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MENÚ DE POBRE

Walt Whitman despioja sus barbas fluviales

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 31 de mayo de 2019, 20:13h

Por fin en español, a los doscientos años de su muerte, la gran biografía del padre de la poesía americana, en la poderosa pluma de Toni Montesinos: El dios más poderoso. Vida de Walt Whitman (Ariel). Padre de los “hobos” (aquellos vagabundos que recorrían subiéndose a los trenes todo Estados Unidos bajo el grito permanente del poema No te detengas), padre de los “beats”, plural e infinito, una sola barba y miles de cabezas alrededor (“Contengo multitudes”, dijo Whitman). Todo viene en las presentes páginas de oro y cosquillas al oído: el periodista, el narrador, el ciudadano de Brooklyn, el mendigo urbano en Manhattan, el orate en el Sur esclavista, el loco del versículo en versos que rompen estrofas de lo enormes que son, misiles que no caben en página alguna, agorero de todas las exclamaciones posibles y las imposibles, la alegría de vivir, el canto a uno mismo, la lucha por la igualdad, solidaridad y universalismo. Siempre escribió el mismo libro (Hojas de hierba) y en él unió terapéutica y elegía, cosmos y chabola de pordiosero, el cielo arriba y la tierra bajo los pies rotos.

Vivencias, demencias, lirismos, locuras, corduras… todo en la vida del poeta nacional americano. Doce poemas en la primera edición del libro de su vida (Hojas de hierba); cuatrocientos en la última. Cuarenta años de filosofía, política, reescritura, mucho periodismo como revulsivo social, siempre cerca de Thoreau y de la desobediencia civil, así como de la bohemia superlativa. Poeta hímnico, poeta homosexual, los Estados Unidos al fondo como nación siempre floreciente, su dinero en el bolsillo cada vez más mermado, tal vez por la conciencia de lo colectivo y solidario, auténtica ideología obrera. Whitman de apostolado y mesianismo paria, Whitman del arte de vivir entre los cuáqueros, Whitman de la naturaleza acogedora y el librepensamiento, Whitman hermano de Lincoln y Melville, el esclavismo siempre en el punto de mira, Whitman primo de Mark Twain y Nathaniel Hawthorne. ¿Poeta popular? Mucho más. Bardo de las masas insurrectas, coleccionista de estrellas libres, el fuego del exabrupto desde el trampolín mayor, giros ideomáticos desinhibidos por culpa de sus calenturas, erotismo y patria juntos como nunca, enemigo del sindicalismo y el anarquismo, poeta de las pajas eternas en su soledad de cabaña junto a todos los bosques helados.

Hermético, épico, patriota, norteamericano por encima de todo, simbolista de lo natural, hippie del albedrío sentimental, barba sin segar y con saltamontes y piojos la mayor parte del tiempo, espiritual y cantor desde el puente a la América obrera que sale de la escasez y la penuria. Toda su familia (cuñados, especialmente, hermanos también) azotada por el alcohol y enfermedades baratas (tuberculosis, neurosis, hipocondrias, etc). Todo en Whitman es superación del pasado por medio de la fuerza, del grito, conoce la cólera de los canallas, la avaricia de los conquistadores en las plantaciones del Oeste, más democracia y más Dios, oh Whitman, más cuerpo y más espíritu, más sexo y más ojos fuera de las órbitas por culpa de lo descubierto entre la maleza. Su verbo es un tambor, su lenguaje es un soldado, tiene cien mil heridos de guerra entre los dedos, llega a decirlo por escrito muchas veces: “Mi libro y la guerra son uno”. Poeta de la América profunda, de la resistencia, de la misoginia, de los camaradas y las arengas morales contra el alcohol.

Vistió pobre durante toda su vida, el sombrero roto y la sonrisa irónica, su motor fue el arbitraje en política, junto a la palabra como arma, susceptible de hacer brotar sangre. El primer estoico, el primer impasible, el primer teórico de la sencillez, el primer naturalista y moderno en literatura. Emplea los periódicos a título de autobombo, ya entonces es personaje, habla de popularizar una marca, su libro, y todo tiene una publicidad literaria enormemente visual: ¡El primer bardo americano! Grandote, varonil, barbado, moreno, tostado por el sol, gesto fuerte, actitud erguida, y orgullo, ganas de comer y beber mucha agua, es el primero que mete páginas manuscritas en sus ediciones como culto total a su personalidad megalomaníaca. Pan de vida, todas las seguridades, siempre al fondo la nación y el pueblo a título destinatario: “La prueba de un poeta consiste en que su patria lo absorba tan amorosamente como él la ha absorbido a ella”.

