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Las hazañas del reportero del tupé

viernes 10 de mayo de 2019, 20:11h

Javier Jiménez, alías Javier Fórcola para todos, es el editor más exquisito del país. Sus chalecos de punto, sus pajaritas de ensueño, sus trajes y americanas de buen paño, sus mofletes de roedor incansable de lo libresco, sí, hacen de su feudo –Fórcola Ediciones- la auténtica gruta del tesoro. La cultura es bífida, se divide en dos, valores de desecho (la novelita que leemos, apuramos sin pasión y acaba en un banco o marquesina urbana con destino a otro) y los valores de uso (el libro que atesoramos, guardamos, y volvemos sobre él una y otra vez). Igual pasa lo mismo con la alimentación: comida basura frente al gran festín. Fórcola, Javier, ha decidido montar toda una empresa editorial sobre los valores de uso, auténtica epopeya. No obstante los libros de Fórcola se abren paso, saltan lo justo en las bateas de la Cuesta de Moyano u otros saldos, crecen y alimentan.

Fernando Castillo (Madrid, 1953) es licenciado en Ciencias Políticas y Ciencias de la Información, trabaja en la Administración Pública, sus libros en Fórcola nacen del ensueño y la investigación pormenorizada: Noche y niebla en el París Ocupado: traficantes, espías y mercado negro (2012), París-Modiano: de la ocupación a Mayo del 68 (2015), Los años de Madridgrado (2016), Constelación literaria durante la Ocupación (2017), La extraña retaguardia: personajes de una ciudad oscura. Madrid 1936-1943 (auténtica corte de los milagros, bohemia eléctrica y lisérgica, del año 2018). Su último libro es un disparo al corazón, por medio de la alegría, capaz de producir los más bellos insomnios: Tintín-Hergé: Una vida del siglo XX. Luis Alberto de Cuenca es drástico y radical en el prólogo: “A mí me parece, y lo digo alto y claro, que hay tres individuos que retratan el siglo pasado con una nitidez y una contemplación extraordinarios, y que destacan por encima de los demás como representantes genuinos de esos cien años: me refiero al británico –nacido en Bloemfontein, Sudáfrica- J.R.R. Tolkien, al norteamericano Walt Disney y al belga Georges Remi, llamado Hergé, tres gigantes de la comunicación, el primero desde la esfera de las letras, el segundo desde la del dibujo animado, y el tercero desde la del cómic (o historieta, o tebeo, o como prefiráis llamarlo)”. La historia de Hergé –en los veinticuatro álbumes de Tintín- minuciosamente anotada en lo que fue la llamada “línea clara” –iniciado De Cuenca por Juan Manuel Bonet- y que luego continuaría con otros muchos –Jacobs y Blake y Mortimer- es toda una tradición.

¿Por qué Tintín? Castillo lo explica sin tartamudeos: “Es una aproximación al recorrido de un personaje que encarna lo mejor de los valores que inspiran la sociedad europea y que aplica en circunstancias que, si en el momento de escribirse eran actualidad, ahora son historia. Tintín aplica una poética de los derechos humanos, desplegados en el repudio del autoritarismo y en la defensa del oprimido y de las minorías, acudiendo a razones que están en el derecho natural, sin recurrir a posturas ni ideológicas ni religiosas, algo especialmente difícil en el siglo del compromiso y de la intolerancia”. ¿Hay arte en Tintín? Vamos con el segundo entrecomillado: “El estilo de Hergé está definido por un dibujo plano, sin sombras, en el que el siluetado continuo domina en perjuicio de los volúmenes y la expresión, y en el que el ángulo se impone sobre la recta. Es un estilo luminoso que dota a las viñetas tintinescas de una aparente sencillez y transparencia. En ellas hay un hilo que lleva a los maestros flamencos y holandeses, desde Memling a Vermeer, a quien tanto admiraba Hergé, pero también hay otros referentes cercanos, como el que conduce a los artistas del realismo surgido tras la Segunda Guerra Mundial, desde los dibujos de Grosz y Dix al realismo mágico practicado por Carl Grossberg o Christian Schad, o a la figuración de Albert Marquet y de Raoul Dufy, casi lírica, a lo Bores, tan cercana a veces a la pintura fruta”. Toda esta línea seguirá, según Castillo, en el arte pop con los británicos Caufield y Hockney, además de los británicos Wesselmann y Lichtenstein.

Biografía, arte de vida, metáforas detrás de los mejores dibujos, profecías conforme a los mismos, ciudades con mensajes cifrados, ideología y sociedad, política y rebeldía, todo en la voz baja de Hergé con aires a fiesta plena. Hergé jamás perdió de vista la Historia, con mayúsculas, concebida con otras mayúsculas, siempre como Actualidad, desde la Alemania Nazi a La Meca o cualquier otro lance del atrevido personaje. Su periodismo, también el del reportero del tupé, es de proximidad. La serenidad de Tintín es su diversión. La crítica social de Hergé discurre en mascarada, velada, al sesgo, y es lo que destripa Castillo con el escalpelo de los más grandes y un mapa internacional sin titubeos. Goce absoluto, magia boreal, aire pleno.

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