Llega un plato fuerte en el menú literario. La mejor antología de la poesía de Ramón Buenaventura, en su mayoría descatalogada, secreta, perdida por los canalones urbanos, tragada por el escotillón del olvido: “Tal vez vivir” (Editorial Universidad de Almería). Le conocemos bien por sus novelas (El corazón antiguo, El año que viene en Tánger, El último negro…), mejor por sus traducciones (Rimbaud, Plath, Burguess, Stevens, DeLillo, Franzen…) pero sus libros de poesía no se encuentran: Cantata Soleá, Teoría de la sorpresa, Los poemas de León Aulaga, El abuelo de las hormigas, Eres, etc). Obra de náufrago, periférico, marginal y extranjero. 60 años de labor poética.
Excelente el prólogo de Isabel Giménez Caro del que tomo mucho de lo que a continuación sigue. El intento literario de Buenaventura no fue otro, en gran medida, que novelar la diáspora tangerina. Por edad, pertenecería a la generación del 70, por aires siempre fue el más sobresaliente de los escritores tangerinos que escriben en español; la cotidianidad en música, libros o películas define sus textos junto a infancia y adolescencia pero su verso jamás es libre, prolifera el endecasílabo, siempre en la hoguera de la mixtura de lenguas vividas, vanguardista y clásico. En su cuadrado temático y estético, sí, memoria y sexo ocuparían dos vértices, mundo empresarial y publicidad los contrarios, la mayor síntesis del lenguaje posible el centro (¿no es acaso la publicidad eso mismo, el lenguaje pasado por la cuchilla de lo esencial, la monda de lo superfluo en la basura y la entraña como tema?). Dos malditos fueron sus maestros (Rimbaud, Lautrèamont), traducidos y muy leídos, y siempre lo suyo será un permanente juego de espejos que unas veces conectará con Nicanor Parra al otro lado del charco y otras con Julio Cortázar.
Intertextualidad, crisol de voces, citas propias y ajenas, el derribo de los géneros entre sí, siempre con Cervantes como primer motivo. Memoria y ciudad son sinónimas, lo preciso de la memoria es su impostura o ficción, la palabra es música a través de consignas casi en guerra: “Ama tu ritmo y ritma tus acciones”. En Teoría de la sorpresa nos da una poética: “La poesía debe evitar –por propio espíritu de salvaguardia- toda relación de certeza con la sociedad: sus coincidencias quedarás relegadas a los sentidos, al buen acierto con que averigüen. Ninguna lógica. Sin compromiso. Y con grandes reformas, si queremos sobrevivir”. Obra absoluta de un letraherido e inventor de palabras (“drogachera”, “distrahuido”) para quien el lenguaje es peto y espaldar: “Con el idioma me mantengo, desde siempre, en situación de enamoramiento. La ciencia en que se unen todas las ciencias es la etimología. La belleza en que culminan todas las bellezas es el lenguaje. Una frase de esas que restallan en la cabeza, como un látigo joven, puede y debe hacernos llorar. Los momentos más valiosos de mi vida son lenguaje: lo que he dicho, lo que me han dicho, lo que he leído, incluso, a veces, lo que he logrado escribir”. Sabe todos los idiomas (inglés, francés, alemán, italiano…) y solo ha querido el de la verdad para comunicarse con sus lectores.
Tánger desde la juventud, Tánger desde los años madrileños sintiéndose huérfano, Tánger desde la pregunta por la esencia española en el semillero de la cultura hebrea, árabe, francesa y muchas otras. Destierro para siempre e idioma como salvación y eliminación de cualquier frontera. Explica Giménez Caro: “Como Juan Gelman, Buenaventura hace de su lenguaje poético el lenguaje del exilio”. La patria son los cuerpos y el festín de la resurrección por medio de cópula o encuentro. La biografía es un juego de espejos donde la literatura es verse en cada cual en el tiempo acertado.
Lectura y escritura no son concebidas como simultáneas. La noción de infancia como país de origen retorna a su condición clásica. Buenaventura desacraliza el lenguaje poético y, desde la burla o ironía, otro fuego deslumbrante crea otro mundo explosivo. A sus ochenta años Ramón Buenaventura –lejano al poder- sigue en rabiosa independencia, creyendo el azar como la única ciencia cierta, bañándose y remojándose en el caos de textos como corriente marina y submarina, libre en la aliteración permanente como potencia de ritmo, poesía que es relámpago explicado de lo inexplicable.
Vida intensa de lector (“Consigue neutralizar el lenguaje enfrentándolo a su propio espejo”, sentencia Giménez Caro) y unos versos donde los muros no existen (“El conocimiento de diferentes idiomas aparece como salvación ante las fronteras”, afirma Giménez Caro). A su aire, “a su puta bola, mucho más ocupado en la felicidad que en medrar” (refería Ignacio Echevarría en El Cultural), al pairo completo en la navegación personal (quieta la nave con las velas tendidas y largas las escotas), se ha limitado Buenaventura a contarnos por lo menudo la esquina donde es feliz y fue amado (Tánger). En los calentones, interpela al lector para agarrarlo por el cuello y que eche todo el bofe sin espacio para el resuello. Un genio mayúsculo en este oficio tan peligroso y dionisíaco de la náutica.