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TRIBUNA

¿Qué cabe esperar ahora?

lunes 22 de abril de 2019, 19:56h

Aunque quizá la mayoría de las personas tienen poca conciencia del tiempo y algunos pretenden eludirlo, todos luchamos con el tiempo; y el tiempo, sucesivo e inexorable, acaba venciéndonos, luego nos olvida y al final, de manera implacable, nos elimina. Con esa proyección abrazadora y concluyente, su presencia se proyecta constante sin considerar nada ni a nadie y sobre todas las cosas. También en esta siempre tragicómica alternancia de sociedad que se llama política (“un juego sucio entre matones”, la descalificó Azorín) el tiempo trabaja de manera implacable poniendo al descubierto las melancólicas falacias de mejoras económicas y sociales formuladas en campañas electorales por sus corifeos.

Este constante devenir inapelable, suele desgastar o descalificar a sus cultores más pintados. Sucede en los países más desarrollados y también en los emergentes como la Argentina. Así, a menos de un año de finalizar el mandato del gobierno de Cambiemos, con una economía en caída casi libre que suma desocupación, pérdidas en el consumo, altísima inflación, hundimiento del PBI y el más alto riesgo país de la historia, parece dejar de a pie a quienes asumieron exultantes y prodigando futuro con un presente por demás hostil.

No le fue mal en las últimas elecciones parlamentarias. Dueño aún de un tiempo verbal que le era propicio, como en 2015, cuando triunfó sobre el kirchnerismo, seguía augurando prosperidad a través de fuertes inversiones que lloverían desde el exterior para bendecir a la castigada Nación. Nada ocurrió. Pero tampoco nada impide al oficialismo seguir usando esas ensoñaciones de campaña; junto, claro está al recurso del pasado, esa suerte de recurrente monstruo amenazador con apariencias de Frankenstein.

Los efectos, sin proyección de bienestar sobre la población resultan de tal modo nulos. Pocos creen, ni sus mismos instrumentadores, en las pretéritas medidas desesperadas de controles de precio y el futuro de la coalición se torna definitivamente incierto. Las próximas elecciones, que acontecerán en pocos meses, versan sobre qué se puede hacer para salvar aunque sea la ropa, o lo qué quedará del endeudado país en los próximos años; sobre todo sabiendo que el futuro tampoco promete a nivel mundial. Sino, tal vez, todo lo contrario. Eso hace que, con vocación colonial, algunos dirigentes espantosamente superficiales, atados al indolente pasado, supongan que el mundo los respeta sin asumir, por ejemplo, que los ignora de manera olímpica. Mientras tanto el tiempo pasa y los muestra desmantelados.

Nadie ignora que hay un porvenir que no espera y que en ese mañana las causas carecen de posibilidades de cambios positivos. “El presente no es nada para aquellos que creen que el tiempo solo existe en la conciencia”, conjeturaba el santo Agustín de Hipona. Para nuestro más cercano don José Ortega y Gasset, el tiempo, que contiene al futuro, es más importante que el mismo futuro: “No es el presente o el pasado lo primero que vivimos -argumentaba el filósofo-; pues no; la vida es una actividad que se ejecuta hacia adelante y nunca se deja de hacer. El presente o el pasado se descubren después, en relación con ese futuro. La vida, por consiguiente, es lo que aún no es”.

El problema político que enfrenta hoy Macri en esta Argentina preelectoral es que al comienzo de su mandato lo que primero sufrió la sociedad fue el futuro y recién tiempo después, cuando aquel futuro se ha convertido en este hoy, se infiere que lo que fue presente en un menos cercano que remoto pasado, es un fracaso, no por lo que sucedía internamente o en el mundo, sino porque no nos llevó al futuro deseado. O sea, que el futuro de nuestro pasado (aquel presente de ayer) fue otro. Y cada vez se pierde más en el olvido por el dramatismo cotidiano; hoy, el futuro de nuestro presente actual es juzgado en función de esa experiencia, haciendo inverosímil aún no solo lo posible que Macri pueda predicar, sino hasta también lo probable.

