El resultado de las elecciones de mayo albergaba ciertas esperanzas a unos gobiernos más cuerdos que desnortados gobiernos de "cambio". Los ciudadanos de varias ciudades y comunidades autónomas otorgaron su voto a los tres partidos que, se suponía, están abocados a colaborar. Madrid es una de estas ciudades que aspiraba a otro alcalde. Sin embargo, todo se acabó en un absurdo: los del PP quieren dialogar con Vox y Cs, los del Cs vetan a Vox, los de Vox vetan todo lo que no les permite formar parte del gobierno... De las negociaciones sobre un proyecto de gobierno llegamos al cuadro de Goya que está en el Museo del Prado. Merece la pena contemplarlo un rato. Su nombre lo explica todo: "A garrotazos". Desgraciadamente, el espectáculo de los tres partidos C's, PP y Vox no es menos estulto y, sobre todo, es más bochornoso, ya que los protagonistas retratados por Goya tenían la decencia de esconderse en las afueras para que nadie los mirase durante la salvaje lucha. Los tres líderes de los partidos no se esconden, parecen que han perdido cualquier tipo de decoro personal. Ostentan sus discrepancias y, además, las exageran para pavonearse frente a los electores.
Mas, ¿aciertan los políticos pensando que estas peleas les atraen más adeptos? Espero que no. La elección de los ciudadanos, que dieron su voto a varios partidos, es una muestra de la pluralidad política, del rechazo de los bloques y del deseo que sus representantes negocien para escoger un plan de gobierno menos malo para la mayoría de los ciudadanos. Pero, hasta ahora, el voto democrático, meditado, ha servido para que los elegidos entrasen en una rivalidad que decepciona y pueda llevar a las consecuencias más que indeseables: la apatía del votante que piensa su voto y la movilización del votante incondicional, para quien la adhesión a un partido equivale a la fidelidad a un club del fútbol: pase lo que pase, sigue con su "elección" sin variar.
Ya la farsa de Colón, donde los tres líderes estaban de guardaespaldas de mediocres oradores, auguraba algo raro. La sociedad mostró que no quiere bloques, pero los políticos son incapaces de recoger ese mensaje, porque no hacen política, negociación y pactos de verdad, sino simulacros, teatrillos y farsas que pueden acabar mal…