liberaron Viena en 1683 estaban los húsares de Jan III Sobieski y los húngaros del ejército de los Habsburgo.
Durante ocho siglos, polacos y magiares se han ayudado contra los enemigos comunes. Este apoyo mutuo llega hasta nuestro tiempo. Durante la Guerra Ruso-polaca (1919-1921) Budapest ofreció 30.000 jinetes a Varsovia, pero ni Checoslovaquia ni Rumanía no permitieron que atravesasen sus respectivos territorios. Sin embargo, los húngaros lograron enviar munición a los polacos. En el Alzamiento de Varsovia de 1944, algunos húngaros combatieron junto a los polacos contra los nazis. En la Revolución Húngara de 1956, los polacos donaron sangre para los revolucionarios húngaros. Ni los comunistas lograron romper esa amistad.
Algunos piensan que la Historia pasa, pero en realidad es se queda. Está ahí, en lo que somos y en lo que hacemos. Decía Walter Benjamin que «articular históricamente el pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido sino adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro». En este tiempo en que Europa está sumida en una crisis muy profunda, la Historia sigue dándonos claves y lecciones para comprender el presente. Desde la cooperación húngaro-polaca en el seno del Grupo de Visegrad hasta el apoyo mutuo cuando el Parlamento Europeo amenaza con sanciones, los polacos y los húngaros siguen contando los unos con los otros. En 2018, el presidente húngaro Víktor Orban recordó el sentido de esta amistad evocando una cita del tiempo de Kossuth: “Hungría y Polonia son dos robles imperecederos que crecen en troncos separados, pero cuyas raíces están entrelazadas. Así, la existencia y fuerza de una es una condición para la vida y la salud de la otra”. Seguía el presidente diciendo «si Polonia es fuerte, Hungría no puede perderse. Si Hungría es fuerte, podremos ayudar a nuestros amigos polacos».
La amistad polaco-húngara ha atravesado el horror del siglo XX -las guerras, los regímenes totalitarios, el comunismo y el nazismo- y ha dado a Europa ejemplos de dignidad y grandeza. Es un error soslayar estos episodios y creer que la historia se olvida. No es así. Antes de que la Unión Europea naciese, Polonia y Hungría ya eran grandes naciones. Habían conocido el poder y el hundimiento, la resistencia, el triunfo y el sufrimiento. En estos países -y en general en Europa Central y Oriental- la enfermedad del olvido que aqueja a la parte Occidental del continente. Recuerdan el pasado. Veneran a los héroes. No han olvidado que Europa no es sólo un mercado único sino una comunidad de valores y principios asentados en la tradición de Grecia, Roma y la Biblia.
Antes de estigmatizar a los polacos o a los húngaros, conviene recordar lo que han pasado juntos, lo que han superado juntos y lo que juntos han dado a Europa.