Es así que (ojalá lo sea) y hasta es probable, que hasta el amenazante y determinante dólar pueda ser controlado por la buena cantidad de reservas con que cuenta el Banco Central; en especial si, llegado el caso de necesidad, se decidiera usarlas, con o sin el visto bueno del FMI, que en este asunto no se lo tendrá en cuenta, ya que necesidad (o nobleza) obliga. Pero a quien no se le cree es al enunciador de ese porvenir y no a las causas que son condicionantes del futuro. Por empezar, no existe un país posible que funcione excluyendo un 30 por ciento de sus habitantes. Sin embargo, como todo es repetición y eterno retorno, algunas imágenes publicadas ahora en los diarios evocan el fatídico año 1989, cuando la situación arrinconaba al primer gobierno de la democracia, que sucedía a los militares en retirada, sin retaguardia posible. Además, en aquella vertiginosa Semana Santa, los complejos días del entonces presidente Alfonsín se enfrentaban a una hiperinflación que de la noche a la mañana desquició todo.

Por ese entonces, políticos y analistas catalogaban que los que ganaban la calle solo eran minorías organizadas; lo cual, como ahora sucede, equivale a no reconocer que esa gente padecía y sigue padeciendo (se repite la película) una situación insostenible. Los pobres no se movilizan porque les gusta pasear por las calles; son ciudadanos que no se alimentan con excusas de contención del dólar ni con magros aumentos de subsidios, menos aún con ampulosos discursos que prometen un mañana de claveles y orquídeas. Viven en estado de urgencia y de necesidad. Y en tales condiciones, la política es desplazada por la reivindicación directa e inmediata. Se dirá que los movimientos de base impulsan esos métodos. Tal vez tengan razón, pero tales afirmaciones solo sirven para desplazar responsabilidades, en lugar de admitir los propios errores e incongruencias. Con otra excusa, dentro de la misma variante, el Gobierno invoca la capacidad de los dirigentes de base, como si estos tuvieran un poder enceguecedor para convencer a gente bien alimentada y contenta para que se estacione a la intemperie y armen protestas con humeantes ollas populares que inquietan y escandalizan a los puristas del periodismo y la política.

Es así como muchas organizaciones de base, contrarias al Gobierno, participan activamente de estas movilizaciones, pero para regentearlas es necesario que previamente exista ese suelo de descontento, de frustración, de inseguridad y, lo que es más atroz, de hambre. Por consiguiente, para que las organizaciones sociales muevan una columna tienen que haber muchos hombres, mujeres y niños en situación de necesidad. No cabe otra ni hay variante posible. Aún para el horror de los desprevenidos automovilistas que sufren los cortes de calles.

No obstante, en sus elementales excusas, los ministros responsables, parafraseando al jefe del ejecutivo, insisten en que “hay un solo modelo y un único camino”; el que pretenden imponer ellos, obviamente, a capa y juvenil entusiasmo, carente de toda realidad, favorable a ciertos inversores financieros que excluyen a los productivos. Vienen después los adversarios y ahí nomás, a la vuelta de la esquina, las elecciones, que el oficialismo pretende reducirlas a un mero acto administrativo.

Creemos, por nuestra parte, que el riego es grave. Los problemas se multiplican y no encuentran posibles salidas. Todas las encuestas señalan la dificultad que da oxígeno y rearma un antecedente que se frota las manos, y todo le es servido en bandejas. Hasta los oscuros y risueños estrategas, que eligieron la guerra con la señora Kirchner como único destino político para el Gobierno, inician su retirada intentando justificar el extravío de sus asesorados; otro tanto sucede con los aliados. La mayoría del radicalismo no sabe para dónde disparar. De manera que cuesta entender que estos limitados dirigentes, sigan eligiendo desafiar el pasado mientras se transita la más cruel impotencia de mejorar el presente y convertir la esperanza en un espejismo que cándidamente denominan aún “brotes verdes” o “próximo semestre”.

