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TRIBUNA

La actitud católica

jueves 11 de abril de 2019, 18:10h

Se celebra en la Universidad Complutense de Madrid el cuarto congreso sobre catolicismo que organizan voluntariosos alumnos de la Facultad de Filosofía; está abierto a la participación de profesores y alumnos de orientaciones diversas: desde los que adoptan una posición explícitamente confesional, a los interesados por la Iglesia como institución histórica de proporciones milenarias o los que ven en la religión una ideología al servicio de un grupo o una clase, aparato opresor de las conciencias ingenuas de unos creyentes amansados por su armazón ideológico. Por este congreso pasaron, en anteriores convocatorias, desde afectos al partido de Pablo Iglesias a defensores del tradicionalismo más definido.

Ahora bien, no se abre acceso a estas jornadas en nombre de la tolerancia, entiendo, sino de la intolerancia más perfecta que es la de la razón en actitud de destrucción y reconstrucción. Léon Bloy se presentaba, al parecer, con el título de entrepeneur de démolition, dispuesto a hacer frente a todo aquel que estuviera, a su vez, dispuesto a oponérsele. Una actitud indudablemente piadosa y comunicativa, infinitamente más amable que la del tolerante que se limita a dar la espalda al desafecto, permitiendo que exprese su opinión sin prestarle oídos y sin permitir que su voz alcance, acaso para rasgarle, las duras entrañas de su espíritu. Ese tolerante impasible o indiferente es el que en estas jornadas no estará cómodo. Son jornadas para gentes con espíritu beligerante que, ajenas al pacifismo aterrador y resentido hoy dominante, están dispuestas a sostener la mirada del basilisco. Aunque, siguiendo a Gilbert Chesterton, lo único que tengan contra una buena pelea sea que ponga fin a una buena discusión, esto suele ser suficiente para no acabar jamás la discusión, de suerte que estos amables beligerantes usan habitualmente de una grave cortesía que les permite salir del más bronco debate manteniéndole a uno intacto el afecto.

Estos modos y actitudes graves y ceremoniosos, comprometidos y bien articulados, están hoy tan en desuso que resultan literalmente insolentes. En mitad de una tediosa campaña electoral en la que se usa la mala retórica habitual, en el corazón de una universidad tomada por la administración impersonal y formalista, en una sociedad de solitarios desesperados este pequeño acontecimiento esconde, me parece, razones para la esperanza. Frente al candidato sonriente que desprecia al oponente y oculta tras el gesto correcto y la mirada estudiada el odio más elemental, en estas jornadas se reaviva – cuando parecía del todo desaparecida – la seriedad y la firmeza menos dispuesta a concesiones, pero capaz de sobreponerse a la distancia abismal entre las posiciones filosóficas o teológicas para salvaguardar una fraternidad que trasciende cualquier diferencia. Es una actitud que hoy es más necesaria que nunca, en esta España tomada por un odio sin razones, envuelto en sonrisas de pastel y gestos publicitarios. Incluso si el enfrentamiento ha de pasar de la palabra a la acción es preciso preservar el terreno que, trascendiendo la oposición, permita reconocer al prójimo en el adversario. Es una disposición característica del viejo cristianismo, cuyo fundamento teológico y metafísico habrá salido a la luz en estas jornadas que, cuando el lector tenga ante sí esta página, ya habrán terminado.

El adusto, desabrido y problemático cristiano que fue el promotor de demoliciones, Léon Bloy, dueño de una palabra abismal y profética, ha merecido también el título de peregrino del absoluto. Sin ese plano absoluto, dispuesto más allá de enfrentamientos y parcialidades, sólo el enfrentamiento es absoluto. Pero quienes hincan sus plantas en ese terreno pueden afrontar el combate dialéctico – más allá de la mera política – con la certidumbre de encontrar siempre la vía de regreso para ofrecer al rival la mano y compartir con él, más allá de unas diferencias cuya reconciliación no se admitirá jamás en falso, una cerveza o dos; a sabiendas de que hay un orden de convivencia en que los antagonistas más vehementes encontrarán asiento común. Es el orden fraternal y ruidoso del convivium (y el connubium) y la razón de que, ante tantos frentes a los que atender, el catolicismo acabe resultando una suerte de alcohocatolicismo. Título que mereció también el aguerrido y jovial estilo de un Chesterton o un Belloc. La franqueza cordial, que no rehúsa el verdadero enfrentamiento, es una virtud de otros tiempos que por un instante ha podido atisbarse en un Congreso cordialmente polémico: muy polémico. Sería una bendición, que al parecer no merecemos, que en esta campaña de actitudes electorales se abriera espacio para una verdadera polémica, capaz de salvar la mínima cordialidad. Pero entiendo que no podemos pedir a los políticos de nuestros días una actitud universal.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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