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TRIBUNA

La gran casa común de la humanidad

lunes 20 de mayo de 2019, 20:28h

Acabo de leer el libro de David Van Reybrouk Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia y he pensado, quizá porque, como escribe Diego Medrano “Los demás usan corbata, billetera, trajes caros / anillos ocupando medio medo meñique, / sonrisa tan perfecta como una catedral” -Monstruos de papel-, que todavía no nos hemos dado cuenta -algunos, la mayoría, todos los que viven en la gehena, no yo y mis amigos- de que el mundo, este gran teatro del mundo, Gea, el asteroide que vino del Universo para traernos el agua y crear así la Tierra es, en el fondo, civilizatoriamente, social y políticamente el volcán de las Bermudas, todo un misterio geológico. Podríamos decir que, en estos precisos momentos en que la vida en esta aldea global se está humanamente descomponiendo como el azucarillo que se vertía para enverdecer la absenta -aquella bebida alucinógena de los poetas bohemios-, no nos queda más remedio que, como filmó Garci, Volver a empezar.

Y es que David Van Reybrouk -ensayista, historiador y arqueólogo nacido en Brujas- nos propone que, como es evidente que la actual democracia representativa, cruel realidad azotada por un capitalismo extenso, “sol negro de la melancolía”, bicho como en el que se convierte Gregor Samsa en La Metamorfosis de Kafka, absurdo e intemporal, ya no da para más, ha muerto como Nietzsche mató a Dios o como Kronos castró a su padre Urano, es decir, ha recompilado todo acto de barbarie. Por tanto, ilustres lectores/as que no leéis lo verdaderamente interesante para ustedes vosotros/as, ha llegado eltiempo en que las trompetas vuelven a sonar ante la aproximación no de un apocalipsis, sino algo mucho más serio, ante la cercanía de la estupidez, la necedad, la ambición, la lujuria de la política, la mentira como propiedad de una intelectualidad salvaje y furia e hideputa.

Créanme, estamos ya ante un punto de inflexión que únicamente se resuelve de dos maneras, como todas las cosas: o tiramos para detrás -es decir quedarnos como estamos- o nos lanzamos, con todo este Círculo en el que estamos ya algunos dentro de él con la intención de coordinarnos y avanzar hacia un lugar nuevo en el mundo, hacia la creación de un no tan original sentido de acometer otra forma de democracia. Lo escribe Reybrouk: “Los políticos piensan en el bienestar de la sociedad, pero siempre con miedo a perder las próximas elecciones”. Sentenciamos formulando la pregunta: ¿O aceptamos que la democracia desaparezca o la revisamos nosotros -el Círculo está abierto- y la reformamos? Toca la hora de stopear a nuestros representantes políticos que más bien, en su inmenso conjunto, se representan a ellos mismos, al status quo propiciado por esta dinámica que ensambla victoria con derrota, buenas intenciones con odio, optimismo fingido y manipulado con el más fraudulento pesimismo que ya padeciera la Prostituta y la caída de Babilonia. Viajemos al fondo del olor de los paisajes, a la belleza de la mujer en su interior de revolución palpitante y prometeica, en definitiva, a otra manera de crear, de sentir, de ser, de estar, de hacer de la voluntad no una utopía, sino un Planeta dentro de otro Planeta.

Ya existen -sé que muchos ni se han enterado- focos en donde está funcionando esa otra Comunidad que al alba emociona al nuevo ser humano, gracias a su bondad y cooperación, a su ausencia de egoísmo o a su -ya tocaba- irrupción genuina y sin vuelta atrás en este tiempo en que el miedo ya va desapareciendo, en que la gente, la ancianidad, la juventud, los niños con sus colores en el mapa se han sentado y han citado a Paul Valéry: “Suena el viento: hay que vivir”. Estamos a punto de un cambio de paradigma que entre la gente que quiera adentrarse en este Círculo andante, de futuro, andrógino, amante y vivísimo ya ha calado y ya se está expandiendo gracias a la marcha de las vivas legendarias. Por ello hay que gritar como lo hizo César Vallejo: “El chorro que no sabe a cómo vamos, / dame miedo, pavor. / Recuerdo valeroso, yo no avanzo. / Rubio y triste esqueleto, silba, silba”.

Ningún historiador negará que la democracia participativa hace milenios que fue creada -Pericles, la Antigua Grecia-. Incluso ningún historiador negará que sucedió mucho antes: en nosotros cuando éramos comunidades prehistóricas. Y es que no hay otra salida que apostar por que la voz del hombre, la voz de los millones de hombres y mujeres que están ahora aquí y que seguirán estando cuando nosotros ya no estemos aquí es el susurro de los pueblos hermanados y conciliándose armando redes de colectivización, de posesión de verdades necesarias, de formulación de debates en las plazas, en los parques, en el interior de las iglesias devueltas a los ateos, un susurro que yo he sentido al leer Hojas de hierba de Walt Whitman. No se trata -propone Reybrouk- de mediante la tecnología acuchillarnos con referéndums ante una cuestión embarazosa. Los referéndums no son nada más que ir la mitad de los unos contra la mitad de los otros -ahí está el fracaso del Brexit, etc.-. Se trata mejor de un revisionismo asambleario en donde se relate un plan de acción ante el poder representativo de la actual democracia. La mejor manera de enfrentarse a la imposición o al autoritarismo -la actual democracia cumple estos requisitos- es negarse a aceptarlos. La calle es más sabia que los parlamentos. Los ancianos analfabetos saben más que los jóvenes politiquillos que dicen haber estudiado en la Universidad -cuando todos sabemos que la política es un club de amigos o, algo peor, los hoteles de Bilderberg donde el capital se reúne para comprobar dónde hay que desestabilizar un país o cómo hay que hacer para enmudecer las palabras comunes de la gente común-. Una calle es el Mundo entero.

Contra la democracia viciada, el gozo de hijar una próxima forma de estar dentro de la Gran Casa Común de la Humanidad.

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