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DESDE ULTRAMAR

México-España en sano debate histórico

Marcos Marín Amezcua
jueves 28 de marzo de 2019, 20:20h

Finalmente se ha producido un sano intercambio de opiniones entre dos países hermanados. Ríspidas como pueden serlo entre pueblos hispánicos, firmes pero al final cariñosas a nuestra manera de ser, con responsabilidad con el pasado, con objetividad y desde luego, con la conseja de que prime la cordura y el respeto (más nos vale) sobre todo para no falsearnos el pasado común con leyendas negras, sí, pero tampoco concediendo leyendas rosas, que también abundan. Y menos cuentearnos el presente. Así que nada de espantarse ni de rasgarse vestiduras. Salvando el honor, que nos importa tanto porque tenemos valores compartidos. Dije a inicios de año que a este asunto hay que entrarle con valentía.

¿Trascenderá para mal este jaloneo transoceánico? No, porque somos países que compartimos muchas cosas, no nos vamos a contar cuentos y hay muchos mutuos intereses muy grandes de por medio. Con un pasado común entrelazado con miles de lazos y nudos, afortunadamente, solo nos resta reconocer que se emprendió un camino erróneo: España por apostar al olvido en lo más negativo de su tarea colonizadora, evadiendo, y México a solicitar perdones (no a exigir, no exageremos). Y mirar al pasado nos aguarda, al final de cuentas, hagamos lo que hagamos. No me satisface el pacato argumento del ministerio de Exteriores español diciendo que no se mida con parámetros actuales a lo pasado. Porque no se ha medido tampoco con parámetros pasados. El tema que nos pica se ha evadido, simple y llanamente, sin importar parámetros utilizados. No gusta y ya.

El camino adecuado, a mi juicio, en una conmemoración importante como el V centenario de la conquista de México, hubiera sido una suerte de foro expresando opiniones autorizadas, estudiadas, abiertas entre nacionales de ambos países, asistiendo los dos pueblos a saber al detalle lo más nuevo conocido y planteado –y replanteado– sobre tan trascendental episodio histórico y en histórico, quedarse. Y claro, a través de las sapientísimas instituciones de ambas naciones abocadas al americanismo. A valorar la Historia, a ponderar sus lecciones, que no es otra cosa. No caben en ello ni los desvaríos ni las respuestas airadas fuera de lugar. Ni los argumentos trasnochados de ambos lados. De ambos. Porque hay de ambos.

Y sí, callando España pierde una interesante oportunidad de reconciliarse con su pasado imperial que no ha discutido por sí misma y para sí, y merecería hacerlo, para que no solo lo hagan sus adversarios y si me apura, sus enemigos. Y que se lo diga México, el país que más le dio y puntero en ser el más indigenista e hispanista de América, tiene tela. Y de frente, como nos gusta ser a ambos pueblos. ¿O no? Por eso me extraña que plumas conocedoras como la de Martínez Shaw digan que la petición mexicana de pedir perdón es una tontería. Me resulta

francamente decepcionante. La Hispanidad merece no callarse nada. Nada. Sus claroscuros ahí están para quien quiera verlos y los hispánicos todos, somos parte de ellos. España, hacedora de naciones, merece mejor trato de su memoria colectiva y no será callando desmanes como lo consiga.

Total, se trata de analizar un hecho histórico que no tiene que suponer recriminaciones ni repudios a los actores actuales que pidan perdón a los pueblos originarios, no a los mestizos ni mucho menos. Siendo herederos del cargo y de la historia toda que lo soporta cual regio que es a quien se pidió hacerlo. Ante la altura de miras, no cabrían tales recriminaciones como mutuas las ha habido por siglos. Hay historia de desencuentros y de apasionamientos mutuos al abordar este asunto y jamás han estado ausentes. La historia no merece blanquearse. La diferencia hoy podría consistir en ennoblecer a España esta vez con la madurez de afrontar su pasado imperial ante pueblos originarios que aún existen. Sí, no son aztecas, son sus descendientes y de muchos más. La caída de Tenochtitlán solo es el símbolo de pueblos invadidos. Mas si no se desea decir algo, no se hace y punto. Eso sí, lo que he leído estos días me revela el extravío de ambas orillas del Charco, de ambas, y adelanto la causa: el tema de los excesos de la Conquista de América nunca se han debatido a profundidad entre ambas orillas. Cosa malsana para el mejor conocimiento y mayor entendimiento del pasado común.

