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TRIBUNA

Las servidumbres de un escritor

sábado 13 de abril de 2019, 19:12h

El hermoso oficio de escribir, y le llamo oficio en un mundo que ha barrido con casi todos ellos, como si únicamente fuera posible vivir rodeados de médicos, ingenieros y abogados, siendo sin embargo la fontanería, la carpintería, la albañilería, y la cerrajería, etc, tan necesarios o más que las primeras. Y en este oficio, como venía diciendo - pues no existe la carrera de escritor - se consume tanto tiempo en preparar entrevistas, conferencias, simposiums, viajes, atención a los medios, que en el mero hecho de escribir.

Sin embargo el escritor sabe perfectamente que su función genuina es la de escribir, que es eso y no otra cosa para lo que está dotado.

No obstante este oficio se compone de esas dos caras tan diferentes. Así, algunos escritores están muy dotados para la creación pura y se les da mal la otra faceta. En este aspecto he conocido todo tipo de personas, a las que se les daban muy mal las relaciones públicas, el trato con los editores y con el público en directo, y otros sin embargo que lo pasan bomba. Ahí radica demasiadas veces el éxito inmediato de unos escritores o su prolongada frustración. Extrapolando el oficio, siempre se ha hablado del fracaso de Van Gogh en vida que no vendió apenas nada y fue su hermano menor Theo, el artífice de su fama posterior.

Franz Kafka, en las letras, fue un caso parecido, escaso éxito en vida e inmortalidad y fama universal después de fallecido.

Este es un tema, y no porque yo lo afirme, de auténtica enjundia, pues para los aficionados a las biografías de los personajes famosos, de los artistas, da para mucho y tiene tela.

Hay escritores de culto, como J.D. Salinger que con “El guardián entre el centeno” se hizo famoso en vida y después de la muerte. Fue con un solo libro, pero fue suficiente, pues para más inri al poco tiempo de publicarlo desapareció de la vista de los críticos y de los periodistas, se retiró a una casa escondida en un bosque, lo que le dio aún más misterio y celebridad.

Otros en cambio se matan por alcanzar la popularidad sin llegar a conseguirla, pues en realidad son productos que o no tienen la calidad debida, o “no enganchan” con el público.

“La fama no se busca, se encuentra o no se encuentra y eso cuando menos lo esperas”, me comentaba en una ocasión el recientemente desaparecido Vicente Verdú. El realizador de televisión Pedro Pérez Oliva que me dirigió un par de programas de forma excelente, opinaba lo mismo.

Por mi parte – y es una confesión – siempre he procurado un equilibrio entre el tiempo dedicado a la creatividad pura, a la escritura, y el dedicado a “vender el producto”.

Estos tiempos han venido variando a lo largo de los años y los cambios acontecidos desde el año 1970, que me di a conocer, hasta el día de hoy.

Es un don de Dios, a qué negarlo, seguir vivo y seguir escribiendo, porque la vida es maravillosa y escribir es uno de los oficios más hermosos y gratificantes que se puedan imaginar, aunque haya momentos, cuando surgen las dificultades en hacer llegar al público algo que has terminado, que puede llegar a producir agotamiento y la sensación frustrante de que no hay tiempo para lo otro.

Dicen que la concesión del premio nobel bloquea como mínimo durante un largo año al escritor que lo recibe en su tarea creativa, y sé por experiencia que hay más hechos que te pueden bloquear, pues al fin y a la postre los momentos de la creación pura son en su efervescencia tan volátiles como las pompas que hace el champagne dorado al caer sobre una copa, o como el hecho de capturar una mariposa en pleno vuelo con un gesto de la mano.

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