La rudimentaria estrategia de los que gobiernan a la Argentina se basa en un fanático desprestigio o demonización del adversario, que no se cayó y, todo lo contrario, es alimentado para escalar hasta la cúspide. Esto con una liviandad que asombra por su ineficacia, como si fuera compartida por las mayorías más perjudicadas. De esta forma los ciudadanos se ven dañados por tan incorregibles errores que han llevado la inflación a índices que superan el 50 por ciento anual en los alimentos. Ubican, además, de esta manera a la casi segura derrota en el sitio de la tragedia y, al hacerlo, expresan su menos discutible que endeble vocación democrática. El argumento, montado es la consabida e indolente frase “el Estado somos nosotros, todo lo demás es corrupción”. Negando así, con una ingenuidad asombrosa que los pone en la misma pista de sus irremediables fracasos, una posibilidad de asumir la casi segura derrota electoral que, como un aluvión o tsunami, se les viene encima. Para colmo de males implementan ahora medidas aleatorias de controles de precios que son probadamente ineficaces.

Por más que se busquen argumentos no quedan dudas, el Gobierno de Cambiemos fracasó a toda orquesta; más aún, al elegir a su adversario como enemigo y a la confrontación como única propuesta, cayendo en la enfermedad que prometió superar. Hay un tiempo límite para el alarido de los elegantes explicando: “La culpa la tuvo el otro”, un tiempo que de sobra se ha ido gastando, a la vez que enriqueciendo bancos, piratas financieros internacionales y empresas de servicios; y, por supuesto, empobreciendo millones de ciudadanos y destruyendo buena parte de la estructura productiva del país.

En el áspero momento que se viven en la Argentina, hay dos datos que alarman: la atroz negación del riesgo de perder las elecciones y el fanatismo con el que intentan echarle la culpa de todos los males habidos y por haber al aún confuso peronismo. Se los oye todo el tiempo, con el presidente a la cabeza, denunciando culpables y negando riesgos de derrota. Intentan, de esa grotesca y modesta manera, justificar la falta de talento con la desmesurada corrupción ajena; como si también negaran la obviedad de lo lejos que están ellos de ser un dechado de trasparencia, mientras nadan en sus propios negociados.

Pero ahora, en el mientras tanto, ¿en qué se ha convertido la Argentina? Somos un indefenso país empobrecido, gobernado por bancos y empresas de servicios, invadidos por capitales golondrinas y acreedores extranjeros, esencialmente por intermediarios desesperados. Se apostó a los defectos del enemigo, impotentes de dialogar con adversarios, sin asumir que la dimensión de todos esos errores serían incapaces de revalorizar la convocatoria a la demencia que intentaron remedar. Tuvieron todo en sus manos para ser exitosos y hasta casi les resultaba más complejo el error que el acierto.

“Con el campo no nos va mal. Cuando se liquiden las exportaciones se equilibra la balanza”, dicen algunos ingenuos optimistas; otra falacia lamentable. Por otro lado, es bien sabido que el campo da poco trabajo y los productores más favorecidos (un pequeño grupo que maneja también las exportaciones), le liquidarán al Gobierno cuando el dólar los favorezca, ya que no son zonzos y han sido beneficiados por un paquete de medidas que les permiten preservar en el exterior esas ganancias.

En cuanto a las paliativas medidas que acaban de tomar, tan populistas y maniqueas como las del mejor peronismo, pretenden justificarlas diciendo que “han sido concebidas como alivio ante la presión económica”, como si a un cáncer terminal se lo pretendiera curar con aspirinas. Tremenda irresponsabilidad que nos lleva a preguntarnos: “¿y después qué”. Más de lo mismo siempre y el regreso triunfal de los que ayer se fueron humillados por la corrupción y los horrores cometidos. Dejarán deuda per secula secularom al pueblo argentino, más pobreza, quiebras y, lo peor, la amenaza de retorno de aquel gobierno que juntos, en las elecciones de 2015, intentamos eliminar definitivamente. Eso es lo terrible de los mediocres, suelen convocar todo aquello que se propusieron eliminar. Esa es la foto del presente que solo ellos se niegan a asumir.

Mientras tanto, el tiempo sucede sin dejarnos entrever ni siquiera un crepúsculo luminoso. Aterra el presente de la Argentina. “Malgasté el tiempo. Ahora el tiempo me malgasta a mí”, dice abrumado uno de los emblemáticos personajes de William Shakespeare

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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