¿Hablar del pasado? Sí. A mí me entusiasma. Clarifica y dimensiona. No hablamos de un episodio menor. La hazaña de Cortés se mentó por dos siglos y medio como épica. La conquista del actual México le dio a España muchos dividendos como ninguna otra posesión, volviéndola potencia. A México lo insertó en el mundo occidental. Ya se pueden dar mutuamente las gracias, considerando que eso parece preocupar a ciertos sectores españoles trasnochados, que también existen. Que no decaiga, en un dialogo franco, abierto, donde nadie aflore sus complejos, que los hay infortunadamente en ambos lados. En ambos. Es ocasión para ambas partes el superarlos, porque eso es lo que conlleva mirar al pasado, que hacerlo jamás es extemporáneo. Máxime si a ambos países incomoda la Conquista, porque, seamos sensatos: incomoda en ambos y es natural y este debate surgido es la mejor muestra innegable de que así es. Henos aquí, sosteniéndolo. Sin mimos ni carantoñas. Eso se las dejamos a otros.

El V centenario de la Conquista y que apenas inicia, sí se aborda en México sin esperar la manifestación del perdón español. Yo he lamentado el inexplicable silencio oficial de España no programando nada para este año. Ojalá que rectifique, porque déjese muy claro: por una vez que ese silencio se rompe por boca de Pérez-Reverte –más experto en los tercios de Flandes que en América colonial– llamando imbécil al presidente mexicano en una reboruja de ideas inconexas del gamberro literato (¡vaya académico de la lengua que se va de ella!), comprenderá usted que deja por los suelos el nombre de España y eso no es justo. Sus calentones de boca no me dejan boquiabierto, porque contrastan con las mentes lúcidas y calibradas de gran altura de quienes sí se acercaron a América a entender la obra de España, allí: Américo Castro, Ortega y Gasset, los exiliados León Felipe o Juan Ramón Jiménez, entre tantos. Después de todo la obra y la grandeza de España está en América, no en Europa. Aproximarse a ella con honestidad intelectual donde la haya, es admitir errores, abusos, aciertos, aportes. Nada de que espantarse y nada que no impida verse y reflexionarse con la debida necesaria sobriedad y calma. Lo demás es humo, paja que desvía lo puntual. Si los españoles de hoy no cometieron los excesos de ayer ¿a qué viene tanta furibundez? Pérez-Reverte olvida que cuando un español insulta a un hispanoamericano, se insulta a sí mismo. Porque al final, Juan te llamas. Es escupir al cielo y defecar en su propia historia. Tristemente.

En ese mismo orden de ideas, me causa alipori leer desde España que el tema va, dicen, de socialismo indigenista (sic) –a saber eso qué sea, un término de sobrado aturdimiento y un desconocimiento atroz de la historia de América, leído a un líder de Vox – o de populismo a secas. Es crema, humo que evade preguntas directas como aquella de ¿cuáles son las vertientes positivas y negativas de la conquista española? Lo demás es paja. Tanto qué reflexionar, como para quedarnos en zarandajas y reproches estériles de ida y vuelta. Reflexión que no de ni tregua ni admita dobleces. De ninguna de las dos partes. No puede ser de otra manera por tratarse de dos países que se conocen y se reconocen. Mirar al pasado es reconocerse. Evadirlo, empobrece.

Post scríptum: este 27 de marzo he cumplido una década escribiendo mi columna “Desde ultramar” que ahora usted lee. Diez años son posibles con la confianza del equipo que encabeza d. Luis Mª Anson y a todo él, a usted amigo lector en ambos hemisferios, a quienes me han prestado sus palabras para ejemplificarnos mejor las realidades descritas y abordadas, a quien me invitó a colaborar hace una década y a quienes pacientemente han corregido algún texto a petición expresa, mis gracias infinitas. Los espero nuevamente en 8 días, para seguir contándoles cómo veo las cosas “desde ultramar”.

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