Levantó el vuelo desde su épica, lírica y leyenda, Esperanza, Pitita Ridruejo, icono kitch, joyón pop, adorno y calambre galvánico bajo los mejores cortinajes, esgrima de la aparición mariana y el parné a raudales de sus pisitos de mil metros cuadrados, plata y diamantes, ostras y perlas del tamaño de algunos melones, champán francés para no arrugar, diva de las olas y manifestaciones de peces en sus cardados de fantasía, Bernini hacia dentro de pechitos como cerezas o nueces, nariz larga y judía con la que desplazar a pesados en un desplante como Lázaro de Tormes junto al cegato en Salamanca, frente al toro de piedra con dos cojones como dos obleas. Oh Pitita, muleta umbraliana eterna, mulata en la noche de Joy Eslava bajo las luces estroboscópicas y golosas, gotelé mágico de la alta socialité y el couché con lentejuelas pero también chiscón con vino de Toro o Carileña, cazuela de barro y muchas lentejas obreras cuando todas las miradas del tajo levantaban los ojos del pan para grabarla sin olvido. Body made in Spain con todo el lujo de una Marilyn sin Ray Ban ni barbitúricos, boca de lobo en sus dos ojos, manos largas como promesas de las que no se acaban y se besan y ruegan por el Rastro.
Pitita de blanco junto al Papa Wojtila, Pitita de más blanco en Marbella con Adnán Jashogyi y demás jeques, Pitita inmaculada frente a la peluca de Warhol en un Madrid donde la bombilla americana, siempre pálida y rara, miraba con sus ojos quietos y zombis de batracio –como escrutan algunos borrachos- sin que le saliese nada del alma salvo tocar el botoncito de la cámara colgada del cuello, tal y como los bebés llevan su chupete feliz. Pitita con Fellini, de muy oscuro, con el Rey y sus hermanas, la mantilla más alta del desfile de ciervos; Pitita con embajadores de medio mundo en pieles suaves, únicas, donde alguno oía sonidos extraños si acercaba la oreja, ese aroma de lo salvaje domesticado, la pura aristocracia rendida y doblegada con su voz pacífica, ajena a los apuros. Se lo dijo una gitana por la radio en una ocasión: “Con tol dinero que usté tiene no me extraña que vea a la Virgen cada mañana, y si tira de cajero incluso a tós los de más arriba”. Pitita no era de más arriba –he ahí el fallo glamuroso- sino de más abajo, siempre al cabo de la calle, felicidad y cortesía, junto a unos libros que le salían muy derechos, muy tiesos, porque la curva en la caligrafía solo la tienen los pobres por culpa de dejar cada poco lo que están haciendo por si se les quema el cerdo en la olla al fuego: Memorias, La Virgen María y sus apariciones, Sobre el mundo espiritual, Mi corazón trifunfará: apariciones, milagros y profecías para entender el futuro, etc.
Se fue Pitita, sonríe desde el cielo, nube púrpura y oro como el himno que Marquina escribió para la boda de ese desgraciado y putero tuberculoso llamado Alfonso XIII:
“Púrpura y oro: bandera inmortal;
en tus colores, juntas, carne y alma están.
Púrpura y oro: querer y lograr.
Tú eres, bandera, el signo del humano afán.
Gloria, gloria: corona de la patria,
soberana luz
que es oro en tu pendón.
Púrpura y oro: bandera inmortal
en tus colores, juntas, carne y alma están”.
Pitita nacional: duelos, quejidos y quebrantos en todos los periódicos patrios, bolas de matorral seco que cruzan el recuerdo como en las películas del Oeste, diva de las revistas y singularidad del bronce frío, gárgola y espita en las mejores televisiones encendidas, rica por su casa y peatón común con aquellos dedos como autopistas de veras interminables, nube o pecera a título de cabello, alta como jirafa y nunca altiva, con un vino tinto en Casa Lucio esperando por un par de huevos fritos para hacer la comunión y el milagro entero de panes y peces, tal similar al de tu cartera como un abanico de mucho color, entre Paloma Segrelles y otras tantas guapas de yogur sin caducidad, tiempo lechal donde cada hora es pasarlo mejor y posar.
