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¡Qué bien entierra España!

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 14 de mayo de 2019, 20:06h

Alfredo Pérez Rubalcaba tuvo exequias fúnebres de gran Jefe de Estado. La Carrera de San Jerónimo fue un alud de viudas y viudos, los duelos y quebrantos ocupaban en algunos casos medias caras, charcos junto a las aceras de tanto como era querido el hombre fuerte (con Felipe pero también ZP) del Partido Socialista. Llegó la muerte con guantes de jardinero –como en el poema de Gimferrer- y segó el breve hálito vital, estertor de seda y humedad, pajarita de cielo en el telón de boca. La vida es corta –sentenció Lope-: “Viviendo, todo falta; muriendo, todo sobra”. De los muchos testimonios vertidos en el bancal en llamas del recuerdo me quedo con el de José Antonio Zarzalejos, exdirector de ABC, con los ojos cuajados en lágrimas y la voz rota explicaba por televisión la austeridad del exministro, el caso ninguno que hacía a ropas caras o restaurantes de postín, la misma vivienda durante toda su vida en Madrid, el no rotundo –como Guerra- a consejos de administración, puertas giratorias, suelditos por hacer de tonto y mover mucho la cabeza arriba y abajo o hacia la derecha e izquierda. Lloraba Zarza por el viejo amigo, mandaba condolencias Zarza con frío abrasador en todo el cuerpo, nos explicaba Zarza al amigo con ecuaciones y muchos silencios, paréntesis, ganas por fin de quedarse a solas y echar el moco.

Joaquín Leguina dio en el blanco en su obituario: “Estos trajines en la cosa pública traen consigo más penas y desprecios que alegrías y agradecimientos”. A España le gusta enterrar –dijeron todos nuestros clásicos- y poco señalar o aplaudir la valía allí donde ésta se produce. ¿Una anomalía el señor Rubalcaba? Seguramente, sí. Fue, ante todo, hombre de estado, jamás próximo a ningún separatismo, puso el mejor punto final a ETA, su frugalidad de pollo con patatas fritas recuerda un poco a la tortilla y café solo de Adolfo Suárez. No hay más política –vino a decir Leguina- que la del “arte de durar” y Rubalcaba estuvo años en eso, en la aventura de la vanguardia y la retaguardia, sin perder sillón ni ocasión, siempre en una expresión pública lúcida, muy gestual, mesándose la barba como un santón a domicilio, sonriendo con la mitad de la boca, que es la segunda condición para durar y seguir durando. Fue el rey de los químicos de la Complutense (Pilar Tijeras, Pilar Herrero, Maria Luisa de Paz, José González Calvet, Jaime Lissavetzky) y todos, entre humo negro y tubos de ensayos o probetas, sí, aprendieron un poco a reír igual. El vasito de vino entonces –esos vasos del whisky en las películas del Oeste- le quedó como el café con leche después, orla y símbolo de la mesura, algo que también puede durar toda la tarde porque no conviene gastar, y el vaso vacío, cuando se le da vueltas y más vueltas con las manos, está lleno de ideas, y así se le mira mucho, a punto de abismarse, ser otro tragado por él, que era lo que hacían los bohemios pegajosos del Gijón, sin dinero ni voz para pedir agua o un copazo.

Respeto, afecto, condolencias, el señor Alfredo Pérez Rubalcaba hizo llorar o emocionarse a dos reyes –emérito y vigente- y todo su ataúd –sospecho- estaba lleno de secretos. Nadie manejó tanta información ni tantos puros. Cuando se ponía un objetivo ponía un puro en lugar destacado de su despacho –así ocurrió con el etarra Txeroki- y no se lo fumaba hasta conseguirlo. Me parece un gran sistema. Jamás tuvo rivales y a todos, con café, puro y vino supo metérselos en el bolsillo. Político sin rivales, casi una paradoja, pero hay que saber mucho de los elementos sólidos y gaseosos para llevarlo a término. Mandaba callar al público mientras daba un mitin, y a todos el gesto les hacía como estar en clase, y fue al modo quevedesco, por supuesto, maquiavélico e intrigante: “Oigo todo lo que dices y veo todo lo que haces”, dirigió a uno de sus secuaces y corrió entre varios el testimonio como una epidemia negra. En 2011, proclamado candidato del PSOE a la jefatura del Gobierno, se dejaba ver por todas partes conduciendo su Skoda rojo matriculado veinte años atrás. La leyenda popular le tildaba de vanidoso, por estar siempre en zona de sombra del poder y de su propio partido, y ahí fue donde sus silencios secos comenzaron a hacerse fuertes. Mucho azul marino, mucha corbata rasa de un solo color, mucho hablarle a todo el mundo como si fuese gilipollas, sus negociaciones eran implacables porque sabía lo máximo de la seducción personal, que es siempre escuchar, no oír sino escuchar, entendiendo por tal prestar atención a lo que se oye, para luego ya hacer lo que nos da la gana. Qué bien entierra España a los hombres de bien, hay mucho en este país de eternos viudos y viudas del mismo, La Pantoja en todas sus variantes, aún con calva y barba de un par de meses. Su mejor escaño fueron las formas: jamás una palabra fuera de sitio, ningún cabreo, nervios de acero y pulso de corredor de fondo, última lección política: evitar siempre los cien metros lisos. Entrega a sus ideas, cartesianismo pleno, ajeno al eslogan y la pancarta. Inteligencia –dicho de otro modo- en el venero de la discreción y prudencia. Descanse en paz.

Diego Medrano

Escritor

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