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Diarios

Andrés Trapiello: Diligencias

domingo 31 de marzo de 2019, 17:00h
Andrés Trapiello: Diligencias

Pretextos. Valencia, 2019. 512 páginas. 30 €.

Por Francisco Estévez

Curándose en salud uno debiera renunciar a la reseña de estos cuadernos de Andrés Trapiello que contienen fiel comentario de sí mismos en sus páginas (“Peteneras hay pocas, tarantos, menos [ …] el tono general es el de la soleá”, pág. 443) y, de propina, atinada crítica al feroz reseñismo contemporáneo donde “solo te dan lo que ya tienes” (pág. 92). Pero, también es cierto que sin estas hojas no le cuadran a uno las cuentas del año literario. Hasta ese punto se adentran estos diarios en el campo literario y vital, consiguiendo que “las restas [de días, en este caso] sumen” o lo procuren, como desea su propio autor. De otra manera, cada año literario viene cargado de un grupo de lecturas selecto que el público lector espera con jubileo, seguro del deleite entre tanta hojarasca. De entre ese grupo tienen acomodo privilegiado los diarios de Andrés Trapiello quien con su habitual tono en sordina agranda el Salón de pasos perdidos. Las preguntas salen rápido al paso de esta ya caudalosa Novela en marcha antes de que llegue al mar sin fin ¿Cuál es el secreto para mantener el timón de esta empresa? Ya se intentó responder al vuelo de otro volumen anterior aquí comentado calendarios atrás, Apenas sensitivo. Pues los alcances del prolongado Salón resultan cada vez más lejanos.

La unidad en la variedad, de su voz, en la vida; y la variedad en la unidad, de los hechos, en su mirada. Esa y no otra es la clave de raigambre cervantina que permite avanzar en su propósito al autor leonés y añadir otro tomo de agudo título. Estas Diligencias, en efecto, nos remiten rápido con exactitud etimológica al cuidado en ejecutar que tiene aquí el narrador, pero también a la agilidad impuesta por la crónica y a cierto aire de trámite y la constancia escrita de cumplida realización, como asigna en su tercera acepción el diccionario. Pero no se nos escapa de ninguna de las maneras que preferentemente estas Diligencias apuntan a un sentido hoy en desuso que indica el amor, o con más exótica palabra aún, la dilección que nuestro escritor tiene por estos diarios suyos.

Como es norma en esta novela en marcha o suma indivisible de prontuarios encontraremos el esbozo de insólitas y afiladas teorías: la escritura como tabla de salvación del mar lector (pág. 443) o la inexistencia de los elogios a medida (pág. 276). Y más allá, esas estupendas observaciones de la cotidianidad que a uno le valen lo mismo para un roto que para un descosido y que tomadas al vuelo tienen alcance largo para otras circunstancias y situaciones. Como esa gema por la cual “de salón toreamos todos bien” que tiene cumplido reflejo en las dinámicas de las redes sociales y otras polémicas del día atendidas en la cafetería.

Y eso que siempre pasa con Trapiello. Se te pega su prosa como segunda piel. Por el camino, lo mejor. Esas perlas narrativas como aquella paga dominguera de cuando niño. Si te la administrabas bien te alcanzaba hasta el domingo siguiente. Como este doblón con el que tropieza la vista (escrito ya hace unos diez años, pero hoy igual que ayer): “En Cataluña creen que en “Madrit” se atan los perros con longaniza”. Así nos vemos todos reunidos, incluido el autor como uno más, con igual asombro ante el brasero de sus hojas. Incendiadas imágenes o brasas de la cotidianidad pasadas por alambique galdosiano. El chisporroteo del español en su mano así como el niño-viejo juanramoniano cuando azuza candorosa y sabiamente las ascuas de la chimenea. El fulgor de la lengua.

El avezado lector que es el leonés nos desgrana, además, originales lecturas. Y hoy día esto ya es mucho. Un perfil justipreciado y valeroso de Luis Cernuda, siendo como es acaso lo más valioso de aquel grupo poético, pero con ese triste reconocimiento final por el cual irá perdiendo lectores según Trapiello ya que “la queja crea descrédito y porque la retórica trae cansancio”. O un apunte al vuelo dicho con el remedo de la genialidad de Tomas Segovia: “el pez en la pez”. O cuando pone gafas a una, estupendísima esta, de las varias greguerías galdosianas cincuenta años antes de Ramón Gómez de la Serna.

Dos caras, como la iglesia de San Sebastián para Galdós y todo buen matritense, comienzan a aflorar en estos dietarios. Con la una mira a la vida y escribe, con la otra, mira al cuaderno y se desdice, enmienda a la anterior, incluso introduce anotaciones del año actual al son de la actualidad (bien avisa el leonés que estos diarios se escriben solos, pero se deben corregir cuatro o cinco veces al menos). Y a uno le parece, en contra del particular común, que esto acaso sea lo más valioso. No esas notas ni su poda. Sino la pública lucha de contrarios, o de otra manera, ese escribir sin cortapisas a la galería. Acaso así sea la coherencia, bien entendida, contradecirse con el tiempo en según qué cosas. Como esos caballeros del punto fijo a que aludía algunos lustros antes y dietarios atrás el propio Trapiello. Y qué quieren, a uno le gusta cuando se contradice o matiza porque le convierte en mucho más escritor que a muchos. Aunque a uno ya el retrato no le resulte como el imaginado ni del total agrado sino uno muy otro más acabado quizá, más completo.

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