www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Nuestra Señora de París

jueves 18 de abril de 2019, 18:58h

El día 15 de abril del presente año de 2019, lunes de pasión, Nuestra Señora de París ha sucumbido a un incendio de proporciones históricas. El Santísimo ha sido puesto a salvo de las llamas. No conjeturaré el número de lectores que en este punto hayan exhalado un suspiro de sosiego.

Podríamos confiar en la investigación sobre las causas del incendio y en la difusión de sus resultados en una sociedad menos afectada por la descomposición. Pero en la Europa mortecina de nuestro presente ultra-moderno la confianza en medios de comunicación, como en el murmullo purulento de las redes sociales, exigiría un grado irresponsable de ingenuidad que no podemos permitirnos. Pero ¿quiénes y cuántos somos los que no podemos permitirnos prolongar el sueño dogmático de una república cosmopolita y humanitaria, el sueño racional de una democracia universal abstracta? ¿Es posible que el número se aproxime al de los que en el punto mencionado exhalaron un suspiro balsámico…?

Ante el espectáculo doloroso de Nôtre-Dame en llamas los comentaristas mostraban lo que cabe esperar. El día 15 de abril se celebra el día mundial del Arte, uno de esos días fijados en nombre de la Humanidad o de una ciudadanía cosmopolita que clamaba ante la pérdida del tesoro artístico que la magnífica catedral encerraba como un cofre magistralmente labrado. El Arte sustantivado y alejado de la vida del común, otra exangüe abstracción moderna, sufría una pérdida irreparable. Naturalmente cada uno atiende la interpretación de los fenómenos según su posición y su naturaleza, pero no olvidemos que nuestra interpretación también da nuestra medida.

Acaso no resulte irrelevante recordar que el pasado mes de marzo no menos de 12 iglesias y catedrales francesas han sufrido ataques de importancia. En Nimes o en Dijon, en Lavaur o en la periferia parisina han sido ofendidos templos cristianos – acaso el más destacado sea el de Saint-Sulpice – aunque se nos recuerda que también cementerios judíos sufrieron profanaciones en las que se encontró la cruz gamada. Una misma actitud, sólo aparentemente con objetivos distintos, reúne a los de la cruz quebrada (Hackenkreuzler) con los que gustan de quebrar cruces.

Pero el fenómeno no puede ser meramente francés porque el objetivo del ataque es genéticamente europeo, pero estructuralmente universal. Los miserables ataques suceden también en Alemania donde en el Land de Nordrhein-Westfalen aparecieron decapitadas o mutiladas numerosas imágenes cristianas en la Navidad de 2016. En Españay esta misma semana la iglesia de Maside, en Orense, resultó repugnantemente ensuciada. Lo había sido antes la misma Catedral de Santiago de Compostela. Se trata de símbolos y consignas emancipadoras cuyo tenor luminoso y sereno induce, sin duda, a la meditación: “borregos”, “yo no salí de tu costilla, tú saliste de mi coño” … no será necesario multiplicar los ejemplos. En todas estas repugnantes profanaciones o simples ultrajes y lamparones se manifiestan los brillantes defensores de la sociedad universal cosmopolita: son los mismos que añaden el escarnio al infortunio del incendio que ha destruido una de las grandes catedrales de la extinta Cristiandad. La resentida e impostada alegría ante el incendio ya no es un signo extravagante propio de una minoría despreciada. No en vano la modernidad esconde bajo sus manifestaciones políticas, económicas o culturales una honda inversión teológica cuyo horizonte es el más decantado antropoteísmo.

Pero como es sabido, aunque se pretende desconocerlo, no todos los ataques proceden de los promotores de la república universal de cosmopolitas autónomos, individuossustantivos que se juzgan capaces de existir y persistir por sí mismos.

Una forma de universalismo histórico concreto se alía con el cosmopolitismo de la democracia indeterminada. Encarnado en los millones de descolonizados y emigrantesque se vierten sobre la metrópolis, crece lenta pero inexorablemente una forma efectiva de anticristianismo. Señalar en esta dirección significa, casi inmediatamente, ser acusado de xenofobia, islamofobia o etnocentrismo. Niego, sin embargo, que se trate de rechazo o de pavor. Es necesario criterio y valor para admitir como prójimo al lejano.

Sólo liberándonos de la agónica voluntad de expiación que gravita sobre Europa podríamos acoger– con el imprescindible discernimiento – a quienes habitan entre nosotros y, sin ser ciudadanos abstractos del mundo, no forman parte tampoco de la tradición que nos define. Es urgente medir esa distancia para soportarla y acaso para vencerla. Es urgente y arriesgado. Es, sobre todo, necesario.

Aceptemos el accidente, pero no olvidemos la circunstancia. Dejemos de mirar al suelo porque antes o después habrá que mirar cara a cara el rostro del conciudadano de nuestras repúblicas sin sustancia. Habrá que correr el riesgo de que, bajo una ciudadanía compartida,acaso no sea la misma la forma de nuestra alma.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (15)    No(0)

+
1 comentarios