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TRIBUNA

El obrador de Hernán Cortés

Jorge Casesmeiro Roger
miércoles 27 de marzo de 2019, 20:13h
Actualizado el: 27/03/2019 21:50h

El indio agradece a Cortés que le haya liberado de Moctezuma. Así lo timbró en sus memorias el más grande ministro de Educación que ha tenido Méjico. Pero Vasconcelos iba de frente y la cosa es todavía más sutil. Hernán Cortés no fue el libertador de los indios, sino la herramienta por la que el indígena se liberó de su indigenismo; es decir, de la indigencia de la prehistoria. Sí, los españoles fueron el vehículo por el que los indios se dotaron de una patria civilizada en el seno del primer imperio moderno. Y gracias a ello unas tribus que estaban en la Edad de Piedra, sometidos a otras que no habían pasado de la de Bronce, pudieron incorporarse a la razón histórica desde el Renacimiento, ahorrándose el sudor de unas centurias.

Ahora el presidente norteamericano, López Obrador, quiere que el Rey de España se disculpe por eso. Por haber llevado a América el Renacimiento hace cinco siglos. Aunque la cosa, en realidad, es ciertamente más compleja. Pues no arribó España, a las costas del Yucatán, con la falsilla florentina. Los españoles que inventaron América no sólo llevaron allí el Renacimiento, sino algo mucho más elaborado: la crítica al Renacimiento. O como diría el hispanista vienés Viktor Frankl: La altísima cultura intelectual y moral del Quinientos en su singular confluencia de elementos gótico-medievales, italiano-renacentistas e hispánico-contrarreformistas. El manierismo del Renacimiento tardío español. La malla mental más densa y rica de su tiempo.

El gobierno de España, conocedor sin duda de estos crisoles, ha lamentado la demanda del azteca López. Instando al presidente hermano a encuadrar la efeméride en su contexto histórico: “La llegada de los españoles, hace 500 años, a las actuales tierras mexicanas, no puede jugarse a la luz de consideraciones contemporáneas”, ha respondido el ejecutivo español en su sensato comunicado. Dios nos libre de lo contrario. Imaginen que los españoles de hoy tuviéramos que dar cuenta del estado de la Nación ante nuestros antepasados del Siglo de Oro. ¡Ante los que fueron cabeza de Europa toda cuando los dioses nacían en Extremadura! ¡Cuando el mundo entero era el taller, el obrador de España!

Nuestro adelantado humanista Hernán Cortés (1485-1547), pacense de cuna y por méritos primer marqués del Valle de Oaxaca y capitán general de la Nueva España, fue descubridor, conquistador, fundador, jurisperito, empresario y escritor. Su genio diplomático le permitió doblegar en dos años un imperio primitivo superior como el azteca. Sobre cuyas ruinas injertó el primer Estado indiano y las primeras fundaciones hospitalarias del Nuevo Mundo. Expedicionario en la búsqueda del paso del mar del Sur, fue bajo su mando y en una de sus naves que Fortún Jiménez desembarcó en California en 1534. Por eso el Golfo de California era llamado antes, con toda justicia, Mar de Cortés. Quien también expuso su fortuna varias veces como emprendedor de cultivos y ganaderías. Y español de marca cervantina del que cuentan que ya en su retiro sevillano, en Castilleja de la Cuesta, se entretuvo concertando tertulias literarias.

Hoy sus Cartas de relación (1524) sobre la Conquista todavía dan fe de su habilidad política y jurisconsulta. Gran estratega y hábil negociador, el historiador mejicano Carlos Pereyra lo juzgó como un hombre “activo y fecundo en arbitrios”. Más que el mejor lugarteniente del emperador Carlos –sostenía Pereyra–, el extremeño habría sido el mejor de los reyes. El hombre que fundó Nueva España mientras otro español, llamado Elcano, terminaba la primera vuelta al orbe que emprendió Magallanes: “La mayor mutación conocida del espacio”, redondeaba el hispanista Pierre Chaunu.

Los yanquis, decía el criollo José Vasconcelos, nos llaman renegados por la indiferencia con que miramos la obra estupenda de España (…): “En su interior, el yanqui desprecia o ignora a quien fue simple instrumento de sus conquistas pacíficas. En cambio, no hay anglosajón que no venere, que no se pasme ante la figura de Hernán Cortés. No le perdonamos nosotros que con menos sangre de la que ha derramado cualquier caudillo local, nos dio de fronteras Alaska, por el Norte, y por el Sur el Istmo de Panamá”.

Cositas por las que este incomparable ministro de Educación mejicano –y uno de los mayores escritores que ha dado esa república– pensaba sin rodeos: “México no será grande nación mientras no tenga de fiesta patria el aniversario de la quema de las naves en Veracruz”. O eso firmó en el segundo tomo de la trepidante pentalogía de sus memorias, La tormenta, en 1936. Treinta años más tarde, el 14 de mayo de 1966, el historiador británico John H. Elliot concluía en Cambridge: “No world was so rich in imagination and so infinitely adaptable as the mental world of Hernán Cortés”. Y ya sabemos que lo de las naves en Veracruz no fue una quema, sino un barrenado. Pero valga la ardiente visión de Vasconcelos en este rancio panorama de encomenderoso burócratas culturales, tan sobrados de estrechez mental como pobres de imaginación.

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

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