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TRIBUNA

La Nueva Ruta de la Seda

Alfonso Cuenca Miranda
viernes 24 de mayo de 2019, 20:30h

En medio del fragor de la llamada guerra comercial entre Estados Unidos y China cobran mayor protagonismo los análisis geopolíticos que anuncian un cambio de signo en la historia universal. El ascenso del gigante asiático al estatus de cohegemon mundial y la tan cacareada desde hace tiempo decadencia de Occidente resumirían el referido proceso.

La competición geopolítica a la que se asiste en la actualidad pone una vez más sobre el tapete las dos grandes tesis en la materia elaboradas a finales del XIX y comienzos del XX. Como es sabido, de acuerdo con la teoría del alemán Mackinder el corazón del mundo se halla en la llanura central asiática (cuyos límites occidentales llegarían a Europa oriental), quien domine el heartland domina todo el planeta. Frente a ello, según la doctrina iniciada por el almirante estadounidense Mahan el control de los océanos es el factor clave. Atenas contra Esparta, una vez más.

Al margen de la inminencia o no de un nuevo capítulo del “auge y caída de las grandes potencias” (tomando prestado el título de la célebre obra de Paul Kennedy), lo cierto es que coincidiendo casi con el cambio de siglo es claramente perceptible un desplazamiento del eje mundial hacia el este.

Europa fue rectora de los destinos mundiales desde el siglo XVI, en gran medida por cuanto que, debido a sus propias necesidades, fue capaz de responder al desafío, al challenge en sentido toynbiniano, que se le planteaba, descubriendo otro continente, lo que le permitió dar el salto adelante que inaugura el círculo virtuoso que le colocaría a la cabeza mundial: recursos, metales preciosos, capitalismo, adelantos técnicos, libertad de pensamiento, reformas, superioridad militar… Baste recordar con el maestro británico que constituyó una auténtica sorpresa histórica que fuera Europa la descubridora de América. China en los siglos XIV y XV se hallaba en mejor posición desde el punto de vista técnico para haber emprendido la aventura, pero no tenía necesidad de ello, entre otros motivos por basarse su alimentación en una agricultura intensiva como era la del arroz, no existiendo por tanto las carestías que asolaban periódicamente a un continente como el europeo en plena expansión demográfica.

Si Occidente ha hecho en buena parte el mundo de las últimas centurias, la nueva realidad nos pone de manifiesto que, sin embargo, existen otras cosmovisiones, otros sistemas de valores y, en general, otros intereses, distintos de aquellos que, desde el Viejo Continente y al otro lado del Atlántico, hemos considerado como únicos. La visión eurocéntrica de la Historia aparece cuando menos matizada por mor de los nuevos-viejos actores. En este sentido, la representación del mundo a partir del meridiano de Greenwich no parece ya ser la perspectiva más adecuada para contemplar la dinámica del devenir mundial: existen otros posibles mapamundis, pudiendo traerse a la memoria el conservado en Estambul en el que a fines de la Edad Media se situaba el centro del mundo en una ciudad ya desaparecida llamada Balasaghun, en la actual República Kirguisia. El protagonismo occidental a lo largo de los últimos cinco siglos es reversible, pues pueden ser otras regiones las que en el futuro inmediato se hallen en mejor posición para responder a los desafíos de nuestros días.

En el aspecto indicado, es cada vez más frecuente la invocación de la denominada Nueva Ruta de la Seda como una suerte de corriente semejante a la del Golfo llamada a modelar los destinos mundiales en los próximos años. No faltan incluso quienes señalan que tal eje geopolítico nunca ha dejado de regir el sino de la humanidad. Allí surgieron las primeras civilizaciones, las primeras ciudades (Ur, Lagash, Mohenjo-Daro…), las grandes religiones monoteístas que han marcado el espíritu de los hombres, las invasiones bárbaras, el Islam, las cruzadas, la competición por la India entre las potencias occidentales, el duelo a muerte por el dominio de la zona entre Alemania y la URSS en la segunda guerra mundial, el conflicto árabe-israelí, el control del petróleo… En este sentido, su ámbito coincidiría con el heartland mackinderiano y sería el principal tablero de la versión actual del decimonónico Big Game entablado entre Rusia y Gran Bretaña. Allí se sitúan países claves como Irán o Afganistán, y junto a ellos otros más extraños para el imaginario occidental, pero cuya importancia como cuenta en el collar mencionado no cabe minusvalorar: en este grupo se insertarían todos los “…tán”, confundidos en nuestra mente en un amasijo indescifrable. Su riqueza en recursos energéticos y su posición privilegiada en el nuevo eje los convierten en piezas codiciadas.

Precisamente a la luz de lo señalado deben interpretarse los acontecimientos más recientes de nuestra historia, desde la intervención- “salida a medias” norteamericana de Afganistán e Irak, las fintas y contrafintas diplomáticas estadounidenses con Irán, la recuperación de la grandeur rusa con atención preferente a sus exrepúblicas sureñas y Estados aledaños, hasta la política “veneciana” realizada por China en la zona. La fundación china de emporios a lo largo de la costa asiática meridional, con la financiación de puertos en los puntos estratégicos de las rutas navales así como la construcción de grandes infraestructuras de transporte (tren de alta velocidad a la cabeza) y de oleoductos que desde el corazón del mundo tengan como destino privilegiado el territorio chino son muestras de la atención preferente que el Imperio del Medio presta a la reapertura de una ruta que muchos creían relegada para siempre a los libros de Historia. Con todo, China no renuncia a erigirse en gran potencia naval y por ello, junto con la “construcción” de un camino marítimo (sus inversiones en África y, en especial, en América del Sur así lo atestiguan), ha otorgado prioridad a la configuración de una marina de guerra capaz, si no de igualar la potencia de su principal rival, al menos de contrarrestar cualquier acción del mismo en el Mar de China meridional (¿próximo Danzig oriental?) y, de manera más ambiciosa, en el estrecho de Malaca, auténtico centro neurálgico del comercio mundial.

No son pocos los pronósticos agoreros sobre un próximo conflicto a propósito del control de los puntos señalados. Mucha sangre se derramó en el pasado por el control de la zona. Pero, junto a ello, veamos en la nueva ruta de la seda una oportunidad. Una puerta semimágica para el verdadero encuentro entre diversos mundos que han vivido mucho tiempo de espaldas, pero que también han sabido en otros períodos mantener un rico intercambio. Es esta la dimensión que debe ser subrayada. Como nos cuenta el Libro de las maravillas, Micer Polo fue capaz de cruzar el mítico “árbol seco”, en la lejana Jorasán iraní, antítesis del árbol edénico de la vida, pues anunciaba que más allá de él sólo reinaba la desolación. Seamos capaces también de traspasar sin miedo ese umbral.

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