No me gusta hablar de política, bien sabe Dios que me da cien patadas, lo mío es el costumbrismo, lo psicológico y el factor emocional llevado a la literatura y para ser más exactos al género teatral y a la narrativa, pero como veo que en cosa de décadas se ha pasado de no hablar nada de política a pasarse el día entero hablando de lo mismo, hasta llenar y utilizar toneladas de tinta en ese “monotema” que parece absorber y emborronar el alma y el cuerpo de los españoles, voy a intentar abrirme un huequecito para que los lectores sepan que ni me he exiliado ni me he ido al otro mundo.
De las dos entrevistas televisivas hechas de forma simultánea a los líderes de los partidos en activo, deduje a los pocos minutos de escucharles y verles que ninguno de ellos es hombre de Estado, y cuando me refiero a hombres de Estado me refiero a aquellos que habiendo tenido experiencias diversas dan un ejemplo de unidad frente a las fuerzas disgregadoras de esta nación milenaria.
Así, pasado ya el tiempo, puedo decirles que me pareció todo un poco humillante para ellos en su intervención televisiva conjunta. Los candidatos hablaban a una velocidad vertiginosa, obligados y entrenados por sus monitores, incluyendo en cada intervención e interacción cantidades inmensas de cifras, promesas y datos referidos al público y al adversario, pero también interrumpiéndose abruptamente para zaherirse y atacarse sin piedad los unos a los otros, presentando incluso pruebas documentales , por sorpresa, ante el mayor número de personas para destruir al adversario.
Horas después quedaba demostrado que esas pruebas documentales eran falsas o se correspondían a otro caso distinto.
Profusión de partidos y de fuerzas políticas, algunas excesivamente parecidas, con frecuencia mayor agresividad entre los líderes que explicación de sus proyectos políticos respectivos. Embustes y mentiras de tomo y lomo que desacreditando tanto a los titulares como a sus fuerzas políticas representadas, constituyen un grigay colectivo y un ruido mediático de fondo con frecuencia insoportable e innecesario, y por supuesto una clase política tanto excesiva como mediocre, presentando el futuro de la realidad nacional como algo preocupante, confuso y complicado.
Hace pensar que España es un país difícilmente gobernable, donde a fin de cuentas cada español pretende ser el líder de su propio partido político, de su “ínsula Barataria”, de su peculio.
Menos política y más seriedad. Menos descalificarse y más soluciones. Menos grillos que cantan a la luna y más gestores trabajando en silencio por el bien común de todos y la unidad de España.