Hay mucha similitud entre famosas e intelectuales: las hay herméticas (Isabel Preysler), mihuras (Isabel Pantoja), cultas y al mismo tiempo distantes (Ana Patricia Botín), resultonas y casi por duplicado (las Koplowitz), campechanas sin más cuidados paliativos ni adjetivos (Pitita). Tuvo todos los candelabros alrededor, y quiso hacer pública su fe, lo que es muy loable, sin perder humor, noches y sí el fajo de billetes con los palmeros habituales, todos desperrados por culpa de la saliva y el pegamento de ser tan pegajosos. No perdió el norte, no buscó ser quien no era, y con todos los fuegos mínimos de sus velas como corona, sí, conquistó al pueblo español, que le profesaba simpatía y desvelos. Hubo algo en ella de mecenas literaria –Paco Umbral- y artística. Se rodeó de todos los grandes –de Warhol a Fellini- y ninguno de ellos la entendió, por la sencilla razón de no asentir ni buscar absolutamente nada explícito. El whisky –tal vez a diferencia de Ava Gardner- lo tenía pagado desde hacía mucho y la vida social así –con todo cubierto- no dejaba de ser un pasatiempo más, como quien va al callista un lunes por la tarde mientras enciende un porro con un billete de cincuenta euros por traer papel. La luz la llevaba entera ella porque el creador de cerca –Warhol o Fellini- daban siempre ganas de darle un billete, un beso o un bocadillo, sí, como a un pobre a la entrada de una iglesia, notoria la carestía del narrador en el mínimo flash. Todo se explica por la dinámica de lo lleno y lo vacío –principios presocráticos-: ella estaba llena y los demás, tras el carro de la creación, pasaban apuros anímicos, pecuniarios, espirituales o de simple bragueta. Ella no buscaba nada y por eso –como Picasso- siempre lo encontraba todo.
¿De qué hablaba con los Kennedy? De lo mismo que con Mario Vaquerizo o Alaska: literatura inglesa –la que ella había aprendido en Belmont- y filosofías orientales –en plural- y también parapsicologías varias –no solo marianas-. Fue alcurnia soriana de muchas pesetas –la de los Ridruejo, la de los Brieva- pero fue mucho más elegancia de la palabra oral a juego con lo impecable del atuendo. Discurso oral, palabras que se mastican, chistes capaces de reírse primero con los ojos, historia de las religiones que comienzan con las bolas de billar o carambolas nada estudiadas de saberse colocar en un cóctel sin rapiña. Jet-set, alta sociedad, visones de la Virgen María, besos con Cuqui Fierro sin pegarse el morro, y la evanescencia, la gasa que la hacía volar por sus palacios y pasillos de muchas monarquías sueltas. La abuelita para quien los nietos son todo en la vida y siempre hay una fuente mineral y manantial de fantasía en un discurso contra el cartesianismo, contra la razón, porque la vida requiere solo un ancla, el onirismo imaginativo, aún en linde con la paranoia, deshacer lo real, que fue lo que se propusieron todos los románticos de las grandes nacionalidades, empezando por ella. La primera aparición literaria, fines de los ochenta, sin euros ni precariado, fue Pitita. Era Thoreau, en el lujo infinito, explicando lo natural del mismo, sin despeinarse ni pintarse mal los labios, que es algo muy feo, sobre todo previo al contacto carnal de cualquier tipo. Estatua para Pitita, calle para Pitita, más libros para Pitita y, en la hoguera permanente de su recuerdo, este padrenuestro infinito de chinchón por el que termino estas líneas, cuajado en lágrimas y ya de luto antes de salir a la pista de baile a seguir moviendo un rato el melocotón.