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TRIBUNA

Sobre “crisis de valores”

jueves 30 de mayo de 2019, 20:03h

“La actual crisis no es económica o política, sino una crisis de valores” señaló Jaime Mayor Oreja a la hora de tomar posesión de la Cátedra Tomás Moro de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad Católica de Valencia. Es encomiable que un político experimentado se oriente al estudio de esa realidad en extremo sutil que llamamos “valores”. Pero no conviene olvidar que el término adquirió plena vigencia precisamente en el terreno económico, que es el que Jaime Mayor excluye cuando afirma que la actual es una crisis de valores y no económica o política.

La sutileza finísima de los valores hace posible que todos creamos entendernos cuando nos referimos a esos valores y, sin embargo, naufraguemos en una profunda confusión cuando tratamos de definir su idea. La misma dificultad parece justificar la existencia de una disciplina orientada a su análisis, aunque la índole filosófica de la disciplina impida entenderla al modo de un área de especialización científica. Desde comienzos de siglo, a partir de las obras de Meinong, Ehrenfels, Hartmann o Scheler… el estudio de esos “valores” ha supuesto constantes esfuerzos orientados a la determinación de una Teoría General de los Valores. Entre nosotros y entre otras muchas instituciones y personas destaca la obra en curso de D. José María Méndez y su Asociación Estudios de Axiología que sostiene de modo ejemplar el análisis de los valores.

Nuestras sociedades, acaso especialmente la sociedad española de nuestros días, padecen un profundo desorden, manifiesto en formas de violencia errática y a menudo extraordinaria, y una floración asombrosa de modos de corrupción. Flores de un mal cuyo aroma nos asfixia y en cuya raíz quiere encontrarse esa llamada “crisis de valores”. Sucede, sin embargo, que la comprensión casi siempre idealista y abstracta de la naturaleza de esos valores bloquea la comprensión de su realidad y/o su eficacia.

En nuestro mundo encontramos, sin duda, valores o bienes de uso y de cambio, valores económicos cuya consistencia material inmediata es evidente: mercancías de todo tipo incluyendo tierra, trabajo y dinero. El más breve paseo por uno de los grandes bazares de nuestro tiempo nos ofrece el espectáculo abigarrado de un paisaje saturado de valores con su precio. Pero cuando separamos la crisis económica y política de la crisis de valores estamos separando los valores político-económicos de esos valores sublimes de la axiología. Los valores de cuya crisis resulta el estado de postración y miseria social en que nos hallamos, no serían valores económicos, ni políticos. Ahora bien, esos valores sublimes, desvinculados de toda finalidad práctica (como el uso o el cambio) se sitúan en un mundo supralunar, externo y adventicio; lo que facilita la moderna demolición de la estructura sustancialmente normativa del mundo antropológico.

Acaso nos cueste asumir la posibilidad de una crisis de abundancia, que es precisamente la naturaleza de las crisis de superproducción modernas, porque seguimos asociando – lo que resulta un logro de la astucia económica – crisis y escasez. Parece haber, pese a nuestra ceguera, un vínculo íntimo entre la multiplicación tecno-económica de bienes o valores y la crisis a la que aludimos habitualmente como “crisis de valores”. La multiplicación del valor económico, resultante de la enorme eficacia productiva, parece haber absorbido o negado cualquier valor de otro orden y la aludida crisis consistiría en la ausencia de esos valores no económicos en la sociedad tecno-económicamente perfeccionada. Esos viejos valores que envolvían y configuraban la dimensión económica de la vida (las actividades de producción, distribución y consumo) han quedado reducidos a términos económicos. Esa es la naturaleza de la crisis señalada: padecemos la consabida “crisis de valores” porque no reconocemos otro sentido a una acción o una obra que el estrictamente económico. La hiperplasia de la economía o la política es la raíz de la crisis de valores y el único modo de apresar el sentido de esos “valores” de la axiología es empezar por el análisis de la masiva floración de los valores de la economía y/o la política. De otro modo, nuestros discursos sobre los valores – desvitalizados y abstractos – devienen tristemente especulativos. Y, sin embargo, esos valores - sean lo que sean – todavía habitan entre nosotros, aunque su evidencia haya dejado de asaltarnos y sean pocos los que hoy resultan capaces de encontrarlos dispuestos objetivamente ante nosotros, como los encontraba Luscinda en Cardenio: “…cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en más os estime” (D. Quijote. Iª, 27). Calidad de un objeto, estimación y obligatoriedad, recordaba hace años Santiago Montero: notas esenciales para una teoría de los valores.

Nos cabe la esperanza de que precisamente en el seno de “la única forma combativa del cristianismo” (G. K. C) no se admitirá esa forma de huida que consiste en separar el mundo de la vida de un exangüe mundo de valores inteligibles. En la ortodoxia católica y en la doctrina social de la Iglesia se funda nuestra esperanza. Y así Jaime Mayor podría concluir en la necesidad de una revolución político-económica como único recurso para sobreponernos a la actual crisis de valores. Seguiría los pasos del maestro Chesterton que hace un siglo clamaba: “hemos de salvar la familia, hemos de revolucionar la nación”.

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