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Gatos y calaveras para arder mejor

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 03 de mayo de 2019, 20:31h
Actualizado el: 05/03/2019 20:36h

Miguel Ángel Gómez (Oviedo, 1980) escapa de la huesa, huye de la bicha, el café es su templo y su escritura en servilletas cada vez produce más libros. “No es que en España se folle poco es que siempre follamos los mismos –dijo el clásico- e igual pasa lo mismo con los libros, la letra impresa, visceral y vivida o nada en absoluto. La palabra arcana en el último libro de Gómez lleva a otro mundo: Gato encerrado (Pi Ediciones). El rebuzno lírico de David Gistau este jueves pasado en El Mundo queda ahí: “En realidad, me da pena pensar que no volveremos a oír a Casado decir cosas como Frente Popular o felón, era un poco como ver una película de Vicente Parra”. Frente popular o felón, sí, lo toma Casado, del último esteta de las letras patrias, Luis María Anson, que lo ha repetido en todos los idiomas por encima y debajo del ombligo. En arte no hay progreso –lo dijo Pere Gimferrer en la noche de los tiempos-: tan bueno es Altamira como Picasso. En la palabra vivida –segunda lección para Gistau- no hay tiempo: Quevedo es actualísimo, una vez digerido, el lenguaje excelso en la cima más alta produce la mejor espuma. Vicente Parra es lo que tú haces, en la dieta de hamburguesas y garrafón apestoso.

Miguel Ángel Gómez entra en la gatomaquia de Lope, perfila amores mientras cocina y escucha a Van Morrison, vive el amor por los andrajos del vagabundo, que es siempre un bonito modo de empezar. Hace del verso aliento y café, la mochila llena de cachorros de gato, fuego siempre en la máquina expendedora de no escuchar a las ratas soplonas. Maúlla Gómez en su libro sobre gatos mientas los halcones –jark, jark, jark- vuelan en derredor y aúllan chacales con el sorbido seso pero todos a cubierto gracias al perfil de gárgola y arma fría de un Wyatt Earp. En la moneda tuerta del café –seguimos- vive Miguel Ángel Gómez su presente permanente de vivir ajeno a victorias y derrotas, siempre él mismo, allá “donde Monalisa tiene el humo que le sube a los ojos en espirales”. Su única obsesión después de tantos libros curiosos ( Monelle, los pájaros; La polilla oblicua; Pabellón de ciervos; Sombra; Canciones acusadoras) es la más válida: progresar o no como escritor. El subterráneo es su hábitat –los cafés de Burgos, Lavapiés o Cádiz- y en su mochila cherokee cabe siempre un cachorro de gato para ser más limpio y humano. Hambrea España, y un Miguel Ángel Gómez que toca fondo y colecciona monosílabos es lo que nos hace falta, sí, para follar mejor en las pensiones y llamar todos los días a nuestra madre, que son los dos deberes más honestos con el ser humano que caben en mitad de todas las verdades inmensas de picadillo y ojos nerviosos -las del bipartidismo-, que ahora es una piara muy golfa, donde retozar y echar el gofio por el naso se premia.

Gómez escruta la gran ciudad –a la manera de Baudelaire, como Henry Miller- y todos sus libros son uno solo, aquel de pulsión de vida, oxígeno diario mordillo a dentelladas y masticado entre clavos. Cita a Nietzsche y se cita a sí mismo: “Vivir peligrosamente/ Vivir desnudo y sin avergonzarse”. El estado salvaje es la nueva bohemia, y así la única rebeldía válida es no comprar, como profetiza desde León uno de nuestros últimos premios Cervantes más honestos, Antonio Gamoneda. Gómez ve a los vagabundos más delgados como patatas fritas, bebe su batido de fresa, su relámpago de ocasión, no paga nada y solo cree en esa luna de ducharse junto a la amada y salir a la calle sin secarse ni pedir cuentas. Las puñaladas de Gómez, abierto el libro al albur, a gollete, me dan para media noche: “Sin ti el silencio es un inmEnso ruido”. La pureza de Gómez son sus versos, los ojos hinchados por el afán conciliador, las pezuñas afiladas para ser eso, más y más gato, ajeno al asfalto y en el tejado mojado permanente.

La portada (gato junto a calavera) de Federico Granell, que expone en Madrid y lo vende todo, que expone en París en pequeñas galerías similares a pequeñas tiendas de antigüedades y lo vende todo, que es nuestro Hopper en sus soledades aceradas de aeropuertos y mansiones deshabitadas, sin haberse enterado casi nadie de los del podio y el puro encendido. El gato –lo sabe Gómez- es lo contrario al egoísmo. Las sombras –emboscarse- es lo más honesto. Lo decían los de Ajoblanco: dar vueltas y más vueltas –a la hora de meterse drogas- para luego ya no cambiar de sitio, inmóvil y pleno. La sabiduría gatuna –Lope y Gómez- nos lleva a otro mundo sensitivo, no necesariamente pasado por la razón en que pobreza y libertad son el auténtico paraíso zen. Otro verso para pasar saciado el día hipócrita de mañana: “Dispondremos nuestros libros en cestas de naranjas”. Gómez es juventud, luz de luna, ruiseñores en corro, el mejor hechizo para todos en baratura y colmado chino. Deprisa el mejor poeta se afeita la cabeza. La lluvia trae caramelos y tus ojos grandes son el mejor pomo para la soñada puerta: volvamos al lecho, amor, gracias.

Diego Medrano

Escritor

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