¿Y su lenguaje cuál es? Muy fácil: el de lo místico, el de lo intangible, el de lo espiritual, el de lo misceláneo, heterodoxo, malhablado y coloquial. El libro no tiene tamaño –he aquí su descubrimiento- y crece con los años sin el menor trauma, el libro es “él” pero hay que venderlo a todos como si fuera “nosotros”. Aroma a axilas, cantos a la muerte, más y más camaradas, fratría de grupo, construcción de la comunidad, sermón interminable, orador incansable, Nueva York en su muchedumbre de negros y blancos, mujeres laboralmente para las que se les pide lo mismo que a maromos que se quieren como mujeres en el lecho, infancias pobres pero no menos libérrimas, hervor visionario y no necesariamente intelectual, mucho de las ventas o cruces de caminos, mucho de romanticismo y razón práctica, mucho de un sueldo que poder gastar por los bosques donde nadie vende nada. ¿Ruralismo? No. Si acaso como óptica, la máquina es el milagro y la tecnología otro paisaje natural donde seguir haciendo de las suyas, de mirón absoluto, en busca de tíos manchados de hollín a la salida del curro sin camiseta.

No es nada sin un mensaje civil, no es nada sin el altavoz permanente, no es nada sin el parlamento inexcusable, nada es sin el empaste de oportunidad y tragedia. Al no estar abierto a metro clásico, entra todo sin empujar demasiado, y la novedad pronto fue leyenda, sí, por eso de volver a salir con más páginas, por eso de crecer en completo desgobierno, por eso de aquel tío tan raro con aquella barba, ojos femeniles de lagartona y uñas y dedos largos, larguísimos como promesas. ¿La guerra civil le marcó? Eso dicta el tópico. Solo le interesó la libertad, el espacio de la misma, y la encontró tanto en la guerra con sus paréntesis como en la paz, para sacarle el respetivo flash con su polaroid de siempre y las ganas de ser el de siempre, mantener gustirrinín y guarrada. Literatura como patrimonio moral, sí, pero también inmoral o amoral, y mucho del orden de la naturaleza en el amor, que jamás tiene jerarquía natural. Emociones vivas, en cascada, la enumeración permanente sin la que es nada, autobiografía y autoficción por capítulos (fue el gran masturbador de sí mismo) y siempre igual, ganas y más ganas de hablarle al mundo en tono y orbes sobrenaturales. ¡Así nadie envejece!

Todo son anhelos, todo son ganas, todo son impactos de un verbo en permanente movimiento, que enloquece a los beatniks por frenéticos y a los demás les provoca pensar en el cosmos y las estrellas. García Márquez dijo de él que “había sembrado con su canto la semilla sinfónica de la civilización”. Wilde dijo que había que entenderle desde su “rechazo al arte”. No es un escritor cuanto un vagabundo o campesino que, por medio de la prosa, robustece su poesía en unos tamaños de cíclope o gigantón (así lo ve Henry James). Toni Montesinos ha hecho con Whitman lo que mucho antes hizo para la misma editorial con Thoreau (El triunfo de los principios): ha obligado al genio a lavarse, despiojar sus barbas entre fluviales y encrespadas, enjabonado bien el culete, cepillado fuerte los dientes con cepillo de cerdas industriales, puesto un traje limpio para esta fiesta infinita de encuentro con su texto, acicalado cejas y guedejas. Así su revolución es otra beneficencia. Así su ejemplo escapa del rincón inválido, herido y oscuro. Así dan ganas de comprarle su Biblia, después de darle un par de besos como panes, por una hazaña que roza la leyenda. No todos los días se puede lavar y presentar a un hippie, a un bohemio acostumbrado a sus rutinas de caca, a un místico de la cabaña donde se sobrevive gracias al humus espiritual.

Diego Medrano

Escritor

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