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TRIBUNA

El latín y los latinistas

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 27 de abril de 2019, 19:24h

En el tránsito de la década de los 40 a los 50, cuando la sufrida y digna España de la postguerra –por el lado de los vencidos y también por el de los vencedores- se aprestaba a entrar con firme paso por la senda del futuro, el Instituto Nacional de Enseñanza Media “San Isidoro” de Sevilla era una pieza destacada de la gran constelación de centros estatales de la misma índole esparcidos por la geografía peninsular e insular. A punto de ser
sustituido por la gran reforma del ministerio Ruíz-Giménez –feliz innovación de la reválida elemental de 4º curso, de la superior de 6º y del COU-, el Bachillerato implantado en 1938 por Pedro Saínz Rodríguez entrojaba sus últimos y serondos frutos, merced en particular a la inestimable labor desplegada por su afanoso y muy competente cuadro profesoral, en el que figuraban, si bien en escaso número, docentes femeninas del más alto rango científico.

En el área de las lenguas clásicas descollaba en la griega con especial luz un afamado D. Julio Calonge Ruiz (1914-2012), ya con un pie en el estribo de su marcha de la capital andaluza, absorbido por la ventosa madrileña. A su vez, en la lengua del Lacio sobresalía la rigurosa y un punto atrabiliaria enseñanza de D. Vicente García de Diego, hijo del académico de la Lengua del mismo nombre, filólogo del más rancio abolengo. Mayor audiencia y reputación científica lograría, sin embargo, el tarraconense D. Sebastián Mariné Bigorra (1923-88), futuro e insigne catedrático de las Universidades de Granada y Madrid (Central), que pasaría fugaz y brillantemente por el claustro isidoriano con estela que tardaría, empero, en apagarse.

Comediada la mencionada década de los 50, y reemplazando a D. Julio Calonge, obtendría la cátedra de Griego el cántabro D. Antonio de la Orden, que no tardó en ingresar en el entonces prestigioso Cuerpo de Inspectores de Enseñanza Media, donde desarrollaría una titánica y entusiasta tarea, tras una estancia muy fructífera pero pedagógicamente controvertida en el antecitado centro hispalense. Y ya en el arranque de la “década prodigiosa” tomaría posesión de la cátedra de Griego la salmantina Dª Esperanza Albarrán Gómez, quien durante más de un tercio de siglo (1961-98) convirtió su aula en un poderoso e imantador foco de vocaciones humanísticas, con una acribiosa docencia que llegó a encandilar a centenares de alumnos, en los que se reclutarían tiempo adelante algunas figuras descollantes de las Letras españolas en sus diversos ámbitos, a la manera, v. gr., del modernista sevillano C. Martínez Shaw.

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