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TRIBUNA

La civilización que no os atrevéis a transformar

lunes 08 de abril de 2019, 20:26h

La pregunta, queridos/as lectores/as, ilustres cátedras, Fabios de letras arrimadas al pastel de turno, An ergo Licabetos et Parnasos cum memoras, que no me leéis porque soy pergamino de un Canto General barrido por vuestras mudeces, es directa, clásica, de imprenta y definitiva: ¿qué es más importante vivir solicitando la universalidad de todas las biopsias o continuar como ustedes con la capitalización del absurdo ideario? O, dicho de otro modo: ¿es mejor continuar plagiando políticas en su defensa o en su contra con tal de parecer este rico matiz con que salváis España y a veces incluso el mundo? ¿No me respondéis? Podéis silbar, tal vez continuar destrozando teatros cuando se represente otra vez en Las Urdes Un perro andaluz de Buñuel y Dalí. Nunca entenderéis lo que os quiso decir Cantinflas.

Os digo, pues, que no escribo para ustedes, sino para mí que soy nadie dentro de esta tropa que muere y que soy yo. Y es así que, al llegar siempre al final de estos panes y peces que son mis palabras, feliz quédome conmigo y anónimo. Todo -pienso- el que escribe debería olvidarse de que alguien, alguna, tú mismo, doctor honoris causa, tiene los fierros suficientes para entender lo que Bajo el Volcán arde. Mi articulismo sólo puede ser comprendido por mis células madre. Pues cientos son como millares siempre delante de esta única transformación de mi conocimiento salvada por la ancianidad de todas las posibles y femeninas palabras.

Y así hoy, pues, me veo obligado a piar cual alondra chapoteando amor sobre una cuestión que según os leo ustedes no abordan por temor a morir bajo la diminuta estatura de esta importancia que es poder llamarse a sí mismo vida. Y es que lo que concentra todo lo que históricamente debería ser la bastedad de toda humanidad -antes, ahora y mañana- sólo puede verse con un solo ojo. Asistir al mundo es defender la existencia. El resto son migajas que van dejando en retahílas de excrementos las cabras, los pavos y los últimos hombres del neardental ahogados en Gibraltar. Los mismos de hoy por costumbre.

Y, si despistados se hallan -y es que siempre que leen lo hacen dormidos o dopados de “me gusta o no me gusta”-, voy ya a salir de este granero.

La pregunta, Fabios, es la que sigue, otra vez: ¿por qué no nos dejamos de voltear cual endechillas en celos este frenesí alocado de estar con uno o querer chupársela a la otra? Seré más claro: ¿por qué siempre en este articulismo basado en el noticiero del día a día, de copia y pega según los titulares de alguna prensa canalla, o estáis con el hombre ideológico o con la ideología del otro hombre? No se dan cuenta vuestras mercedes que nada logran prolongando lo que los jefes del condado, que adoban el negocio como elites solas y empalmadas, os insinúan para redactar toda esta información que deja de ser opinión o ágora de un solo color, mármol, ciudad eterna, polis o cobardía. Tenéis miedo a equivocaros delante del teclado de la máquina. Ante el tribunal de los otros os espanta petrolearos en la nada, en la crónica ya contada o, lo que es peor, en un lenguaje que no sale de esa bella mujer que debiera ser la libertad. No sois vosotros mismos, sino lo ajeno, lo que no es, lo que llena establos de políticas, discursos, ingeniosidades sin genio, alienaciones intelectuales que más que individualidad y festín por ser uno mismo únicamente gesta esta burda industria que produce valor y plusvalía dentro de este mercado que es el periodismo.

La vida proclama la necesidad de toda lejanía. Nadie debiera estar sujeto a una identidad ya identificada. Ningún marinero tiene que acostumbrarse a fingir la llegada a lo más alto de toda cumbre. Una cima comienza en la sima. Todo pensamiento único da hambre y cotiza en Bolsa. Jugar a inventar otra vez el salario por culpa de la sal es retracción y opresión, explotación y un whisky con el enemigo al salir de los despachos. No hay independencia en lo que se escribe, se dice, se oye en los medios de comunicación de esta segunda década del XXI. Nos hemos olvidado de volver a escribir La Miseria de la Filosofía o la Contribución a la crítica de la economía política. Aquí tanto el plebeyo como el presidente de la Comisión Europea se educan a sí mismos a la compra y venta de una nación, de una monarquía, de un continente o del mundo entero. El mundo que defendéis se posa encima de un tablero con un mapa con chinchetas, con geografías militarizadas por los servicios de espionaje de este único y bárbaro imperio teologal.

Nadie escribe contra nadie que sepa que alguien es hacedor de miedo, de este miedo que ya está ahí, como el vudú, como la blasfemia totalitaria, como la autoridad que os desautoriza. ¡El horror¡ ¡El horror¡, continúa susurrando el coronel Kurtz de las Fuerza Especiales del Ejército de los Estados Unidos. Estamos otra vez dentro del napalm. Y así seguimos. Como siempre. Callados y tristes, recomendándonos a los que nos recomiendan, inmersos en el cerco, elegantísimos intelectuales vendidos a la verdad de la mentira. Nos tememos tanto que al mirarnos nos convertimos en nuevos licenciados vidrieras. No nos atrevemos a escaparnos de esta cruel realidad en la que estamos atrapados desde que abandonamos todo amor por la humanidad que viene y que se va, se va, se va. ¿Qué hacéis para evitarlo? Como demonios bien vestidos nos dolemos felizmente en estas gramaticales cerdas que escribimos, que escriben vuestras mercedes, cátedras, Fabios, acomodados capitalistas del conocimiento robado.

Y ya termino, pues vergüenza me da continuar sin que hayáis entendido absolutamente nada. Por último, digo: continuad imaginando que vivir es menos importante que esta nueva Comedia Humana en la que osáis representar con vuestras palabras ensombrecidas por el dinero, siempre el dinero. Toda existencia se encoge cuando asoma el Capital. Y lentamente, aunque con urgencia, siguen pasando los días, las décadas, las guerras, esta embriaguez mancomunada en que la palabra libertad sigue enterrándose cada noche en la fosa común de lo que pudo ser una humanidad completamente transformada. Mientras, ilusos, se cierne sobre vuestras insípidas mentes el beneficio de la avaricia, del pensar correctamente y sin riesgos, de esta nada que es el mundo porque nadie se atreve a quedarse desnudo ante sí mismo y decirse: “¿Acaso yo soy lo que ya no puede nacer a partir de estas células madres mías que algún día pude recoger?” ¡Juzgaos cuando se aproxime la muerte¡ Seguramente os temblarán las piernas. Ahí permaneceréis. Bajo el tumor de estómago de la Civilización que nunca os atrevisteis a transformar para la salud universal de vuestros hijos. Son las 3.23 minutos de la noche de un viernes. Ahora podéis ingerir un diazepam 10 miligramos y a dormir. Pero dormir durmiendo. Aquí ya no vale ni una mentira más.

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